miércoles, 1 de abril de 2009

Campo de los almendros

Ya que hoy es el 70 aniversario del final de la Guerra Civil (mejor dicho: «No llegado la Paz, ha llegado la Victoria», última frase de la película y obra de teatro Las bicicletas son para el verano), que conllevo el reconocimiento internacional de la dictadura de Franco, miles de represaliados y un régimen criminal, vergüenza de este país y del mundo, que algunos todavía no quieren condenar... y hasta justifican. ¡Allá ellos!

Os pongo un trozo del sexto y último capítulo de la miniserie de la BBC La Guerra Civil española, que habla sobre el ignominioso campo de concentración de Albatera, donde centenares, o miles, de republicanos fueron llevados desde el puerto de Alicante, donde esperaban la llegada de barcos que nunca llegaron.


lunes, 30 de marzo de 2009

CNT por Telemadrid...

Telemadrid emitió una noticia el pasado 7 de febrero informando de las subvenciones recibidas este año por los sindicatos. En las imágenes aparecía en ese momento el cartel de CNT de la Pza. Tirso de Molina de Madrid. Ante la difamación, la Federación Local de Madrid envió una carta a la cadena exigiendo rectificación e informando de que CNT no tiene liberados ni acepta ninguna subvención. Sorprendentemente así lo hicieron en sus noticias del 15 de febrero.

viernes, 27 de marzo de 2009

La cicatriz enconada de la falsa contradicción

Agustín García Calvo

Importa, también políticamente, atender a la noción misma de «oposición» o «contraposición», cuando se presenta bajo esa forma «izquierda/derecha». Bien me consta, porque me lo han contado, que el uso político de ese par de términos y su contraposición procede de la colocación de representantes políticos en algún Congreso o Parlamento de Inglaterra o de sabe Dios dónde; pero la cosa viene de mucho antes, como se revela en las pinturas del Juicio Final de que están aún llenas nuestras Iglesias, o, lo que es lo mismo para el caso, nuestros Museos: pues ahí es evidente que los condenados están a un lado del Señor y al otro los Salvados; lo normal (o legal) es que los Salvados estén a la mano derecha del Señor (lo mismo que su hijo unigénito) y los condenados a su mano izquierda, que siempre, en muchos sitios y desde que tenemos registro de ello, ha sido, no se sabe por qué, la mano mala, la funesta, la siniestra. Pero el caso es que, si las cosas están así dispuestas en la pintura, en cambio, si se tiene en cuenta a sus feligreses (que «en principio» no están ni condenados ni salvados todavía), si se ven las cosas desde el lado del espectador, entonces… ya se sabe, como el espejo: la derecha es la izquierda y la izquierda, la derecha. Hay sólo que añadir, para precisar aún más, la consideración de la postura del propio pintor o imaginero, que evidentemente tiene que haber resuelto un profundo conflicto en el momento de decidir que la mano derecha del Señor va a estar por donde su propia mano izquierda, esto es la del que pinta, ya sea que lo haga con ella, si es más o menos zurdo, o que lo haga con la otra.


Las implicaciones en el campo político inmediato (y falso: se trata de la política de los políticos, que es la contrapuesta a la que haría el pueblo, si existiera; y que es la que hace, aunque y porque no existe) de las consideraciones elementales que arriba he referido, son tan claras y palpables para cualquiera, por poco ingenuo que se mantenga, que no merece la pena perder mucha más tinta ni papel en desarrollarlas.

Lo que arriba hemos estado haciendo es, en resumen, poner al descubierto la cicatriz enconada de la falsa contradicción, por si ello puede servir a que reviva la contradicción verdadera, la herida del pueblo, de la vida, de la razón, que late por debajo de esa cicatriz siempre cerrada en falso. Pues hay una contraposición de mentiras que es por ejemplo esa con la que los políticos entretienen a las masas de individuos en tanto que les llega la muerte prometida, y que no hace más que disimular la verdad, que el pueblo murmura siempre por lo bajo, de que los unos son los otros y que da lo mismo con qué nombre, «izquierda» o «derecha», se disfracen los servidores Estado y Capital. Y hay una contradicción de veras, que es la que, con ejemplos de espejos y pinturas, tratábamos de descubrir: es la que opone siempre, de maneras cambiantes para ser la misma, eso que no existe, no se sabe, no se cuenta, a lo que malamente aludimos con palabras como «pueblo», con eso otro que sí existe y, en su ideal, está destinado o condenado a existir, cambiando, eternamente; es la que opone la voz de los Prohombres y Ejecutivos de Dios, que por tribunas y ondas televisivas proclaman la diferencia entre los unos y los otros, zurdos y diestros, blancos o negros, salvados o condenados, a esa otra voz que sigue impenitentemente sonando por lo bajo y declarando que todo eso son engaños y trampantojos, para distraer con las falsas oposiciones y tratar de que así no se sienta la verdadera; que se sigue sintiendo a pesar de todo.

jueves, 26 de marzo de 2009

El Mono nacionalista


La reciente ola de nacionalismos de todos los signos: «blandos», «duros», durísimos, y hasta sangrientos, que invade, sobre todo, el llamado Primer Mundo (y el ya desaparecido por asimilación: Segundo Mundo) donde rigen, o están en trance de regir, las formas de Gobierno más progresadas: las democracias, nos llevaría en una primera visión, a propósito superficial, a considerar el fenómeno también común y bien evidente en todas ellas. A saber: la creciente uniformidad, tanto pública y política, de todos los Estados, como la uniformidad privada y particular de los ciudadanos de todas las Naciones. Costumbres, usos y consumos, formas de vida y de producción, tanto laborales como artísticas, tienden a una identificación casi perfecta. Parece que se camina de modo imparable hacia una gran Mímesis, no sólo socioeconómica y política, sino también hacia una especie de Cultura general que se decanta por los mismos gustos, las mismas necesidades, los mismos valores, los mismos horarios, los mismos deseos…

Pero junto a esta suerte de Estado general de supracultura transnacional, surge simultáneamente, y como movido por el mismo resorte, el otro fenómeno sorprendente: la urgencia de Nacionalismos cada vez más pretenciosos. Estos dos fenómenos parecen retroalimentarse entre sí. Ambos se refuerzan y complementan: a mayor uniformidad política y privada (entre las Naciones y entre «cada quisque» de cualquier parte) mayor necesidad de afirmación de la diferencia, tanto por una exacerbada identidad nacionalista como por la creencia desmedida en la personalidad individual. Como si, efectivamente, el mismo mecanismo moviera la naturaleza de las Masas y sus Estados y la naturaleza de cada Individuo. (Recordamos en este punto las repetidas observaciones que sobre la identidad entre Masa e Individuo, nos señala García Calvo.)

Respecto a la identidad nacionalista se echará mano del elemento diferenciador más socorrido: el lenguaje (¡pobre lengua que no sabe nada!), que servirá de soporte simbólico para todos los manejos de consumación de la identidad patria, hasta situaciones ridículas como el aprendizaje acelerado por políticos de sus lenguas locales para los espiches electorales. Este efecto lingüístico da bastante juego e ilusión de verosimilitud entre las poblaciones para el sostenimiento populista (no confundirlo con popular) de los llamados nacionalismos «duros», como el vasco o el catalán. La cosa funciona así: cuanto más difícil es, en la práctica, distinguir a un catalán de un murciano, o a un vasco de un castellano (por ejemplo) (los mismos afanes, el mismo coche, la misma televisión —la misma con diferentes canales—, los mismos seguros, las mismas burocracias, los mismos valores en moral y en bolsa, etc.) tanto más obligada es la distinción simbólica de los particular, por el lenguaje o por lo que sea.

Cuando la lengua no colabora, se recurrirá a argumentos más superferolíticos, como casuales accidentes geográficos, como el exagerado caso (bien aleccionador por esperpéntico) allá por mi tierra extremeña de la escarpada aldea de Magacela, picacho inaccesible en medio de las llanuras de la Serena, que se proclamaba (con seriedad y sorna a la par) así en todas las peñas del camino: «¡Magacela independiente!», como si un nido de águilas no fuera, de por sí ya, más bien asunto de los cielos que del mundo de acá abajo.

Pues bien, a lo que íbamos: que ahora que inevitablemente vamos diluyéndonos y mezclando nuestras almas, todas del color del Dinero, en medio de los postreros estertores de Babel. Ahora que, todavía (¡últimas paradojas de lo humano!) todas esas oleadas de negros y japoneses siguen manteniendo apariencias diversas de pieles y ojos, (no se sabe por cuanto tiempo, aunque no mucho, desde luego). Ahora que imparablemente tendemos todos al color del Mono (a la vez nuestro primer Padre y nuestro último Hijo) ahora el Mono se hace nacionalista. Restos de mala conciencia y memorias históricas le equivocan una vez más —pero quizá lo propio del Mono sea equivocarse— y el pobre busca no sabe qué diferencia particular (en el Todo) en vez de saborear su indefinición, ese misterio que nos es a todos común y singular.

¡Adios «Archipiélago»!

¡Otra publicación que se nos va!

En este caso, tras veinte años, la revista Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura. Con este doble número, bajo el título «Estado crítico» (nº 83-84), se despide. Como aquí indican: Hasta aquí hemos llegado.

Los motivos serán los económicos u otros, no lo sé, pero lo sospecho. Comenzarón en el verano de 1988 con el nº 1: «El poder del discurso». Desde entonces sacaron dos únicos números en los dos siguientes años, para ir aumentando hasta los cinco números al año, para quedarse en los cuatro desde el 2006 o el único de este año. Es una revista que conozco desde el año 1990 (nº 4: «Crisis, fractura, revolución» y no pare desde entonces, pudiendo, entonces, obtener los ya agotados primeros tres números. Siempre he podido obtener referencias y textos de ella, de autores como Agustín García Calvo, Rafael Álvarez-Uria o Ignacio de Llorens, entre otros más, y lamentable es su desaparición.

¡Hasta la vista Archipélago! Siempre creí que, por lo menos, llegarías al centenar, por lo que se ve no es así. Como dice una canción: «Todo principio tiene un final...»

¡Salud!

sábado, 21 de marzo de 2009

El caso Rueda

El pasado 13 de marzo fue el trigésimo primer aniversario de la muerte del preso libertario Agustín Rueda, tras una larga paliza que le propinaron los funcionarios de prisiones o carceleros de Carabanchel. El juicio de los causantes de la muerte ocurrió casí una década después, y se demostró que recibió golpes por todo su cuerpo, a pesar de algunas contradicciones, los acusados apenas pasaron ocho meses en prisón tras la sentencia...

Como recuerdo, el pasado 15 de marzo en la sección «¿Te acuerdas?» del Telediario Fin de Semana salió este pequeño reportaje.