martes, 17 de noviembre de 2009

El ornitófago nocturno

Hace unos diez años, las investigadoras italianas G. Dondini y S. Vegari analizando las heces de unos murciélagos que estudiaban en la Reserva Natural Biogenética Pian degli Ontani-Pian di Novello en la Toscana, observaron plumas en su interior. Estos murciélagos pertenecen a la mayor especie de quiropteros de Europa (de casi medio metro de envergadura), el gran nóctulo o nóctulo mayor (Nyctalus lasiopterus). Años después, sobre el 2001, Carlos Ibáñez del CSIC y otros estudiosos más, analizaron los excrementos de varios nóctulos mayores de la sierra de Cameros (La Rioja) como del parque sevillano de María Luisa y el Zoo de Jerez (Andalucía), y en ellos se constataron la presencia de plumas como también de los restos de insectos. O sea, que este murciélago es un cazador de aves.

¿Como los caza? Se sabe de otros murciélagos carnívoros, como el falso vampiro (Vampyrum spectrum) que caza pequeños vertebrados del suelo o la vegetación; el murciélago verrugoso (Trachops cirrhosus) especializado depredador de ranas; o el murciélago pescador (Noctilio leporinus) que captura peces e invertebrados acuáticos sobre la superficie del agua... Pero la morfología de sus alas nos dice que son cazadores rastreadores de bajura y espesura, sus alas son cortas y anchas. En cambio, las alas del nóctulo mayor son alargadas y estilizadas, con poca capacidad de maniobra, apto para cazar en espacios abiertos y en el aire, no sobre el sustrato como los anteriores. Otro rasgo son los ultrasonidos, que son largos y de baja frecuencia propios de cazadores aéreos, a diferencia de las señales de ecolocación cortas de alta frecuencia típicas de murciélagos de vuelo bajo que cazan sobre el sustrato en lugares de vegetación cerrada y con obstáculos.

El nóctulo mayor captura sus presas a gran altura en pleno vuelo. Con radar se detectó que puede alcanzar hasta los 1.000 metros de altura. A lo largo de los meses que no hiberna se alimenta de insectos, pero coincidiendo con el paso migratorio de las aves canoras de África a Europa, en primavera, y al revés en otoño, se ha detectado mayor frecuencia de plumas. En invierno permanecen aletargados.

En el 2007, Ana García Popa-Lisseanu, publicó para PlosONE un estudío que confirmaba la dieta ornitófaga de este murciélago, basándose en la concentración de isótopos de carbono y nitrógeno en la sangre. Cada año millones de pajarillos viajan del continente africano al europeo y viceversa, el nóctulo los captura a gran altura valiéndose de sus patagios (las membranas alares entre los dedos y el tronco) y el uropatagio (la membrana entre sus patas y cola), y los devora en pleno vuelo durante un breve periodo de caída libre. Y son consumidos parcialmente, en especial devora la zona pectoral y ventral (ya que en sus heces hay pocos huesos, y se suelen encontrar alas de pájaros en zonas despejadas que cayeron del cielo).

Este murciélago habita en zonas boscosas, con árboles viejos cuyas oquedades se utilizan como refugio. Es raro y su distribución por Europa y Norte de África es discontínua y muy fragmentada, aunque en el pasado fuese más amplia. Si el cazador diurno especializado por excelencia en el área mediterránea es una rapaz, el halcón de Eleonor (Falco eleonorae), pues el nocturno es este murciélago, el más grande de Europa.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Enorme serpiente en China

La semana pasada, desde China y por la Red de Redes, se publicó una sensacional fotografía, dada inicialmente a conocer desde el People's Daily (periódico digital oficial del Partido Comunista Chino), de una gigantesca serpiente («giant boa» como la llamaban) de unos 17 metros de largo y 300 kilogramos de peso, que fue capturada por unos operarios cerca de la ciudad de Guiping, en la provincia sureña de Jiangxi.

Aunque la foto tenga un enfoque con perspectiva forzada, lo que da un mayor tamaño a lo que vemos más próximos a nosotros, para que sea un reptil de esas dimensiones fabulosas, los operarios deberían medir más de tres metros de altura (y no es así). El cazo o cucharón de la retroexcavadora oruga o de cadena, no debe tener más de un metro de ancho: es un cucharón de cinco puntas, que suele medir entre las 30 y los 42 pulgadas (de 0,76 a 1,07 metros). De lo que podemos calcular y deducir que la gran serpiente debe medir entre los cinco y seis metros de largo.

Las autoridades de la zona han desmentido que existan tales animales en la zona, por lo que no sé si será un bulo más. Aunque también debe haber sido un problema de traducción y con la consiguiente equivocación del paso del sistema métrico decimal al inglés, o viceversa. Lo más seguro que confundiese 17 píes (que son 5,18 metros) y pusiese 17 metros, de ahí se volviese a pasar al sistema inglés y se quedase en los 55 píes (los 17 metros de largo). ¿O todo fuese intencionado? Algo similar con el peso, donde han puesto 300 kilogramos son 300 libras (136 kilos). Y el ejemplar de la foto podría lo más seguro medir los cinco metros y pico y pesar poco más de los cien kilos.

Otra cosa que sorprende es que a este ofidio lo denominen como «boa gigante», cuando las grandes boas son americanas, en su caso es una pitón. Una pitón tigrina (variedad birmana), Python morulus bivittatus, que sí alcanza esas dimensiones y su area de distribución también está por el Sur de China.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Como pirañas...

En las escenas de este documental titulado El pájaro invisible, filmadas en las charcas de Los Camorchos, en el Parque Regional de la Cuenca Alta del Río Manzanares de Madrid. En él se puede observar a un grupo de gambusias (Gambusia holbrooki) —cuyos machos no superan los 3,5 centímetros y sus mayores hembras los seis o siete— morder a ranas verdes (Rana perezi) que saltaban al agua para defenderse de los depredadores terrestres. Estos peces atacan en grupo a las ranitas recién metamorfoseadas que quedan reducidas a los huesos en pocos segundos, como si fuesen auténticas pirañas.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

A la caza del gran calamar

A mediados del mes pasado, Tony Wu, fotógrafo del Daily Mail, obtuvo unas impresionantes fotografías de un grupo de cachalotes (cinco adultos y una cría) con los restos de un gran cefalópodo entre sus fauces. Ocurrió cerca de la fosa que hay en las islas Ogasawara o Bonin (pertenecientes a Japón, en el Océano Pacífico), un ejemplar de calamar gigante (Architeuthis dux) que fue capturado por el grupo y su cuerpo era utilizado para enseñar al más pequeño a cazar. Mientras todos nadaban al unísono.

La zona es conocida porque ya llevan varios años los científicos investigando en la zona al calamar gigante para poder obtener imágenes de él en libertad. En el 2004 se pudo fotografiar un ejemplar enganchado en una potera; y en el 2006 se pudo filmar un ejemplar moribundo. Pero por ahora sigue siendo un desconocido, solamente conocemos sus cuerpos varados en las costas o atrapados en las redes.

Se sabía de antemano de restos encontrados en los estómagos y de las marcas de las ventosas en la piel de estos mamíferos marinos, los cachalotes (Physeter macrocephalus), que cazaban estos cefalópodos; pero esta vez es la primera muestra de ello (aunque todavía no se ha llegado a observar como ocurre a grandes profundidades, pero todo llegará). De momento, tenemos estas fotos dadas a conocer, también, por el National Geographic.

lunes, 2 de noviembre de 2009

El timo del 70%

Me entero a través del Meneame.net de como hacen los del Carrefour sus ofertas. Con la segunda unidad te cobran solamente el 70 por cien. Pero se les ha pillado.

Inflan los precios y luego hacen descuentos. En la foto se ve una pizza a 2,45 euros, y si compras otra segunda más, te descuentan el 70 por ciento; que se queda en 1,72 euros. La suma es 4,17 euros. Pero si os fijáis, abajo tiene el precio anterior, que es de 1,99 euros. Y 1,99 por dos es 3,98 euros las dos pizzas anteriormente. ¿Dónde está el descuento?

Juan Soldado



Cuento popular recogido por Fernán Caballero

Érase un mozo solariego, sin casa ni canastilla, al que tocó la suerte de soldado. Cumplió su tiempo, que fue ocho años, y se volvió a reenganchar por otros ocho, y después por otros tantos.

Cuando hubo cumplido estos últimos ya era viejo y no servía ni para ranchero, por lo que le licenciaron, dándole una libra de pan y seis maravedís que alcanzaba de su haber.

—¡Pues dígale a usted —pensó Juan Soldado cogiendo la vereda—, que me ha lucido el pelo! ¡Después de veinticuatro años que he servido al rey, lo que vengo a sacar es una libra de pan y seis maravedís! Pero anda con Dios: nada adelanto con desesperarme, sino el criar mala sangre.

Y siguió su camino cantando:

La boca me huele a rancho,
y el pescuezo a corbatín:
las espaldas a mochila,
y las manos a fusil.

En esos tiempos andaba Nuestro Padre Jesús por el mundo, y traía de lazarillo a San Pedro. Encontrose con ellos Juan Soldado, y San Pedro, que era el encargado, le pidió una limosna.

—¿Qué he de dar yo —le dijo Juan Soldado—, yo, que después de veinticuatro años de servir al rey, lo que he agenciado no es más que una libra de pan y seis maravedís?

Pero San Pedro, que es porfiado, insistió.

—Vaya —dijo Juan Soldado—, aunque después de servir al rey veinticuatro años, solo tengo por junto una libra de pan y seis maravedís, partiré el pan con ustedes.

Cogió la navaja, hizo tres partes del pan, los dio dos, y se quedó con una.

A las dos leguas se halló otra vez con el Señor y San Pedro, el que le volvió a pedir limosna. Quiéreme parecer —dijo Juan Soldado— que les he dado nantes a ustedes, y que ya conozco esa calva; pero ¡anda con Dios! Aunque después de veinticuatro años de servir al rey, sólo tengo una libra de pan y seis maravedís, y que de la libra de pan no me queda sino este pedazo, lo partiré con ustedes.

Lo que hizo, y enseguida se comió su parte para que no se la volviesen a pedir.

Al ponerse el sol se halló por tercera vez con el Señor y San Pedro, que le pidieron limosna.

—Sobre que juraría que ya les he dado a ustedes —dijo Juan Soldado—; pero ¡anda con Dios! Aunque después de servir al rey veinticuatro años, sólo me he hallado con una libra de pan y seis maravedís, repartiré éstos como repartí el pan.

Cogió cuatro maravedís, que le dio a San Pedro, y se quedó con dos.

—¿Dónde voy yo con un ochavo? —dijo para sí Juan Soldado—; no me queda más que ayuncar al trabajo y echar el alma si he de comer.

-Maestro –le dijo San Pedro al Señor,- haga su Majestad algo por ese desdichado que ha servido veinticuatro años al rey y no ha sacado más que una libra de pan y seis maravedís, que ha repartido con nosotros.

—Bien está; llámalo y pregúntale lo que quiere— contesto el Señor.

Hízolo así San Pedro, y Juan Soldado, después de pensarlo, lo respondió que lo que quería era que en el morral que llevaba vació se le metiese aquello que él quisiese meter en él. Lo que le fue concedido.

Al llegar a un pueblo, vio Juan Soldado en una tienda unas hogazas de pan más blancas que jazmines, y unas longanizas que decían comedme.

—¡Al morral! —gritó Juan Soldado en tono de mando.

Y cáteme usted las hogazas dando vueltas como ruedas de carretas, y las longanizas arrastrándose más súpitas que culebras, encaminarse hacia el morral sin perder la derechura.

El montañés dueño de la tienda, y el montañuco su hijo, corrían detrás dando cada trancazo que un pie perdía de vista al otro; pero ¿quién las atajaba, si las hogazas rodaban desatinadas como chinas cuesta abajo, y las longanizas se les escurrían entre los dedos como anguilas?

Juan Soldado, que comía más que un cáncer, y aquel día tenía más hambre que Dios paciencia, se dio un hartagón de los cumplidos, de los de no puedo más.

Al anochecer llegó a un pueblo, como era licenciado del ejército, tenía alojamiento, por lo cual se encaminó al Ayuntamiento para que le diesen boleta.

—Soy un pobre soldado, señor —le dijo al alcalde—, que después de veinticuatro años de servir al rey, sólo me hallé con una libra de pan y seis maravedís, que se gastaron por el camino.

El alcalde le dijo que si quería lo alojaría en una hacienda cercana a la que nadie quería ir porque había muerto en ella un condenado, y que desde entonces había asombro; pero que si él era valiente y no le temía al asombro, podía ir, que allí hallaría de cuanto Dios crió; pues el condenado había sido muy riquísimo.

—Señor, Juan Soldado ni debe ni teme —contestó éste—, y allá voy a encampanarme en un decir tilín.

En aquella posesión halló Juan Soldado el centro de la abundancia: la bodega era de las famosas, la despensa de las provistas, y los soberados estaban atestados de frutas.

Lo primero que hizo a prevención, por lo que pudiese tronar, fue llenar un jarro de vino, porque consideró que a los borrachos se les tapaba la vena del miedo; en seguida encendió candela y se sentó a ella para hacer unas migas de tocino.

Apenas estaba sentado, cuando oyó una voz que bajaba por la chimenea y decía:

—¿Caigo?

—Cae si te da la gana —respondió Juan Soldado, que ya estaba pintón con los lapos de aquel rico vino que se echaba entre pecho y espalda—; que el que ha servido veinticuatro años al rey sin sacar más que una libra de pan y seis maravedís, ni teme ni debe.

No bien lo hubo dicho, cuando cayó a la mismita vera suya la pierna de un hombre: a Juan Soldado le dio un espeluzo que se le erizaron los vellos como el pelo a un gato acosado; cogió el jarro y lo dio un testarazo.

—¿Quieres que te entierre? —le preguntó Juan Soldado.

La pierna dijo con el dedo del pie que no.

—Pues púdrete ahí —dijo Juan Soldado.

De allí a nada volvió a decir la misma voz de denantes:

—¿Caigo?

—Cae si te da gana —respondió Juan Soldado dándole un testarazo al jarro—, que quien ha servido veinticuatro años al rey, no teme ni debe.

Cayó entonces al lado de la pierna su compañera. Para acabar presto, de esta manera fueron cayendo los cuatro cuartos de un hombre, y por último la cabeza, que se apagó los cuartos, y entonces se puso en pie en una pieza, no un cristiano, sino un espectáculo fiero: como que era el mismísimo condenado en cuerpo y alma.

—Juan Soldado —dijo con un vocejón que helaba la sangre en las venas—, ya veo que eres un valiente.

—Si, señor —respondió éste—, lo soy, no hay que decir ni hartura ni miedo ha conocido Juan Soldado en la vida de Dios; pues a pesar de eso, ha de saber su merced que en veinticuatro años que he servido al rey, lo que he venido a sacar ha sido una libra de pan y seis maravedís.

—No te apesadumbres por eso —dijo el espectro—, pues si haces lo que te voy a decir, salvarás mi alma y serás feliz. ¿Quieres hacerlo?

—Sí, señor; sí señor; mas que sea lañarle a su merced los cuartos para que no se le vuelvan a desperdigar.

—Lo malo que tiene —dijo el espectro—, es que me parece que estás borracho.

—No, señor; no, señor; no estoy sino calomelano, pues ha de saber su merced que hay tres clases de borracheras: la primera; es de escucha y perdona; la segunda, es de capa arrastrando; y la tercera, de medir el suelo: yo no he pasado de escucha y perdona, señor.

—Pues sígueme —dijo el espectro.

Juan Soldado, que estaba peneque, se levantó haciendo su cuerpo para aquí para allá, como santo en andas, y cogió el candil; pero el espectáculo alargo un brazo como una garrocha y apagó la luz.

No se necesitaba, porque sus ojos alumbraban como dos hornos de fragua.

Cuando llegaron a la bodega, dijo el espectro:

—Juan Soldado, toma una azada y abre aquí un hoyo.

—Ábralo usted con toda su alma si le da la gana —respondió Juan Soldado—, que yo no he servido veinticuatro años al rey sin sacar más provecho que una libra de pan y seis maravedís, para ponerme ahora a servir a otro amo que puede que ni eso me dé.

El espectro cogió la azada, cavó y saco tres tinajas, y le dijo a Juan Soldado:

—Esta tinaja está llena de cuartos, que repartirás a los pobres; esta otra está llena de plata; que emplearás en sufragios por mi alma; y esta última está llena de oro, que será para ti si me prometes emplear el contenido de las otras según lo he dispuesto.

—Pierda su merced cuidado —respondió Juan Soldado—; veinticuatro años he estado cumpliendo con puntualidad lo mandado, sin sacar más premio que una libra de pan y seis maravedís; con que ya ve su merced si lo haré ahora en que tan buena recompensa me apromete.

Juan Soldado cumplió con todo lo que le encomendó el espectro, y se quedó hecho un usía muy considerable, con tanto oro como había en su tinaja.

Pero a quien le supo todo lo acaecido a cuerno quemado fue a Lucifer, que se quedó sin el alma del condonado por lo mucho que por ella rezaron la Iglesia y los pobres, y no sabía cómo vengarse de Juan Soldado.

Había en el Infierno un Satanasillo más lindo y más astuto que ninguno, que lo dijo a Lucifer que él se determinaba a traerlo a Juan Soldado.

Tuvo de este tanta alegría el diablo mayor, que lo aprometió al chico, si lo cumplía lo ofrecido, regalarle una jarapada de moños y de dijes para tentar y pervertir a las hijas de Eva, y una multitud de barajas y de pellejos de vino para seducir y perder a los hijos de Adán.

Estaba Juan Soldado sentado en su corral, cuando vio llegar muy diligente al Satanasillo, que le dijo:

—Buenos días, señor don Juan.

—Me alegro de verte, monicaquillo; ¡que feo eres! ¿Quieres tabaquear?

—No fumo, don Juan, sino pajuelas.

—¿Quieres echar un trago?

—No bebo sino agua fuerte.

—Pues entonces, ¿a qué vienes, alma de Caín?

—A llevarme a su merced.

—Sea en buena hora. No tengo dificultad en ir contigo. No he servido yo veinticuatro años al rey para tocar retirada ante un enemiguillo de mala muerte como tú. Juan Soldado ni teme ni debe; ¿estás? Mira, súbete en esa higuera que tiene brevas tamañas como hogazas de pan, mientras yo voy por las alforjas, porque se me antoja que la vereda que vamos a andar es larga.

Satanasillo, que era goloso, se subió en la higuera y se puso a engullir brevas, entre tanto que Juan Soldado fue por su morral, que se colgó, y volvió al corral, gritando al Satanasillo:

—¡Al morral!

El diablo chico, pegando cada hipío que asombraba, y haciendo cada contorsión que metía miedo, no tuvo más remedio que colar en el morral.

Juan Soldado cogió un dique de herrero y empezó a sacudir trancazos sobre el Satanasillo, hasta que le dejó los huesos hechos harina.

Dejo a la consideración del noble auditorio el coraje que tendría Lucifer, cuando vio llegar a su presencia a su Benjamín, a su ojito derecho, todo derrengado y sin un hueso que bien lo quisiese en su cuerpo.

—¡Por los cuernos de la Luna! —gritó—. Aseguro que ese descarado hampón de Juan Soldado me las ha de pagar todas juntas; allá voy yo por él en propia persona.

Juan Soldado, que se aguardaba esta visita, estaba prevenido y tenía colgado su morral. Así fue que apenas se presento Lucifer; echando fuego por los ojos y cohetes por la boca, plantósele Juan Soldado delante con muchísima serenidad, y le dijo:

—Compadre Lucifer, Juan Soldado no teme ni debe, para que lo sepas.

—Lo que has de saber tú, fanfarrón tragaldabas, es que te voy a meter en el Infierno en un decir Satán —dijo bufando Lucifer.

—¿Tú a mí? ¿Tú a Juan Soldado? ¡Fácil era! Lo que tú no sabes, compadre soberbia, es que quien te va a meter el resuello para dentro soy yo.

—¡Tú, vil gusano terrestre!

—Yo a ti, gran fantasmón, en un morral te voy a meter a ti, a tu rabo y a tus cuernos.

—Basta de jactancias –dijo Lucifer alargando su gran brazo y sacando sus tremendas uñas.

—¡Al morral! —exclamo con voz de mando Juan Soldado.

Y por más que Lucifer se repercutó; por más que se repeló, se defendió y se hizo un ovillo; por más que bramó, bufó y aulló, al morral fue de cabeza sin que hubiese tu tía.

Juan Soldado trajo un mazo, y empezó a descargar sobre el morral cada taramazo, que hacía hoyo, hasta que dejó a Lucifer más aplastado que un pliego de papel.

Cuando se le cansaron los brazos dejó ir al preso, y le dijo:

—Mira que ahora me contento con esto; pero si te atreves a volver a ponérteme delante, gran sinvergonzón tan cierto como he servido al rey veinticuatro años sin haber sacado más que una libra de pan y seis maravedís; que te arranco la cola, los cuernos y las uñas, y veremos entonces a quien metes miedo. Estas prevenido.

Cuando su corte infernal vio llegar al diablo mayor, lisiado, tullido, más transparente que tela de tamiz y con el rabo entre piernas, como perro despedido a palos, se pusieron todos aquellos ferósticos a echar sapos y culebras.

—Después de esto ¿qué hacemos, señor? —preguntaron a una voz.

—Mandar venir cerrajeros para que hagan cerrojos para las puertas, albañiles para que tapen bien todas las rajas y boquetes del Infierno, a fin de que no entre, no cuele ni aporte por aquí el gran insolentón de Juan Soldado —les respondió Lucifer.

Lo que al punto se hizo.

Cuando Juan Soldado conoció que se le acercaba la hora de la muerte, cogió su morral y se encaminó para el cielo.

A la puerta se halló con San Pedro, que le dijo:

—¡Hola!, bien venido; ¡dónde se va, amigo?

—Toma —respondió muy fantasioso Juan Soldado—, a entrar.

—¡Eh, párese usted, compadre, que no entra cada quisque en el cielo como Pedro por su casa! Veamos qué méritos trae usted.

—Pues no es nada —respondió Juan Soldado muy sobre sí—; he servido veinticuatro años al rey, sin sacar más recompensa que una libra de pan y seis maravedís. ¿Le parece a su merced poco?

—No basta, amigo —dijo San Pedro.

—¿Qué no basta? —repuso Juan Soldado dando un paso adelante—. Veremos.

San Pedro lo atajó el paso.

—¡Al morral! —mandó Juan Soldado.

—Juan, hombre, cristiano, ten respeto, ten consideración.

—¡Al morral! Que Juan Soldado ni teme ni debe.

Y San Pedro, que quiso que no, se tuvo que colocar en el morral.

—Suéltame, Juan Soldado —le dijo—; considera que las puertas del cielo están abiertas y sin custodia, y que puede colarse allí cualquiera alma de cántaro.

—Eso era cabalmente lo que yo quería —dijo Juan Soldado entrándose adentro muy pechisacado y cuellierguido—; pues diga usted, señor don Pedro, ¿le parece a su merced rigular que después de veinticuatro años de servir al rey allá abajo, sin haber sacado más que una libra de pan y seis maravedís, no halle yo por acá arriba mi cuartel de inválidos?

Cuentos y poesías populares andaluzas, 1859.

domingo, 1 de noviembre de 2009

¿Monstruo marino?

En esta semana se dió a conocer un hallazgo de unos pescadores australianos. Cerca de la isla North Stradbroke, al este de Brisbane (capital del estado de Queensland, Australia), fue encontrado atrapado en una red el cuerpo de un ejemplar de tiburón blanco de poco más de tres metros de largo que presentaba dos grandes dentelladas que casi lo parte por la mitad. El responsable puede ser otro congénere suyo de mayor tamaño (yo creo que pudo haber sido una o dos orcas, pues los mordiscos no son tan redondeados como los de los tiburones, aunque pueda estar equivocado) tiene en estado de alerta a las poblaciones de la zona. Zona turística y veraniega. Las autoridades advierten a los bañistas de permanecer fuera del agua mientras que el animal permanezca al acecho.


Se estima y especula sobre el tamaño del gran depredador entre los seis o siete metros de longitud, pero lo único que sabemos es que los mayores tiburones blancos (Carcharodon carcharias) suelen medir entre los cinco y cinco metros y medio y no más. Pero, en 1945 frente las aguas cubanas fue capturado un ejemplar hembra que medía, según los testimonios, los 6,40 metros de longitud y unas tres toneladas de peso. Y así es como lo reconocen muchos estudiosos. Al tiburón en cuestión se le conoce con el nombre de «el Monstruo de Cojimar», pero si os fijáis en la fotografía que le hizo un fotógrafo de Le Monde tras el momento de su pesca en el pueblecito de Cojimar, cerca de La Habana, el «bicho» en cuestión no alcanza los cinco metros y medio.