sábado, 11 de abril de 2020

Covid-19: Sobre virus, asesinos y estrategias


Parece una obviedad afirmar que la crisis mundial que se ha desatado como consecuencia de la pandemia producida por el Covid-19 no tiene precedentes en la historia. Lo que no es tan evidente es porqué si esta pandemia se produce como se afirma desde el ámbito científico, es decir, por el «salto» espontáneo del virus de algún animal al hombre, no se han producido continuamente epidemias de origen viral a lo lago de la historia.

En cualquier caso, esta situación ha originado un consenso social sobre las causas y consecuencias de la «aparición del coronavirus» generado por una abrumadora y permanente avalancha de información por parte de todos los medios de comunicación. Los expertos, que aportan la voz de la Ciencia, nos hablan de un «virus asesino» pero que utiliza una perversa «estrategia»: no matar a todos los que infecta para poder seguir reproduciéndose.

Sin embargo, la atribución de cualidades, incluso de intenciones a un ente biológico que en estado libre es inerte, a una molécula de ADN o (en este caso) de ARN empaquetado con una densidad casi cristalina en una cápsida proteica envuelta en una capa de lípidos, un ente que no se puede considerar un ser vivo, produce una cierta desconfianza en estas interpretaciones científicas por muy prestigiosos que sean sus emisores. Pero lo que lleva la desconfianza al límite de la sospecha es cuando la prestigiosa revista científica Nature (Nature Medicine, 17 de marzo) publica un artículo en el que concluye que el virus Covid-19 «no es un virus obtenido en un laboratorio o manipulado a propósito», un estupor que puede equivaler al producido porque en una revista de astrofísica se publicase un artículo destinado a demostrar que la Tierra no es plana.


La pregunta que surge es ¿por qué una revista tan prestigiosa se dedica a contradecir un supuesto infundio que ni siquiera debería de ser tenido en cuenta científicamente por proceder del campo de lo que se suele calificar de «conspiranoico»?

Aunque en la situación actual pueda no parecer oportuno poner en duda las informaciones oficiales, dado que la prioridad es acabar con la pandemia, nunca está de más (puede ser fundamental) entender por qué se ha producido, por lo que propongo al lector que me acompañe para intentar disipar estas inquietudes recurriendo a datos científicos, es decir, no interpretaciones, que nos permitan hacernos una idea de qué pasando.

Las informaciones que llegan al gran público se basan, fundamentalmente, en explicaciones y opiniones de expertos que, se supone, hay que creerse en base al principio de autoridad. En nuestro caso, pretendo que sea el lector el que obtenga sus propias conclusiones de los datos que voy a exponer. Para facilitar este trabajo no voy a utilizar referencias bibliográficas que obligan a verificar las afirmaciones buscando los artículos citados, sino, directamente, copiando las portadas de dichos artículos.

Veamos pues:


Se ha calculado que el número de bacterias en la Tierra es aproximadamente un nonillón (es decir, un uno seguido de treinta ceros). Pues bien, se estima que el número de virus es entre cinco y veinticinco veces el número de bacterias. Como verán, los virus o entidades «como virus» han jugado un papel importante en la evolución de la vida. Pero ésta es una larga historia. Vamos a limitarnos en este caso a su función ecológica:


En aguas marinas superficiales se han contado hasta 10.000 millones de virus por litro. Su función es el control de la base de la red trófica marina. Como los virus son inertes y se mueven pasivamente, cuando las colonias de bacterias y algas crecen desmesuradamente, pudiendo llegar a impedir el paso de los rayos del sol a los fondos marinos, los virus las destruyen hasta que su densidad hace posible el paso de los rayos de sol. Por cierto, los productos sulfurosos derivados de este proceso contribuyen a la nucleación de las nubes.

Veamos en los suelos (disculpen el tamaño de las letras):


En los suelos su número es variable, en todo cado astronómico, En este estudio han arrojado cifras medias de 5,3-10e8 y también están implicados en el control de las comunidades bacterianas.

En cuanto a su presencia en los organismos, se considera que un 10% del genoma humano está compuesto por retrovirus endógenos, es decir, virus que a lo largo de la evolución han ido insertando sus secuencias génicas en nuestro genoma. Pero si tenemos en cuenta las secuencias derivadas de virus (elementos móviles como trasposones y retrotrasposones, elementos repetidos cortos y largos, intrones…) nos encontramos con que la inmensa mayor parte de nuestros genomas están constituidos por virus y sus derivados que controlan la expresión de los genes codificantes de proteínas.


Pero, es más, lo que se consideraba el genoma, es decir los genes codificantes de proteínas, que constituyen el 1,5% de la totalidad del genoma está constituido por virus y sus derivados:


A modo de curiosidad, por si le resulta interesante a alguien, señalaré que en éste artículo el candoroso autor no se explica por qué las secuencias del genoma derivadas de virus son eliminadas «por alguien» de las bases de datos públicas:


Pero nuestro organismo no sólo contiene virus en forma de secuencias insertadas en los cromosomas. El número de virus completos que realizan funciones esenciales para nuestro organismo es de tal dimensión que sorprende a los propios investigadores. Miles de millones (más bien billones) de virus bacterianos coexisten con los billones de bacterias de nuestro tracto intestinal que son esenciales para nuestra vida. Los bacteriófagos o fagos regulan las poblaciones de bacterias e intercambian información genética entre ellas. Es decir, los virus controlan las bacterias que controlan nuestro organismo.

¿Algunos virus más? Veamos:


Una enorme cantidad de bacteriófagos adheridos a las mucosas del organismo impiden que penetren bacterias externas, que no deberían estar ahí, es decir también protegen nuestro organismo.

Si se me permite una opinión, da la sensación de que algo se ha estado haciendo mal con los virus. Con la condición de los virus cuando se descubrieron asociados a enfermedades. Pero, veamos algunas de esas asociaciones:


Según este artículo, el cáncer de mama emite partículas retrovirales. Se sabe que los virus endógenos pueden saltar del genoma ante algún tipo de agresión ambiental. Es por eso, por lo que, en muchas ocasiones, se ha señalado a virus como agente causal de distintas enfermedades cuando en realidad son consecuencia. Y es por eso, por lo que en tejidos enfermos se observa la presencia de partículas virales.


Y así, se ha sugerido un origen viral a enfermedades como artritis o esquizofrenia, a pesar de que nunca ha sido reportada una epidemia de estas enfermedades.


Desde hace tiempo se sabe que los virus endógenos se expresan como parte constituyente de los genomas, es decir, son el genoma. Este hecho es de una gran trascendencia para el tema que nos ocupa. Retrovirus endógenos o partes de ellos se expresan en procesos tan importantes como producción de enzimas fundamentales formación de la placenta durante el embarazo.


Estos hallazgos nos hablan del papel de la vida, pero ¿cuál es la relación de estos fenómenos con el tema que nos ocupa? Veremos que es una relación mayor atención a los dos artículos que siguen:


En los tejidos embrionarios se expresan (participan en el desarrollo) una multitud de retrovirus endógenos. Como se puede ver, se expresan en placenta, cortex adrenal, riñones, lengua, corazón, hígado, y sistema nervioso central tejidos. Pero veamos en tejidos adultos:


En individuos adultos normales los retrovirus endógenos se expresan en todos los tejidos confirmando que son componentes permanentes del transcriptoma humano.

Y ahora, vamos a ver cómo se han fabricado ciertas vacunas:

En la web de la INTERNATIONAL FEDERATION OF PHARMACEUTICAL AND MANUFATURERS-ASSOCIATIONS (IFPMA) http://www.ifpma.org/influenza/index.aspx?47 exponían muy ufanos la siguiente información:


No la busquen, porque ha desaparecido de la web. Y por buenas razones, porque cultivar virus humanos en embriones de otros animales en los que se expresan multitud de virus endógenos, conduce a que se produzcan hibridaciones con sus virus correspondientes con lo que se producen virus infectivos de características diferentes a las originales.

Desde hace tiempo se nos informaba de que la gripe estacional provenía «de las aves» y que cada año «mutaba», muy posiblemente con la elaboración de cada nueva vacuna. Con cada nueva hibridación.

Por ejemplo, en esta vacuna contra la fiebre amarilla:


Estas terribles consecuencias de unas prácticas peligrosas se pueden considerar fruto del desconocimiento de unos descubrimientos relativamente intencionadas. Permítanme exponerles algunas prácticas llevadas a cabo con perfecto conocimiento de lo que se estaba haciendo y que dejo a su interpretación.

Tal vez el lector se pregunte ¿qué sentido tiene resucitar un virus que causó cerca de cincuenta millones de muertos? Un virus que no «surgió» en España, a pesar de que con intención de ocultar la mortalidad que causó en los soldados al final de la Primera Guerra Mundial, se denominó «gripe española» porque en nuestro país sí se declaró el estado de epidemia.

Pero su origen fue, al parecer, en los soldados norteamericanos. Hace tiempo me encontré con esta información que, a pesar de no provenir de canales «oficiales» resulta congruente con lo que hemos visto anteriormente.


Si este es el caso, se trataría del resultado del desconocimiento de los virus existentes en los sustratos y de los métodos utilizados para elaborar vacunas, que en el caso de las iniciales eran muy rudimentarios y peligrosos.

Pero en el siguiente caso, es evidente que no se trata de desconocimiento. La excusa de que se trata de determinar su virulencia resulta poco creíble. Los dos anteriores conatos de pandemia que no llegaron a serlo fueron los producidos por la «gripe aviar» o H5N1 que resultó de alta mortalidad pero de difícil transmisión y a continuación la «gripe porcina» H1N1 que resultó de fácil transmisión pero poco virulenta. Las letras H y N se refieren a la hematoglutinina, una proteína componente del sistema de coagulación de la sangre y a la neuramidasa, una enzima que controla la formación y mantenimiento de la vaina de mielina de las neuronas, que forman la cápsida del virus de la gripe.

Y, hablando de cápsidas de virus, en Nature, en noviembre de 2015, Declan Butler escribía un artículo con el título: «El virus de murciélago diseñado suscita debate sobre investigaciones arriesgadas». En marzo de 2020, dicho autor añadió a la portada de su artículo, se supone que «espontáneamente», un comentario en que se desmentía concluyendo que «los científicos creen que un animal es la fuente más probable del coronavirus». Sin embargo, en dicho artículo había informaciones muy interesantes que vamos a enunciar: «Los investigadores crearon un virus quimérico hecho con una proteína de superficie SHC014 y el núcleo de un virus SARS que ha sido adaptado para crecer en ratón e imitar la enfermedad humana. La quimera infectó células respiratorias, probando que la proteína de superficie SHC014 es la estructura necesaria para unirse a un receptor llave en las células e infectarlas». Es decir, la elaboración de virus «híbridos» de animal y humano resulta muy laboriosa (recordemos que, según nos informan, el Covid-19 tiene secuencias de murciélago y pangolín), porque hay que modificar en el virus animal la proteína de la envuelta del virus para que éste se una a un receptor específico que tienen las células, en este caso, humanas, que en cada especie es distinta para cada virus diferente.


Este tipo de «experimento científico», si se le puede llamar así, se ha producido en otras ocasiones. Por ejemplo, en la revista Science, del 2 de diciembre de 2011, Martin Enserink firma un artículo con el siguiente título: «Estudios controvertidos dan alas a un virus mortal de la gripe». El autor explica que «el virus es una cepa del H5N1 de la gripe aviar que ha sido alterado genéticamente y ahora es fácilmente transmitido entre hurones, los animales cuya respuesta a la gripe es más similar a la humana».


La pregunta que surge es: ¿Por qué, para qué se llevan a cabo estos experimentos? La absurda respuesta es invariable: «para estudiarlos por si surgen un día en la naturaleza». Pero ¿no hemos visto lo complejo que es fabricarlos? ¿Cómo nos pueden decir que lo que ellos hacen puede pasar espontáneamente en la naturaleza?

Pero quizás, el «experimento» que nos puede resultar más clarificador es uno que figura en el artículo publicado en la revista Nature, en octubre de 2005. El título es: «Informe especial. El virus de la gripe de 1918 ha sido resucitado». Se consiguió el genoma completo del virus de la gripe de 1918, al parecer de un soldado enterrado y congelado en Alaska.


Una nueva pregunta: Si tenemos en cuenta que el virus de la gripe de 1918 provocó, según se calcula, 50 millones de muertos, ¿para qué se «resucita»? ¿Para estudiarlo? Veamos:


La respuesta puede estar en otro artículo muy interesante publicado en Science, en junio de 2009, titulado «Características antigénicas y genéticas del virus de la gripe de origen porcino 2009 A(H1N1) circulando en humanos». El resultado: «Han mostrado ser antigénicamente altamente similar al recientemente reconstruido virus 1918 A(H1N1) y posiblemente comparta un antecesor común». (?)


Resulta que las características del virus porcino (H1N1) «tienen una alta similitud antigénica» con el virus humano de 1918 reconstruido (H1N1). La explicación es que «posiblemente compartan un antecesor común» como si los virus anduvieran por el mundo casándose (o constituyendo parejas de hecho).

Las explicaciones sobre la «aparición» del Covid-19 son del mismo nivel científico: «Probablemente pasó de un pangolín al hombre a través de un murciélago, pero no es seguro…» Espero que el lector tenga suficientes datos para deducir otra forma de «aparición» del coronavirus.

Bien: parece que hay suficientes informaciones para comprender cómo se produjo el Covid-19. Sobre los autores y sus intenciones tendrán que investigar ustedes.

Villalbilla, abril 2020

martes, 31 de marzo de 2020

Militarismo y medio ambiente


 En el militarismo, concebido en toda su amplitud, se dan la mayoría de los males que puede sufrir la humanidad. Desde la violencia propiamente dicha, a la dominación, el patriarcado y cualquier tipo de injusticia. En un plano paralelo también influye de manera decisiva, entre otras muchas más cosas, en la sobreexplotación y agotamiento de los recursos naturales —el 'ecocidio'—, siendo un gran agente defensor del modelo económico capitalista.

JOSEP CUTILLAS
(Miembro del Grupo Antimilitarista Tortuga)

La acción más visible y conocida de los ejércitos tiene, en la mayoría de casos, intereses económicos, geopolíticos y geoestratégicos. No son pocas las misiones en el exterior en las que participa, sin ir más lejos, el ejército español apoyando al bloque de nuestros «aliados» de la OTAN. Bajo el eufemismo de «intervenciones humanitarias» y bajo el paraguas del «terrorismo internacional» como excusa, se han producido (y se siguen produciendo) gravísimas intervenciones contra países enteros, con la única intención de controlar sus recursos naturales; un ejemplo extraordinario lo tenemos en las guerras por el petróleo.

Pero no solo de petróleo viven los países del Primer Mundo. En general, cualquier recurso valioso puede ser rapiñado pasando por encima de gobiernos y naciones. El caso de los fosfatos en el Sahara Occidental o el coltán en África son buenos ejemplos. Recientemente el caso del litio en Bolivia nos recuerda que estas prácticas lejos están de concluir. Cabe criticar este modelo desarrollista de la economía de consumo que, deliberadamente, ignora el límite de los recursos finitos de la Tierra y pretende un crecimiento sin fin, como se dijo, a costa del expolio de otros países y del reparto desigual.

Los países ricos

Como es sabido, los países ricos adquieren, producen y consumen todo tipo de bienes que necesitan para continuar con su irrefrenable desarrollo. En ese contexto, quizá puede parecer desmesurado decir que lo militar condiciona de una manera importante buena parte del desarrollo científico-tecnológico. Sin embargo, tal afirmación es un hecho, como lo evidencia, por ejemplo, el desarrollo actual de la industria aeroespacial y del transporte.

Del lobby aeroespacial en concreto poco podemos decir que no sea sobradamente conocido. Todas las grandes compañías involucradas en el desarrollo de aviones y vuelos al espacio tienen contratos multimillonarios con los grandes ejércitos para el desarrollo de modelos militares. En íntima retroalimentación con lo anterior, los niveles de movilidad y transporte que se han alcanzado en el mundo desarrollado provocan que frecuentemente sea más rentable importar insumos de países muy lejanos que autoabastecerse con la producción local, hecho que, en definitiva, propicia una etapa más avanzada —y globalizada— del capitalismo.

Todo ello, obvia decir, trae de la mano ingentes niveles de contaminación.


Ahora hablamos de la energía

Siguiendo la cadena de acciones y consecuencias, todas entrelazadas entre sí, llegamos a la estación de término consistente en que, para mantener este nivel de desarrollo, hace falta mucha energía.

Dejando aparte la cuestión del petróleo y sus derivados, que los ejércitos consumen con profusión y sin restricción alguna (y que, como se dijo, es causa de innumerables operaciones bélicas en la actualidad), hay un desarrollo que, inicialmente, fue intrínsecamente militar, y que posee efectos devastadores: la energía nuclear. Esta, a pesar de la oposición y controversia que despierta, continuamente se nos vende como la solución de todas nuestras necesidades energéticas. No importa lo evidente de las trágicas consecuencias de seguir utilizándola, tanto en la vertiente civil como, por supuesto, en la militar.

Ejército y economía

Además de ser valedor y sostenedor de todo el sistema económico, el militarismo también forma parte de la propia economía, especialmente en lo que tiene que ver con el denominado «complejo militar-industrial» y la voluminosa industria del comercio de armas. Esta se constituye en un sector económico de primer orden, siendo un negocio tan lucrativo como opaco e insuficientemente regulado, en el que concurren intereses estratégicos, políticos, industriales, bancarios y socio-laborales. Las cifras del comercio de armas son tan elevadas, como éticamente deleznables. Otra forma de interacción entre economía y ejército es el negocio de las reconstrucciones después de la guerras que ellos mismos han desencadenado.

Por otra parte, los ejércitos son grandes acaparadores de territorio. El Ejército español, por ejemplo, actualmente es el segundo terrateniente estatal, teniendo puesto en venta más de un millón de metros cuadrados de patrimonio en desuso. Posee grandes extensiones dedicadas a instalaciones y campos de maniobras, y mantiene el derecho de declarar cualquier zona como «de interés para la defensa», y de limitar, e incluso prohibir, los usos de la misma. Todo ello sin pagar múltiples impuestos, ya que cuenta con un régimen especial de exenciones. De esta manera el Ejército controla treinta espacios naturales, con más de 150.000 hectáreas, que usa para fines nada ecológicos, y en exclusiva. Este hecho tradicionalmente ha despertado la contestación ciudadana. Por ejemplo, ya son más de treinta las marchas antimilitaristas contra el uso del Polígono de las Bardenas Reales (Navarra) como espacio donde los militares ensayan sus bombardeos. En Alicante, sin ir más lejos, vamos por la 17ª edición de la marcha contra la instalación de radares militares en la Sierra de Aitana.

Un gran contaminador

Los ejércitos son grandes agentes contaminantes en todos los procesos: en la producción de armas y proyectiles, en el acaparamiento de territorio y recursos, en su elevadísimo consumo de combustibles procedentes de fuentes no renovables, en la construcción y mantenimiento de sus instalaciones y necesidades logísticas, en la generación de residuos. Por descontado, a la hora de llevar a cabo acciones bélicas. Ningún ejército, incluyendo el español, escapa a esta cuestión. El ejército de EEUU, por ejemplo, es considerado responsable de la contaminación más atroz y extendida del globo. Curiosamente, este papel protagonista en uno de los principales problemas del planeta no viene acompañado de ningún tipo de medidas a escala global para reducir su impacto. En los acuerdos mundiales para abordar el calentamiento global y el cambio climático, los ejércitos no aparecen como un agente contaminador que se deba tener en cuenta, ni se exige la reducción de sus emisiones, ni se ejerce sobre los mismos ningún tipo de observación o control. Cabe destacar, como remate, los efectos directamente devastadores sobre el medio ambiente de la guerra, en la cual es frecuente que la destrucción y contaminación del territorio sean ejes del ataque al enemigo, convirtiendo así grandes extensiones en directamente inhabitables.

Mucho más agudas, si cabe, son las consecuencias en conflictos en los que se emplean agentes químicos o bacteriológicos, como en los casos históricos del Rif, la Primera Guerra Mundial o Vietnam, sin olvidar escenarios del presente en los que esta práctica, por desgracia, aún persiste. Son todavía peores las consecuencias de la existencia de armamento nuclear, tanto en su desarrollo —en el desierto de Nevada, Kazajistán o diversos atolones del Pacífico— como cuando ha sido utilizado como arma contra población civil —en Nagasaki e Hiroshima—, sin olvidar el empleo todavía vigente de la munición de baja radioactividad llamada «uranio empobrecido».

Por todo lo dicho, el militarismo, desde un punto de vista amplio, incide en la realidad y en el mantenimiento del mundo en el que vivimos, teniendo consecuencias nefastas sobre los seres humanos, pero también sobre todos los seres vivos y el medio ambiente en general. Todo forma parte de un engranaje que engrasa el modelo que nos toca vivir, pero al que estamos obligados a ofrecer alternativas.


sábado, 21 de marzo de 2020

La Biopolítica en Kropotkin

Kropotkin en 1886.

Por EDUARD TARNAWSKI

Con la teoría de Darwin era muy cómodo justificar la expansión colonial y la explotación capitalista, pero no era posible llevar a cabo las revoluciones en Occidente. En esto último a Darwin le aventajó su vecino de Londres, Marx. El planteamiento según el cual la única historia de la humanidad posible es la historia del hombre en la sociedad —y no la historia de la especie humana como pensaba Darwin— se convirtió en doctrina oficial del movimiento revolucionario. El marxismo empezaba además su andadura como la principal teoría de las Ciencias sociales y pudo desarrollarse gracias al sostén que encontró en la Segunda Internacional. En consecuencia, la doctrina anarquista dominante en dicho movimiento hasta los años setenta del siglo XIX tuvo que retroceder. Los seguidores de Bakunin pudieron mantener sólo algunas posiciones de segundo rango. Para recuperar su posición anterior al despliegue de los marxistas sí tenían una cosa clara: hacía falta como fuera una vastísima cantidad de fenómenos y la que ofrecía una herramienta para crear un sistema filosófico alternativo al marxismo.

Pero el camino se presentaba muy difícil. En primer lugar, por culpa del mismo Darwin, quien no dejó en su teoría ningún lugar que permitiese contemplar la posibilidad de cooperación entre los animales. En segundo lugar, porque los partidarios del darwinismo hicieron una lectura muy reduccionista del mismo. Para devolverle la fuerza de una teoría revolucionaria era urgente rescatar a Darwin de las manos de esos torpes propagadores que le hacían un flaco favor. Para esa misión el mejor preparado parecía ser un príncipe ruso, Piotr A. Kropotkin, que se manifestaba profundamente antimarxista. Le irritaba —y le comprendo muy bien—, ese pretencioso estilo de las fórmulas matemáticas que aparece en las páginas de El Capital. Era el mejor para atacar a Marx, pero no era todavía ni anarquista ni darwinista. Aunque había leído a Proudhon en los tiempos de su encarcelamiento en Rusia no se declaró anarquista hasta 1871, cuando se estableció en Suiza. Posteriormente, desde 1886, viajó a Inglaterra, donde se dedicó plenamente a la labor de combatir el marxismo con los argumentos darwinistas. (…) Allí, y ya sin interrupción, empezó a trabajar en la obra de su vida: reconciliar a los comunistas con los anarquistas. Con este propósito en 1892 publicó su principal libro La conquista del pan. En él proclamó que «el camino más corto al comunismo es el anarquismo, porque todo comunismo lleva al anarquismo». En el año 1890 publicó en la revista Nineteenth Century primero una serie de artículos en los que polemizaba con las tesis de T. Huxley, llamado entonces «perro de presa de Darwin». Kropotkin que un libro como el que publicó en 1888 Huxley, titulado Struggle for Existence and its Bearing upon Man ('La lucha por la existencia y su relación con el ser humano'), perjudicaba más a Darwin que todas las críticas de sus enemigos. Tenía razón. Darwin, llamado a inspirar las revoluciones, estaba siendo utilizado por culpa de sus discípulos para frenarlas. Estos falsos propagadores de Darwin —especialmente los economistas—, hacían pensar que la palabra ¡Ay! de los devorados era la última palabra de la teoría social. Ellos, por pura ignorancia, elevaron la lucha sin cuartel y en pos de ventajas individuales al rango de ley universal. A Kropotkin le resultaba insoportable que se tratase a su querido maestro Darwin como un simple discípulo del economista Malthus o que se le identificase con el sociólogo Spencer. No se contentaba con advertir que no había que hacerles caso, porque su conocimiento de las Ciencias naturales no iban más allá de algunas frases corrientes, y éstas tomadas de divulgadores de segundo grado; con toda su fuerza atacaba a los que reducían la teoría de Darwin a la justificación de la lucha entre individuos por los medios de subsistencia, entre seres eternamente hambrientos y ávidos de la sangre de sus hermanos. Su experiencia le decía que en la naturaleza no hay nada que hable a favor de esta lucha. Al contrario, todo gira en torno a la cooperación. Por eso se propuso como objetivo cambiar la imagen de Darwin y pudo hacerlo sólo porque había conseguido ser un intérprete autorizado. Así, en la «Introducción» tuvo el acierto de hacer constar que su planteamiento, contrario a todas las interpretaciones sociológicas y económicas de la teoría de Darwin, contaba con la aceptación por parte del mismo Henry Walter Bates, el que fuera el primer protector de Darwin. Esa previsión era necesaria dada la tendencia a ver en él a un detractor de Darwin. No compartiría, pues, ninguno de los planteamientos interdisciplinarios de los biopolíticos contemporáneos que hablan de la coexistencia pacífica entre biólogos y sociólogos.


Kessler, autor de la ley
de la ayuda mutua.

Al mismo tiempo Kropotkin se distanciaba de la postura de los que no se sentían con fuerza de seguir el planteamiento radical nacido del darwinismo hasta sus últimas consecuencias. Los evolucionistas de su tiempo, al reconocer el origen animal del hombre, a lo sumo reconocían que con el invento de la historia el hombre abandonaba para siempre su mundo animal. Así pensaban los darwinistas como Alfred R. Wallace. Por el contrario, Kropotkin decía que lo mejor que puede hacer la izquierda para el hombre era ayudarle no a salir del reino de los animales sino a permanecer en él. En esto le avalaban sus propias experiencias de naturista adquiridas en sus viajes por la Rusia Oriental —no por el sur del Atlántico, como en Darwin—. Aunque menciona una conferencia del biólogo francés Espinas de 1881 en la que se interpreta a Darwin como un cooperativista, deja claro que los primeros en hacer esta lectura correcta del maestro fueron los rusos. Concretamente, el zoólogo Karl F. Kessler, de la Universidad de San Petersburgo, quien fue el primero en protestar en el congreso de los naturalistas rusos en enero de 1880 contra el abuso del concepto «lucha por la existencia». En la formulación de su tesis la ley de la ayuda mutua contó con el apoyo del zoólogo Alexey N. Severtsov, así como su amigo personal, Iván S. Poliakov. Todos estaban impresionados por la obra de Darwin, pero al observar la naturaleza siberiana y del sur de Rusia se preguntaban constantemente dónde estaría esa despiadada competencia entre los animales de la misma especie, que no encontraban por ningún sitio.

Severtsov y Poliakov, naturalistas rusos.

Kropotkin sacó dos conclusiones de su lectura de Darwin. La primera: el origen prehumano de los sentimientos morales. El hombre no sólo procede del mundo animal sino que de este mundo se originan los instintos que dieron origen a la moral. Kropotkin piensa que el notable progreso de las Ciencias sociales a finales del siglo XIX le ofrece la posibilidad de demostrar que la incorporación de esos instintos a la organización de las sociedades humanas fue la base del progreso moral. Por fin —decía— no haría falta hablar de amor ni de la simpatía. Entre los humanos —como entre los animales— no hay ni lo primero ni lo segundo: solo hay solidaridad. La segunda tesis es que la mejor forma de organización política es el federalismo. Lo que a primera vista parecía ser una desinteresada defensa de Darwin frente a las malas interpretaciones de los social-darwinistas, acaba siendo la vuelta a la vieja utopía anarquista: lo mejor para el ser humano es deshacerse del Estado y volver a los tiempos de la comuna, que es lo mismo que volver al siglo XII, a los tiempos en que todo lo europeo era federalista, como dirá en una conferencia que es considerada la conclusión de su obra magna El apoyo mutuo.

Los precursores rusos de la Biopolítica

lunes, 23 de diciembre de 2019

Cambio climático: sainete y gran fiasco en Madrid


Por ALEJANDRO NADAL

El Acuerdo de París sobre cambio climático fue presentado al mundo en 2015 como un gran logro al finalizar la vigesimoprimera Conferencia de las Partes (COP21) de la Convención sobre Cambio Climático. Se dijo que por vez primera todos los países del mundo se habían unido en un esfuerzo común por mantener el cambio climático por debajo de los dos grados centígrados respecto de la era preindustrial. Además, se acordó realizar esfuerzos por limitar a 1,5 grados dicho cambio climático. Para lograr lo anterior todos y cada uno de los países miembros definirían de manera voluntaria e independiente sus compromisos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

Formalmente el Acuerdo de París (AP) entró en vigor en noviembre de 2016, al ser ratificado por el número requerido de países. Pero lo que nunca se ha dicho con toda claridad, y los medios no han sabido entender, es que ese acuerdo ya entró en vigor, pero todavía no puede aplicarse. Ya llevamos cuatro años en esta especie de limbo que convierte el AP en un tratado internacional que ya entró en vigor pero no puede aplicarse. La razón es que le falta lo que sería el equivalente a una ley reglamentaria.

Las implicaciones de lo anterior son devastadoras. En los últimos cuatro años, los 192 países miembros del Acuerdo de París han estado ocupados en negociar las reglas precisas de aplicación de ese instrumento. Leyó usted bien: tenemos cuatro años negociando el contenido del «Libro de Reglas» que define los procedimientos para uniformar los informes nacionales sobre reducción de emisiones, las reglas de cooperación financiera, la forma en que un país podrá cumplir sus metas de reducción de emisiones al ayudar a otras naciones a disminuir las suyas y las modalidades que deben regir las transacciones en los mercados de carbono y en los mecanismos de compensación de emisiones, etcétera.

Hace un año concluyó la COP24 en Katowice, Polonia, y se dijo que ya por fin habían concluido las negociaciones para definir el Libro de Reglas. Pero nuevamente el mendaz lenguaje diplomático sirvió de cortina de humo. Resulta que las reglas para la implementación de uno de los más importantes componentes del Acuerdo de París, definido en su artículo sexto, quedaron sin ser definidas y la tarea se dejó para la COP25. Y ésta tampoco pudo llegar a un acuerdo sobre ese artículo.

¿Qué dice este famoso artículo? Se trata de uno de los más importantes y contenciosos del Acuerdo de París. Es un texto breve que abre las puertas para que un país que haya rebasado sus metas o compromisos nacionales (voluntarios y definidos de manera independiente) pueda vender su excedente de emisiones a una nación que no ha podido cumplir con sus metas. Esos objetivos pueden estar relacionados con diferentes tipos de proyectos, como reducciones de emisiones, expansión de fuentes renovables o plantaciones forestales.

El artículo sexto también abre la puerta a la creación de un nuevo mercado de carbono internacional para intercambiar reducciones de emisiones en cualquier parte del mundo por los sectores públicos y privados. Al igual que el caso anterior, esas disminuciones pueden provenir de múltiples tipos de proyectos.

El principal problema es que estos mecanismos de mercado facilitan que las cosas sigan como están y no han servido para frenar las emisiones. El mercado de carbono más desarrollado es el Sistema Europeo de Comercio de Emisiones, y ese régimen ha estado en crisis desde hace años. Apenas este 2019 comenzó a repuntar el precio de la tonelada de carbono (equivalente), pero múltiples problemas de origen no han facilitado su funcionamiento.

Mantener el statu quo es muy mala opción en estos momentos. Ya sabemos que los compromisos nacionales no alcanzan para el objetivo inicial del acuerdo, y cuando se hacen cuentas se observa que colocan al mundo en la trayectoria de tres grados centígrados, lo cual tiene implicaciones de dimensiones catastróficas y constituye una amenaza existencial para la humanidad.

Antes y durante la COP25 muchas organizaciones y algunos países habían esperado que los grandes emisores de GEI anunciarían que estaban redoblando esfuerzos para reducir dichas emisiones. Esas notificaciones nunca llegaron y es claro que Estados Unidos (que ha denunciado el AP, pero todavía tuvo derecho a participar en esta COP), Brasil, China, Australia y Arabia Saudita encabezaron el grupo de países que, francamente, no escatimaron recursos para sabotear los esfuerzos de la COP25.

¿Cuál es el balance? Cuatro años después de cumplido el Acuerdo de París, las emisiones de GEI siguen aumentando. Tenemos ya un cuarto de siglo discutiendo y negociando un verdadero régimen regulatorio para enfrentar la amenaza del cambio climático. Este esfuerzo no ha fructificado y no parece que las cosas vayan a cambiar pronto. La COP25 recuerda la época de los sainetes que frecuentemente hacían reír al público en los teatros madrileños, porque terminaban en un grandioso fiasco. Sólo que esta vez el fiasco se traducirá en tragedia.

LA JORNADA
(18/12/2019)


viernes, 1 de noviembre de 2019

Cooperación o mutua ayuda: Una idea no reconocida

Un hormiguero, ejemplo de vida social
y, también, del apoyo mutuo.

Por ASHLEY MONTAGU

No todos eran tan unilaterales y absolutistas como Huxley, por supuesto. El filósofo e historiador económico francés Alfred Espinas, el zoólogo ruso Karl Kessler, y el príncipe Piotr Kropotkin, geógrafo y humanista ruso, abordan todos ellos la cuestión de la conducta animal, entre 1878 y 1902, y llegaron todos ellos a la conclusión de que el principal factor operativo en la evolución de los animales era la cooperación y no el conflicto. Alfred Espinas, filósofo, economista e historiador francés, publicó en 1878 un libro notable, Sobre las sociedades animales, donde llamaba la atención hacia la cooperatividad universal, considerando que caracterizaba mejor que el conflicto la vida social de los animales. Kessler, que fue profesor de zoología y decano de la Universidad de San Petersburgo, pronunció una conferencia en 1880 titulada «Sobre la ley de la ayuda mutua», donde trataba de mostrar que junto a la «ley de la lucha mutua» existe en la naturaleza una «ley de la ayuda mutua», «mucho más importante que la ley del desafío mutuo para el éxito de la lucha por la vida y, especialmente, para la evolución progresiva de las especies». La conferencia de Kessler, leída en 1880 en un congreso ruso de naturalistas, fue la inspiración principal del pensamiento de Kropotkin sobre el tema. Kessler murió el año siguiente.
 
Alfred Espinas (1844-1922)
y Fiodorovich Kessler (1815-1881)
De joven, Kropotkin pasó varios años en Siberia y Manchuria, donde se ocupó de estudiar la vida animal bajo condiciones naturales. Las observaciones hechas entonces y después le convencieron de que «Huxley había dado una interpretación muy incorrecta de los hechos de la Naturaleza, tal como lo vemos en el bosque y en la selva». De 1890 a 1896 publicó varios artículos rebatiendo el punto de vista huxleiano de la evolución como lucha entre gladiadores. Fueron esos artículos los que se publicaron como libro en 1902 bajo el título El apoyo mutuo: un factor de la evolución. en la introducción Kropotkin dice que, aunque buscó ávidamente por Siberia oriental y Manchuria del Norte, no logró descubrir «esa amarga lucha por los medios de la existencia, entre animales de la misma especie, considerada por la mayoría de los darwinistas (aunque no siempre por el propio Darwin) como característica dominante de la lucha por la vida y factor primordial de evolución». Sin negar la importancia de la lucha por la existencia, ni la de la selección natural en la evolución de las formas vivas, Kropotkin se esforzó por demostrar que la ayuda mutua es «el factor principal de la evolución».

Aunque tales afirmaciones quizá sean demasiado fuertes, lo cierto es que se ha pasado inmerecidamente por alto la cooperación como factor en la competitiva «lucha por la existencia», y especialmente en la evolución de las relaciones sociales. En tiempos de Kropotkin, teorías como la suya eran simplemente desestimadas.
 
Piotr Kropotkin
(1842-1921)
 Hay una semejanza chocante y deprimente entre ese período y el nuestro por lo que respecta a la aceptación general de conclusiones «científicas» no fidedignas. El propio Darwin describió un concepto revolucionario que fue mal entendido en un mundo que durante siglos había aceptado ciegamente las suposiciones y relatos de la religión cristiana; muchos de sus partidarios y vulgarizadores tomaron sus palabras, las estiraron hasta cubrir todo tipo de ideas injustificables, y las presentaron al mundo en un ejemplo clásico de tergiversación.

Hoy día, en un proceso paralelo, el interesante y valioso trabajo de científicos imaginativos en el campo de la conducta animal ha sido extendido —unas veces por los propios científicos y otras veces por profanos— hasta cubrir interpretaciones no justificadas por el trabajo original. Konrad Lorenz, Niko Tinbergen, Desmond Morris y otros son todos miembros valiosos de la comunidad científica, y mientras limiten sus conclusiones mucho al conocimiento de la conducta animal. Pero cuando establecen analogías entres sus trabajos con animales y la conducta de los seres humanos, y luego apoyan sus conclusiones con asertos completamente insensatos, su trabajo pierde valor y, de hecho, se hace peligroso debido precisamente a su atractivo popular. Son descendientes directos de esos pensadores decimonónicos de la «naturaleza de garras y colmillos ensangrentados» cuando permiten que su formación científica —en la cautela, en una cuidadosa definición de palabras y conceptos, en la comprensión de relaciones entre eventos, en el pensamiento lógico— se desvanezca en el humo de sus entusiasmos.

La naturaleza de la agresividad humana
(1976)

martes, 22 de octubre de 2019

Principio de Kropotkin


Por CARLOS DE CASTRO CARRANZA


«¡No compitas! … la competición es siempre
perjudicial para las especies, y tú tienes
cantidad de recursos para evitarla»


Ante el problema de la evolución y el comportamiento de la naturaleza en relación a la moralidad humana existen tres posturas posibles. La de Huxley, en la que la naturaleza nos puede ayudar como guía moral para saber justo lo que no debemos hacer. El principal objetivo social sería evitar o mitigar la lucha por la existencia darwinista. El tópico de la lucha de la existencia visto como nos cuenta el verso de Tennyson «la naturaleza roja en dientes y garras», lo que nos ayuda es a saber a qué se debe sobreponer nuestra moral. Danilevsky critica nuestra tradición filosófica y política diciendo que la guerra de todos contra todos de Hobbes se transforma en la competencia de la teoría económica de Adam Smith. Malthus la aplica a las poblaciones humanas y finalmente Darwin la extiende al mundo orgánico, a la naturaleza entera.

La moral pues lo tendrá difícil, pues debe sobreponerse a nuestras raíces biológicas, a nuestra «naturaleza».

En respuesta a esta filosofía pesimista, surgen o existen dos visiones diferentes. Una, quizás la que tendría el propio Darwin, es aquella en la que se concluye que no debemos extrapolar el comportamiento que interpretamos en la naturaleza a la moral humana. En esta visión, no tiene sentido, por excesivamente antropocéntrico, hablar de crueldad o de amor entre los organismos o en la naturaleza; lo que es metáfora o debe serlo, frecuentemente se usa como si la naturaleza fuese así. En este sentido no se debería hablar de egoísmo o de generosidad; e incluso es peligroso pues hablar de competencia, conflicto o cooperación.

Darwin advertía que él entendía la lucha por la existencia en un sentido metafórico, el éxito en la reproducción o la supervivencia de los nietos puede ser por cooperación entre organismos; pero la realidad es que él mismo se olvida luego de ésta última forma de verlo y, quizás por ser más visual, sencilla o llamativa, los ejemplos que abundan son los de la competencia pura y dura. Y sus primeros intérpretes y defensores, como Huxley, perdieron el carácter metafórico y lo convirtieron en el dogma que apoyaba indirectamente ciertas visiones del capitalismo liberal, de ahí que Huxley dijera que los más fuertes, los más rápidos y los más inteligentes vivían para luchar al siguiente día[*].

Por esto, y por la oposición ideológica al capitalismo económico, surgen opositores al darwinismo en el mundo ruso de finales del siglo XIX y principios del XX. A Tolstoi no le gusta el darwinismo por razones morales. A Kropotkin, exponente del anarquismo, por razones ideológicas.

Pero este último caso, el de Kropotkin, es muchísimo más interesante de lo que se suele imaginar. Kropotkin no niega del todo el darwinismo, lo que niega es que la relación fundamental que se establece entre organismos sea una relación de competencia bajo la visión sobre todo de Huxley. En 1902 publica su Mutual Aid (Ayuda Mutua) como una teoría de la evolución basada en la selección natural pero en la que la cooperación es la relación fundamental entre los animales. Para Kropotkin la lucha por la existencia conduce en general a la ayuda mutua y no al conflicto. Es la cooperación la que permite casi siempre el éxito reproductivo. Gould nos advierte del porqué las propuestas de Kropotkin, lejos de ser las ideas descabelladas de un anarquista, son las de un observador atento de la naturaleza. La diferencia, según Gould, del énfasis de Darwin en la competencia y del de Kropotkin en la cooperación, se debe a que el primero fue influido por los ecosistemas tropicales exuberantes de organismos. En ella, la competencia en todo caso estaba entre organismos. Los organismos en Siberia morían de inanición, por tormentas, por frío, no por competir contra otro organismo. Al revés, era mejor colaborar para resolver los problemas que enfrentaban.


Para Kropotkin además, en los organismos dentro de cada grupo son superiores aquellos que más cooperan. Escribe: «así, encontramos entre los superiores de cada clase de animales, a las hormigas, los loros y los monos, todos combinando la más grande sociabilidad con el más grande desarrollo de la inteligencia». La cooperación lleva el avance. El más apto es el que más y mejor ayuda, no el que compite mejor. Se es más apto cuanto más sociable se es. La sociabilidad no solo asegura el bienestar de la especie sino que, indirectamente, favorece el crecimiento de la inteligencia. La inteligencia, al menos como capacidad de adaptación, es pues para Kropotkin una consecuencia de la cooperación y la evolución.

Kropotkin busca infructuosamente, en aquellos sitios de abundancia de vida que visitó, la lucha competitiva entre individuos de la misma especie.

En su libro, Kropotkin nos regala ejemplos que serían rocambolescos de explicar bajo el principio de la competencia, pero muy sencillos de entender bajo el principio de cooperación:

¿Cómo explicar que durante más de dos horas varios cangrejos traten de voltear a otro cangrejo que se había quedado de espaldas y que «viendo» que no consiguen su objetivo va a llamar más cangrejos para la tarea?

¿Cómo explicar el comportamiento de la hormiga que da de comer a otra hormiga «enemiga» y que a partir de entonces ésta es considerada amiga?

¿Y los nidos conectados de termitas donde conviven dos o tres especies diferentes?

¿Y los escarabajos enterradores que se ayudan para enterrar a un ratón aunque solo uno de ellos depositará los huevos en él?

Y mi favorito, que extrae del propio Darwin:

¿Cómo explicar aquel pelícano ciego alimentado por otros pelícanos que tenían que recorrer más de 50 km para hacerlo?

¿No vemos estas cosas a menudo en los documentales porque son conductas raras?

¿Cuántas veces hemos visto en cambio pelearse a los leones por la comida?

El caso es que las ideas de Kropotkin son ignoradas, aunque muchas de ellas fueran equilibradas y razonables, porque provenían de un anarquista.

Hoy deberíamos de hablar de 'kropotkismo' o del Principio de Kropotkin, por su valor científico. Y lo estaríamos haciendo, sin duda, si el mundo fuera «regido» por el anarquismo. O incluso por las ideas políticas de Thoreau, Tolstoi o Gandhi.

Una vez rescatado a Kropotkin, alguien debería preocuparse de algunas observaciones naturales inquietantes que hace. Repetidas veces dice que la sociabilidad de los animales tiende a perderse por las perturbaciones del ser humano, cita muchos ejemplos, entre ellos a la comadreja, el zorro ártico y los osos. Algunos proceden de observaciones suyas y otras de otros naturalistas.

El Principio de Kropotkin y su ley de la naturaleza

Hemos llamado Principio de Kropotkin a la idea de que los organismos huyen por todos los medios de tener que competir. Es un principio pues de inteligencia adaptativa. Así, la naturaleza «inventa» la cooperación, la coordinación, la migración[**], el sexo (que reduce la tasa de crecimiento geométrico), la misma complejidad e incluso la muerte de los organismos. Todos ellos efectos de este principio.

La naturaleza, siempre que pueda, tratará de no competir entre sus partes (organismos, ecosistemas, células,…) y solo si las relaciones entre sus partes están muy simplificadas será casi inevitable la competencia. Dijimos que la competencia se daba en los estados iniciales del desarrollo de un ecosistema o del cerebro humano. Pero una vez maduro, las relaciones competitivas desaparecen o eran totalmente secundarias.

Si esto es así, el mundo actual esconde una cierta paradoja. Al simplificar la mayoría de los ecosistemas, especialmente durante el último siglo, el ser humano, sobre todo en las sociedades industrializadas capitalistas y excomunistas, ha provocado un retroceso en las relaciones de la naturaleza y las ha llevado hacia la competencia. Es, como dijimos ya, la profecía que se autocumple. El darwinismo competitivo aplicado a la economía mundial ha ayudado a crecer geométricamente (exponencialmente) el impacto ambiental. Este impacto ha sustituido ecosistemas complejos y maduros por ciudades, carreteras, centrales hidroeléctricas, campos de (mono)cultivo, pastos, deforestación, sobrepesca y un largo etcétera que suponen una simplificación de los ecosistemas primigenios. Así, los científicos actuales quizás estén observando más competencia de la que durante millones de años previos a nuestra llegada explosiva hubo. No debemos minimizar la capacidad simplificadora del ser humano, ya en la época de Kropotkin este observa: «cuando los rusos tomaron posesión de Siberia, ellos la encontraron tan densamente poblada de ciervos, antílopes, ardillas y otros animales sociables, que la verdadera conquista de Siberia no fue otra cosa que una expedición de caza». Observación que se puede hacer también para la conquista del Oeste americano, donde una población de 150 millones de bisontes se llegó a reducir un millón de veces a base de tiros (o donde se extinguió en 1914, también por la caza, a la paloma migradora, que contaba con más de 2.000 millones de individuos en 1810).


Hacemos pues una predicción: en aquellos ecosistemas menos perturbados o más complejos, habrá menos relaciones competitivas que en los más distorsionados o sencillos. Teniendo en cuenta que aún hoy, la mayoría de los observadores científicos de la naturaleza son occidentales educados en países donde la distorsión ecológica es enorme, uno sospecha que se tenderán a buscar incluso en las zonas menos distorsionadas las relaciones competitivas. Muchos más sencillas además.

Esto explicaría las observaciones de Kropotkin en las que antiguamente se daban más comportamientos gregarios entre aves y mamíferos.

La ley de la naturaleza es para Kropotkin la tendencia hacia la sociabilidad: «a parte de unas pocas excepciones, aquellas aves y mamíferos que no son gregarios ahora, vivieron en sociedad antes de que el hombre se multiplicara sobre la tierra». Pero si esta tendencia es cierta, una vez simplificado el ecosistema, aquellos organismos que consigan adaptarse a los ecosistemas humanos —la mayoría de los terrestres en la actualidad— terminará volviendo al gregarismo, a formar sociedades. Quizás la cigüeña, los estorninos, las palomas y las ratas de nuestras ciudades que son consideradas plagas lo están haciendo.

Como consecuencia de la tendencia a la cooperación, surge la sociabilidad y, para Kropotkin, esto supone un incremento inevitable de la inteligencia, la compasión y la sensibilidad: las relaciones sociales cooperativas al ser más complejas, exigen más inteligencia y sensibilidad. El ejemplo de los pelícanos que alimentaban al pelícano ciego, desde una visión antropocéntrica, se describirían con un comportamiento compasivo, que exige una percepción de lo que pasa a su alrededor muy superior a la que exigiría la competencia. Y para Kropotkin, inteligencia, sensibilidad y compasión son previos a los sentimientos morales.

La evolución lleva a la formación de sociedades y a la inteligencia. No nos engañemos al pensar que solo el Homo sapiens es inteligente. Su alto grado de autoconciencia quizás sea nuestro rasgo más importante. Pero chimpancés, elefantes y delfines parecen mostrar también un cierto grado de autoconciencia.

Los elefantes, por ejemplo, tienen un comportamiento que nos recuerda a la añoranza, en este caso hacia sus muertos. En cualquier caso, no hemos sido la única especie plenamente inteligente que ha existido, el neandertal y quizás el actualísimo hombre de la isla de Flores, han sido en este sentido también humanos, y aunque sean de nuestro mismo género, están extintos y son especies distintas de la nuestra.

Y esta tendencia hacia la sociabilidad y la inteligencia, no se da solamente entre vertebrados superiores como sabemos por la elevadísima sociabilidad de los insectos sociales. Ya hemos dicho que la sociabilidad en los insectos se ha inventado más de una docena de veces distintas. Es tan elevada esta tendencia a la socialización, que en la actualidad se le llama atractor biológico, del lenguaje de la Teoría del Caos.


Las termitas son tan gregarias que sabemos que viven más y mejor juntas que separadas, incluso en condiciones extrañas y extremas. Un sencillo experimento nos enseña esto. Se colocó en situación de privación de recursos (en tubitos de ensayo cerrados) a números distintos de termitas. A pesar de que el primer factor de escasez era el oxígeno, y por lo tanto este debería a priori desaparecer antes en los tubos con mayor número de termitas, el resultado fue que en los tubos con menos termitas éstas morían antes que en los tubos con más termitas. Si las relaciones fueran competitivas el resultado habría sido el asesinato. ¡Lo que en cambio mataba a las termitas aisladas era el estrés de verse solas! ¡Las termitas necesitaban más a sus compañeras que a la luz, al agua o al mismo aire!

Por último señalemos que la sociabilidad hace más difícil la especiación en el sentido darwiniano, pues el aislamiento reproductivo necesario se reducirá.

El origen de Gaia.
Una teoría holista de la evolución
(2008)


  NOTAS:

    [*] Bastian, el protagonista de la Historia Interminable, aprende casi al final de su aventura que: «no quería ser el más grande, el más fuerte o el más inteligente. Todo eso lo había superado. Deseaba ser querido como era, bueno o malo, hermoso o feo, listo o tonto, con todos sus defectos… o precisamente por ellos». ¿Contra inspiración de Ende?
   [**] Una especulación: ¿acaso las plantas, que nos parecen menos evolucionadas que los animales, lo son porque tienen menos oportunidades para evitar la competencia?