domingo, 20 de diciembre de 2009

La evolución como hecho y como teoría

Stephen Jay Gould

Kirtley Mather, quien murió el año pasado [1] a los noventa años, era un pilar tanto de la ciencia como de la religión cristiana en Norteamérica y uno de mis amigos más queridos. La diferencia, de casi medio siglo, entre nuestras edades se evaporaba frente a nuestros intereses comunes. La cosa más curiosa que compartíamos era una batalla que libramos cada uno de nosotros a la misma edad. Pues Kirtley había ido a Tennessee con Clarence Darrow para testificar a favor de la evolución en el caso Scopes de 1925. Cuando pienso que estamos de nuevo enzarzados en la misma lucha por uno de los conceptos mejor documentados, más convincentes y excitantes de toda la ciencia, no sé si reír o llorar.

De acuerdo con los principios idealizados del discurso científico, el despertar de cuestiones aletargadas debería representar la aparición de datos frescos, capaces de dar una vida renovada a ideas abandonadas. Aquellos que encuentran fuera del debate actual pueden, por lo tanto, ser perdonados por pensar que los creacionistas han aparecido con algo nuevo, o que los evolucionistas se enfrentan a algún grave problema interno. Pero nada ha cambiado; los creacionistas no han presentado ni un solo dato o argumento más. Darrow y Bryan, al menos, resultaban más entretenidos que nosotros, pobres antagonistas de hoy. El ascenso del creacionismo no es más que pura y simplemente, política; representa un tema (y ni mucho menos la principal preocupación) de la resurgente derecha evangélica. Las argumentaciones que hace tan sólo una década parecían tonterías, han vuelto a incorporarse a la corriente principal.

El ataque básico de los creacionistas modernos se cae a pedazos por dos motivos generales, antes siquiera de que lleguemos a supuestos detalles factuales de su ataque a la evolución. En primer lugar, atacan a través de una malinterpretación vernácula de la palabra «teoría» para transmitir la falsa impresión de que nosotros, los evolucionistas, estamos encubriendo el podrido núcleo de nuestro edificio. En segundo lugar, hacen mal uso de una filosofía popular de la ciencia para argumentar que se comportan científicamente al enfrentarse a la evolución. Y, no obstante, esa misma filosofía demuestra que su propia creencia no es ciencia, y que «creacionismo científico» es una frase carente de significado y contradictoria en sí misma, un ejemplo de lo que Orwell llamó «neolengua».

En vernáculo norteamericano, «teoría» suele significar «dato imperfecto» [2]: parte de una jerarquía de confianza que va, en sentido descendente, de los hechos a la teoría, de ahí a las hipótesis, y de éstas a la suposición. Así, los creacionistas pueden argumentar (y lo hacen): la evolución es «sólo» una teoría, y el debate intenso ahora se ensaña contra muchos aspectos de la teoría. Si la evolución es algo menos que un hecho y los científicos ni siquiera son capaces de ponerse acuerdo acerca de la teoría, entonces ¿cómo vamos a tener confianza en ella? De hecho, el presidente Reagan se hizo eco de esta argumentación ante un grupo de evangélicos de Dallas cuando dijo (en lo que espero que sólo fuera retórica de campaña): «Bueno, es una teoría. Es sólo una teoría científica, y en los últimos años ha sido puesta en tela de juicio en el mundo de la ciencia; esto es, la comunidad científica no piensa que sea tan infalible como lo fue en tiempos pasados».

Bueno, la evolución es una teoría. Es también un hecho. Y los hechos y las teorías son cosas diferentes, no escalones de una jerarquía de certidumbre creciente. Los hechos son los datos del mundo. Las teorías son estructuras de ideas que explican e interpretan los hechos. Los hechos no se marchan mientras los científicos debaten teorías rivales para explicarlos. La teoría de la gravitación de Einstein reemplazó la de Newton, pero las manzanas no quedaron colgadas en medio del aire pendientes de este resultado. Y los seres humanos evolucionaron, a partir de antepasados simiescos, ya fuera por medio del mecanismo propuesto por Darwin o por algún otro, aún por descubrir.

Más aún, «hecho» no significa «certidumbre absoluta». Las pruebas finales de la lógica de las matemáticas fluyen deductivamente a partir de premisas planteadas, y alcanzan certidumbre, tan sólo porque no tratan el mundo empírico. Los evolucionistas no afirman estar en posesión de la verdad perpetua, aunque los creacionistas lo hacen a menudo (y después nos atacan por un tipo de argumentaciones que ellos mismos practican). En ciencia, «hecho» sólo puede significar «confirmado hasta tal punto que sería perverso no ofrecer nuestro asentimiento provisional». Supongo que es posible que las manzanas empiecen a flotar hacia arriba mañana, pero semejante posibilidad no merece que se le dedique igualdad de tiempos en las clases de física.

Los evolucionistas han tenido clara esta distinción, entre hechos y teoría, desde el principio, aunque sólo sea porque siempre hemos reconocido cuán lejos estamos de comprender completamente los mecanismos (teoría) por medio de los cuales la evolución (hecho) se ha producido. Darwin destacaba continuamente la diferencia entre sus dos grandes y separados logros: el establecimiento de la evolución como un hecho, y la proposición de una teoría (la selección natural) para explicar el mecanismo de la evolución. Él escribió en El origen del hombre: «Tenía dos objetivos distintos en mente: en primer lugar, mostrar que las especies no habían sido creadas por separado, y en segundo lugar, que la selección natural había sido el principal agente del cambio… Por consiguiente, si he errado en… haber exagerado su poder [el de la selección natural]…, espero al menos que habré hecho un buen servicio al ayudar a desbancar el dogma de las creaciones separadas».

Así, Darwin reconocía la naturaleza provisional de la selección natural, mientras afirmaba el hecho de la evolución. El fructífero debate teórico que Darwin inició no ha cesado en ningún momento. Desde la década de 1940 a la de 1960, la teoría de Darwin de la selección natural logró de hecho una hegemonía de la que jamás disfrutó en vida suya. Pero nuestra década viene caracterizada por la renovación de los debates y, mientras que ningún biólogo pone en cuestión la importancia de la selección natural, muchos dudan hoy de su ubicuidad. En particular, hay muchos evolucionistas que argumentan que existen cantidades sustanciales de cambio genético que pueden no estar sometidas a la selección natural y que pueden extenderse al azar a través de las poblaciones. Otros están poniendo en tela de juicio la ligazón que Darwin estableció entre la selección natural y el cambio gradual e imperceptible de todos los grados intermedios: argumentan que la mayor parte de los sucesos evolutivos pueden ocurrir mucho más rápidamente de lo que suponía Darwin.

Los científicos consideran los debates acerca de cuestiones fundamentales de la teoría como un signo de salud intelectual y como una fuente de emociones. La ciencia es (¿y de qué otro modo podría decirlo?) más divertida cuando juega con ideas interesantes, examina sus implicaciones y reconoce que la información antigua podría ser explicada de formas sorprendentemente nuevas. La teoría evolutiva disfruta ahora de este infrecuente vigor. No obstante, entre todo este bullicio, ni un solo biólogo se ha visto llevado a dudar del hecho que la evolución se ha producido; estamos debatiendo cómo ocurrió. Todos estamos intentando explicar la misma cosa: el árbol evolutivo que enlaza a todos los organismos por medio de la genealogía. Los creacionistas pervierten y caricaturizan este debate, olvidando convenientemente la convicción común que le subyace, y sugiriendo falsamente que dudamos del fenómeno mismo que intentamos comprender.

En segundo lugar, los creacionistas afirman que «el dogma de las creaciones separadas», como lo caracterizó Darwin hace un siglo, es una teoría científica merecedora de igual tiempo que la evolución en los planes de estudio de biología de los institutos. Pero un punto de vista popular entre los filósofos de la ciencia pone en su lugar este argumento creacionista. El filósofo Karl Popper lleva manteniendo desde hace décadas que el principal criterio de la ciencia es la refutabilidad [3] de sus teorías. Nunca podemos demostrar absolutamente, pero podemos refutar. Una serie de ideas que no pueden, por principio, ser refutadas, no son ciencia.

Todo el programa creacionista incluye poco más que un intento retórico de refutar la evolución, presentando supuestas contradicciones entres sus defensores. Su modelo de creacionismo, según ellos, es «científico» pues sigue el modelo popperiano, al intentar demoler la evolución. Y no obstante, el argumento de Popper debe aplicarse en las dos direcciones. Uno no se convierte en un científico simplemente tratando de refutar un sistema rival y verdaderamente científico; uno tiene que presentar un sistema alternativo que también satisfaga el criterio de Popper: también él debe ser refutable en principio.

«Creacionismo científico» es una frase que se contradice a sí misma; sin sentido, precisamente porque no puede ser refutada. Puedo imaginarme observaciones y experimentos que refutarían cualquier teoría evolutiva que conozca, pero no puedo imaginar que datos potenciales podrían llevar a los creacionistas a abandonar sus convicciones. Los sistemas imbatibles son dogma, no ciencia. En caso de que pueda parecer brutal o retórico, cito al principal intelectual del creacionismo, el doctor Duane Gish, en su reciente libro (1978), Evolution? The Fossils Say No! (¿Evolución? Los fósiles dicen: ¡No!): «Por creación entendemos el dar existencia, por parte de un creador sobrenatural, a los tipos básicos de plantas y animales por el proceso de creación repentina, o que haya él creado. No sabemos como creó el Creador, qué procesos utilizó, ya que Él hizo usó de procesos que no operan hoy en ningún lugar del universo natural [las cursivas son de Gish]. Es por esto por lo que nos referimos a la Creación denominándola como una “creación especial”. No podemos descubrir a través de investigaciones científicas nada acerca de los procesos creativos usados por el Creador». Le pedimos fervientemente, doctor. Gish, a la luz de su última frase, ¿qué es entonces el creacionismo «científico»?

Nuestra confianza en que la evolución tuvo lugar se centra en tres argumentos generales. Primero, tenemos evidencias directas abundantes, procedentes de la observación, de la evolución en acción, tanto en el campo como en el laboratorio. Esta evidencia va desde incontables experimentos acerca del cambio, en casi cualquier cosa, en las moscas del vinagre sometidas a selección artificial en el laboratorio, hasta las poblaciones famosas de polillas británicas que se volvieron negras cuando el hollín industrial oscureció los árboles sobre los que descansaban. (Las polillas obtienen protección frente a las aves depredadoras de vista aguda, mimetizándose con el fondo). Los creacionistas no niegan estas observaciones: ¿cómo iban a hacerlo? Los creacionistas han reajustado su actuación. Argumentan que Dios sólo creó «tipos básicos», dejando un margen para un limitado vagabundeo evolutivo en su seno. Así, los caniches y los gran-daneses proceden del tipo perro y las polillas pueden cambian de color, pero la naturaleza no puede convertir un perro en un gato, ni un mono en un hombre.

El segundo y tercer argumentos a favor de la evolución (la tesis a favor de los grandes cambios) no implican una observación directa de la evolución en acción. Descansan sobre la inferencia, pero no por ello son menos seguros. Los cambios evolutivos mayores requieren demasiado tiempo para su observación directa, ya sea a la escala de la historia registrada o no. Todas las ciencias históricas reposan sobre la inferencia, y la evolución no difiere de la geología, la cosmología o la historia humana en este aspecto. Por principio, no podemos observar procesos que operaron en el pasado. Debemos inferirlos a partir de los resultados que aún nos rodean: organismos vivientes y fósiles, en el caso de la evolución; documentos y artefactos, en el de la historia humana; estratos y topografía, para la geología.

La segunda argumentación (que la imperfección de la naturaleza revela evolución) le parece irónica a la mayor parte de la gente, ya que piensan que la evolución debería ser más elegantemente exhibida en la casi perfecta adaptación expresada por algunos organismos: la curvatura del ala de gaviota, o las mariposas que no pueden verse sobre un fondo de hojas caídas por lo bien que las imitan. Pero la perfección podría impuesta indistintamente por un sabio creador o ser desarrollada por selección natural. La perfección borra las huellas de la historia pasada. Y la historia pasada (la evidencia del origen) es la marca de la evolución.

La evolución queda expuesta en las imperfecciones que registran una historia de descendencias. ¿Por qué debería correr una rata, un murciélago volar, un delfín nadar, y yo escribir este ensayo con estructuras conseguidas con los mismos huesos, sino porque todos las heredamos de un ancestro común? Un ingeniero que partiera de cero podría diseñar unas extremidades mejores para todos y cada uno de los casos. ¿Por qué habrían de ser marsupiales todos los grandes mamíferos nativos de Australia, si no descendieran de un antecesor común aislado en esta isla continente? Los marsupiales no son «mejores» ni están idealmente acondicionados a Australia; muchos han sido barridos por mamíferos placentarios, importados por el hombre desde otros continentes. Este principio de imperfección se extiende a todas las ciencias históricas. Cuando nosotros reconocemos la etimología de septiembre, octubre, noviembre y diciembre (séptimo, octavo, noveno y décimo), sabemos que el año, en otro tiempo, empezaba en marzo, o que debieron añadirse dos meses al calendario original de diez.

El tercer argumento es más directo: las transiciones son frecuentemente encontradas en el registro fósil. Las transiciones preservadas no son comunes (y no deberían serlo, con arreglo a como entendemos la evolución, pero no faltan totalmente, como los creacionistas frecuentemente afirman. El maxilar inferior de los reptiles contiene varios huesos. La de los mamíferos, uno solo. Los huesos mandibulares no-mamiferianos van siendo reducidos gradualmente en los antepasados de los mamíferos, hasta convertirse en diminutos huesecillos situados en la parte trasera de la mandíbula. El «martillo» y el «yunque» del oído de los mamíferos son descendientes de estos huesecillos. ¿Cómo pudo llevarse a cabo tal transición?, preguntan los creacionistas. Sin duda, un hueso o pertenece por completo a la mandíbula, o pertenece al oído. Sin embargo, los paleontólogos han descubierto dos linajes transitorios de terápsidos (los llamados reptiles mamiferianos) con una doble articulación mandibular: una compuesta de los antiguos huesos cuadrado y articular (que pronto se habrían de convertir en el martillo y el yunque), y la otra formada por los huesos escamoso y dentario (como en los mamíferos modernos). Por otra parte, ¿qué mejor forma de transición podríamos esperar hallar que la del ser humano más antiguo, Australopithecus afarensis, con su paladar simiesco, su postura erguida humana y una capacidad craneal superior a la de cualquier simio del mismo tamaño corporal, pero nada menos que 1.000 centímetros cúbicos inferior a la nuestra? Si Dios hizo cada una de la media docena de especies humanas descubiertas en las rocas antiguas, ¿por qué las creo en una secuencia temporal continua de rasgos progresivamente más modernos: capacidad craneal creciente, cara y dientes más reducidos, mayor tamaño corporal? ¿Acaso creó imitando la evolución y probar así nuestra fe?

Enfrentados con estos datos de la evolución, y con la ruina filosófica de su propio credo, los creacionistas se apoyan en la distorsión y las insinuaciones para respaldar sus retóricas afirmaciones. Si les parezco agrio y cortante, ciertamente lo soy; ya que me he vuelto uno de los blancos predilectos de estas prácticas.

Me cuento entre los evolucionistas que defiende un ritmo de cambio a saltos, o episódico, más que uno suavemente gradual. En 1972, mi colega Niles Eldredge y yo desarrollamos la teoría del equilibrio puntuado. Planteábamos que dos datos destacados del registro fósil, el origen geológicamente «repentino» de nuevas especies y su ausencia de cambio posterior (estasis), reflejan las predicciones de la teoría evolutiva, no las imperfecciones del registro fósil. En la mayor parte de las teorías, la fuente de nuevas especies son pequeñas poblaciones aisladas, y el proceso de especiación precisa de miles o decenas de miles de años. Todo este tiempo, tan largo si lo comparamos contra nuestras vidas, es un microsegundo geológico. Representa mucho menos que el 1 por 100 de la vida media de una especie fósil de invertebrado: más de diez millones de años. Por otra parte, no es de esperar que las especies grandes, muy extendidas y bien establecidas especies, cambien mucho. En nuestra opinión, la inercia de las poblaciones grandes explica la estasis de la mayor parte de las especies fósiles a lo largo de millones de años.

Propusimos la teoría del equilibrio puntuado en gran medida por ofrecer una explicación diferente a las tendencias que impregnan todo el registro fósil. Las tendencias, argumentábamos, no pueden atribuirse a la transformación gradual en el seno de los linajes, sino que deben surgir del éxito diferencial de ciertos tipos de especies. Una tendencia, argumentábamos, se parece más a subir un tramo de escaleras (puntuaciones y estasis) que a subir rodando por un plano inclinado.

Desde que propusimos el equilibrio puntuado para explicar las tendencias, resulta enfurecedor ser citado una y otra vez por los creacionistas (no sabría si a propio intento o por estupidez) como si admitiéramos que el registro fósil no incluye formas de transición. Las formas de transición no existen normalmente a nivel de las especies, pero son abundantes entre los grupos mayores. Y, no obstante, un panfleto titulado «Científicos de Harvard reconocen que la evolución es un engaño» afirma: «Los hechos del equilibrio puntuado que Gould y Eldredge… están obligando a los darwinistas a comulgar con el cuadro pintado por Bryan, y que Dios nos ha revelado en la Biblia».

Continuando con la distorsión, varios creacionistas han equiparado la teoría del equilibrio puntuado con una caricatura de las creencias de Richard Goldschmidt, uno de los primeros grandes genetistas. Goldschmidt argumentó, en un libro famoso publicado en 1940, que pueden surgir nuevos grupos de golpe por medio de grandes mutaciones. Hacía referencia a estos organismos, súbitamente transformados, llamándolos «monstruos prometedores». (Me siento atraído a algunos aspectos de la versión no caricaturizada, pero la teoría de Goldschmidt todavía no tiene nada que ver con el equilibrio puntuado). El creacionista Luther Sunderland habla de la «teoría del equilibrio puntuado y los monstruos prometedores», y dice a sus esperanzados lectores que «equivale a una admisión tácita de que los antievolucionistas están en lo cierto, al afirmar que no existe evidencia fósil alguna que apoye la teoría de que toda la vida está relacionada a un antepasado común». Duane Gish escribe: «Según Goldschmidt, y ahora, al parecer, también según Gould, un reptil puso un huevo del cual salió la primera ave, con plumas y todo». Cualquier evolucionista capaz de creer semejante imbecilidad, sería expulsado a carcajadas, con toda razón, del mundo intelectual: no obstante, la única teoría que jamás podría visualizar semejante escenario para el origen de las aves es el creacionismo, con Dios actuando sobre el huevo.

Los creacionistas me irritan y me divierten a la vez; pero fundamentalmente, me producen una profunda tristeza. Por muchas razones. Tristeza porque una gran cantidad de las personas que responden a la llamada creacionista están preocupadas por los motivos correctos, pero están desahogando su ira en el blanco equivocado. Es cierto que los científicos a menudo han sido dogmáticos y elitistas. Es cierto que con frecuencia hemos permitido que nos representara la imagen del hombre con la bata blanca que dice en los anuncios «los científicos dicen que la Marca X cura los sabañones diez veces más deprisa que…». No la hemos combatido adecuadamente, porque al parecer como un nuevo sacerdocio nos otorgaba beneficios. También es verdad que el poder, sin rostro y burocrático del Estado cada vez más se entromete en nuestras vidas y elimina opciones que deberían ser patrimonio de los individuos y las comunidades. Puedo comprender que los programas de estudio de las escuela, impuestos desde arriba y carentes de aportaciones locales, puedan ser consideradas como un insulto más, por este motivo. Pero el culpable no es, ni puede ser, la evolución ni cualquier otro hecho del mundo natural. Hay que identificar y combatir a los verdaderos enemigos, por supuesto, pero nosotros no estamos entre ellos.

Me siento triste porque el resultado práctico de toda esta escandalera no será una expansión para incluir el creacionismo (también eso me entristecería), sino la reducción o la eliminación de la evolución de los planes de estudio de las escuelas superiores. La evolución es una de la media docena de «grandes ideas» desarrolladas por la ciencia. Habla de las profundas cuestiones de la genealogía que nos fascinan a todos: el fenómeno de las «Raíces» escrito con mayúsculas. ¿De dónde venimos? ¿Dónde surgió la vida? ¿Cómo se desarrolló? ¿De qué modo se hallan emparentados los organismos? Nos obliga a pensar, meditar y maravillarnos. ¿Debemos privar a millones de este conocimiento y volver a enseñar biología como una serie de datos aburridos e inconexos, sin el hilo que teje los diversos materiales en una unidad flexible?

Pero, más que ninguna otra cosa, me entristece una tendencia que empiezo a discernir entre mis colegas. Siento que muchos quieren ahora hacer enmudecer el sano debate, en torno a la teoría, que ha traído nueva vida a la biología evolutiva. Según ellos es llevar el agua al molino creacionista, aunque sólo sea a través de la distorsión. Tal vez debiéramos agazaparnos y reunirnos en torno a la bandera del darwinismo estricto, al menos de momento; una especie de religión a la antigua que está de nuestra parte.

Deberíamos tomar prestada otra metáfora y reconocer que también nosotros tenemos que recorrer un sendero recto y estrecho, rodeado de caminos de perdición. Porque si alguna vez comenzamos a suprimir nuestros intentos de comprender la naturaleza, a ahogar nuestra propia excitación intelectual en un malhadado esfuerzo por presentar un frente unido donde no sólo no existe, sino que no debe existir, entonces estaremos definitivamente perdidos.



Notas:

[1] Publicado en Discover Magazine, mayo de 1981.

[2] El uso que comúnmente se le da a esta palabra no es muy diferente en castellano. La mayoría de la gente le atribuye el significado de algo «aun no comprobado».

[3] O falsabilidad, concepto acuñado por el filósofo Karl R. Popper, que designa la posibilidad que tiene una teoría de ser desmentida, «falseada» o refutada por un hecho determinado o por algún enunciado que pueda deducirse de esa teoría y no pueda ser verificable empleando dicha teoría. Según Popper, uno de los rasgos de toda verdadera teoría científica estriba en su falsabilidad; si una teoría logra no ser falseada, puede mantener sus pretensiones de validez.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Una estrategia equivocada

La vida surgió en una Tierra caliente, envuelta en una atmósfera opaca, electrizada, radiactiva y compuesta de gases tóxicos. Ha superado extinciones masivas como la del Pérmico o la del Cretácico y es, por tanto, capaz de sobreponerse a la mayor catástrofe que podamos causar o aun imaginar. Al diezmar la actual biodiversidad, las actividades humanas están provocando una crisis biológica de la que nuestra propia especie puede llegar a ser también víctima, pero los naipes de la vida volverán a ser barajados y los huecos dejados por las especies que el hombre extinguió se ocuparán. Se precisan unos diez millones de años tras una extinción masiva para que la biodiversidad preexistente se recupere, un periodo con poco sentido para nuestra escala temporal humana pero más bien breve en la geológica.

No podemos imaginar qué criaturas hollarán y sobrevolarán las ruinas de nuestras hoy soberbias ciudades tras esos diez millones de años que la biodiversidad tarda en regenerarse. Lo que sí es seguro es que habrá una rica fauna en el «Neozoico».

Tampoco podemos definir la vida, pero sí sabemos que es tan imparable como diversa y que nuestra especie no es sino uno de sus muchos experimentos. Nadie nos ha asegurado que la inteligencia sea un mecanismo evolutivo biológicamente viable a largo plazo, aunque hasta ahora nos haya dado un éxito biológico sin precedentes en la historia de la vida en la Tierra. Ese éxito se ha conseguido porque hemos adaptado el medio a nuestras necesidades, en vez de, como hacen los demás seres vivos, adaptarnos nosotros a él. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que la inteligencia no puede hacer milagros y que una especie o población que crece tanto que agota el medio que la sustenta, desaparece. El crecimiento perpetuo es la teoría de las células tumorales, las que, al acabar causando la muerte del organismo hospedador, provocan también la suya propia. Según dijo hace medio siglo el paleontólogo George G. Simpson, la evolución no tiene propósito alguno; es, en efecto, un mecanismo oportunista y azaroso, puesto que las mutaciones que conforman las especies se producen al azar y es su oportunismo en un momento dado lo que decide si pueden seguir en el carrusel de la vida o deben apearse de él.

Arturo Valledor de Lozoya
Quercus 228 (febrero 2005).

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Manifiesto en defensa de los derechos fundamentales en Internet

Ante la inclusión en el Anteproyecto de Ley de Economía sostenible de modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet, los periodistas, blogueros, usuarios, profesionales y creadores de Internet manifestamos nuestra firme oposición al proyecto, y declaramos que:
1. Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.

2. La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial —un organismo dependiente del ministerio de Cultura—, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.

3. La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.

4. La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.

5. Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.

6. Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.

7. Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.

8. Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.

9. Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.

10. En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

martes, 24 de noviembre de 2009

El silencio que exigen las campanas


La Iglesia nunca ha tolerado la libertad en general, pero sobre todo para concretar más, nunca ha tolerado la libertad de expresión. La destrucción de libros, la quema de herejes, la condena de la libertad de prensa, han sido hitos en su historia que ni siquiera ellos mismos se atreven hoy a negar. Pero otra cosa es hablar de ello.

El hecho de anunciar una conferencia sobre los crímenes cometidos por esta institución a lo largo de la Historia ha sido suficiente para que el Arzobispado de Toledo haya denunciado ante el juzgado al compañero que figuraba como conferenciante y posiblemente a la CNT y a la FAI de la localidad. La mordaza esta vez viene en forma de querella por la que piden 30.000 euros de fianza por un «delito para la discriminación en conjunción ideal con un delito de escarnio de los sentimientos religiosos». Lo de la discriminación no acabamos de entenderlo, pero el resto se entiende perfectamente. Sí, has leído bien, pretenden hacer uso del Código Penal para castigar la parodia, el sarcasmo, la burla o simplemente la divulgación de las tropelias de este poder fáctico, responsable del mundo injusto en que vivimos.

Hace algo más de un año la CNT y la FAI de Toledo prepararon una conferencia que llevaba por título: «Fundamentos, actitudes y comportamientos de una organización criminal: la Iglesia católica». Habiendo hablado de este tema otras veces sin problema, incluso en la misma ciudad, se esperaba una exposición histórica y un análisis de la realidad actual con un coloquio posterior. Desde luego no se convocaba dentro de ninguna Iglesia ni se obligaba a asistir amordazado a ningún cristiano para ver si abría los ojos a modo de exorcismo. Pero en esta ocasión intervinieron los perros bien adiestrados.

El día anterior a la conferencia, el principal diario de la localidad, EL DÍA, publica a página entera y con una llamada en la portada, la atrocidad que se cierne (literal) sobre Toledo: se va a hablar. ¿Pero cuestiona el artículo el contenido de la conferencia? No, no, ¿para qué? La preocupación de este vocero de los notables toledanos es quién podía usar legítimamente el patrimonio sindical acumulado (edificio donde se realizó), quién había dado permiso, cómo se podía evitar, y qué pensaban los sindicatos y partidos que ya conocemos. Pues bien, el presidente provincial de la UGT, Rubén Martín, decía: «nosotros no hemos dado autorización, de hecho me sorprende esta noticia porque no sé cómo habrán conseguido las llaves». El de CC OO, Jesús García Villaraco decía no conocer la noticia: «pero no entiendo cómo pueden anunciar una conferencia o una actividad sin que nosotros lo conozcamos». Luego dejan caer que CC OO ha planteado la posibilidad de cambiar la cerradura, y que la Subdelegación del Gobierno y la Delegación desconocían el tema y no lo habían autorizado. ¡Qué error! Se debió pedir permiso al Gobierno para poder hablar. No hubo anteriormente ningún problema con las decenas de actos de todo tipo y materia. Ni llaves ni autorizaciones, pero ¡ay, amigo! ¡Se trataba de la Iglesia!

El día señalado volvieron a la carga. En portada ya aparecía que «PSOE y PP dicen que la charla de CNT podría ser un delito», y que IU «critica las formas en que se ha organizado». Y a página entera en el interior, además de decir que «el propio título de la conferencia puede ser constitutivo de delito», el portavoz del PSOE afirmaba que «el contenido y el título de la conferencia no corresponde al sentir de casi nadie en la ciudad de Toledo». A su grupa, el presidente de los Populares toledanos mostraba su «negativa a este tipo de actos bochornosos, lamentables, inadmisibles y hasta casi delictivos» y que «en una ciudad como Toledo que tiene la categoría de primada de España no se pueden producir este tipo de actos». Esta bella persona, después de hacer «un llamamiento a las autoridades para que no consientan que se haga», hizo un pronóstico (siempre según el diario): «supongo que si al final la hacen seguirán diciendo sandeces similares a las del título».

Pero si parecía que ahí acababa la cosa, justo antes de comenzar el acto se presentan dos personas que dicen ser periodistas de EL DÍA diciendo que vienen a grabar el acto. Por supuesto, se les invitó amablemente a no estropear el material de grabación con semejantes «sandeces», pero ellos insistían porque «vamos a los sitios a grabar lo que nos da la gana». Después de que a Leo Bassi le pusieran una bomba en el camerino del Teatro Alfil en Madrid, de que desalojaran una librería vallisoletana por amenaza de bomba durante la presentación de un libro crítico con los dogmas cristianos, de Fernando de Orbaneja, y de que a Íñigo Ramírez de Haro le dieran una paliza en el Círculo de Bellas Artes durante la representación de la obra «Me cago en Dios», y sobre todo recordando que los de la otra mejilla son ellos, se les dijo que nada de grabar pero que se podían quedar a escuchar la conferencia. De hecho se quedaron, pero a los cinco minutos se marcharon porque en la escuela de periodismo no les debían haber enseñado a hacer un crónica de algo que se ha escuchado y sobre lo que se ha tomado nota. Al día siguiente, eso sí, se encargaron de escribir que «la CNT veta a EL DÍA y nos prohíbe grabar y tomar imágenes».

Si creen que las amenazas judiciales van a servir para taparnos la boca se han equivocado. En el año del asesinato de Francisco Ferrer instigado por la Iglesia seguiremos enumerando sus crímenes y el lastre que supone para cualquier aspiración de libertad. Continuaremos informando.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Rocío

La memoria mutilada

CNT, 312. Mayo 2005.
Quizás no sean muchos los lectores que recuerden el escándalo que levantó a comienzos de los años ochenta del siglo pasado la película Rocío. Un documental realizado por Fernando Ruiz Vergara que tiene el triste honor de figurar entre las obras censuradas por orden judicial. Su proyección en los cines se vio interrumpida por la denuncia que una familia de Almonte (Huelva), municipio donde se celebra la romería que da nombre al filme, interpuso contra el director, la guionista y la persona que describía cómo y quienes ejercieron la represión golpista en 1936. El resultado fue la condena del realizador, su salida del país y la mutilación de la película en más de un minuto. Corte que si bien en un principio era sustituido por un cartelón en el que, con fondo negro se indicaba la supresión de las imágenes, a medida que pasó el tiempo fue también eliminado. De esta forma, la censura alcanzaba, como las tropas del general Franco, sus últimos objetivos: no dejar constancia siquiera de su existencia.

Ahora, con el resurgir de lo que se denomina la «recuperación de la memoria histórica», no sólo se exhuman fosas, a pesar del evidente desagrado de la administración, sea socialista o popular, o se tratan cuestiones, como la existencia del trabajo esclavo en la España franquista, tal como en la Alemania nazi. También reaparecen vestigios de esa memoria olvidada de la Transición. Es el caso de Rocío. Una película que vio rota su exitosa trayectoria de público y que es símbolo tanto de lo que en esos años se llamaba el «nuevo cine andaluz» como de los límites de la monarquía parlamentaria que ha sucedido de la dictadura. Tras el escándalo, el secuestro, el juicio y la condena el filme desapareció de la cartelera y sólo en contadas ocasiones ha sido visto en alguna emisión televisiva o en circuitos especializados. Como hace unas semanas ha ocurrido en unas Jornadas celebradas, precisamente en Huelva, por la Asociación Andaluza Memoria Histórica y Justicia. Proyección que no tuvo lugar sin que los organizadores tuvieran que soportar todo tipo de presiones de sectores integristas que veían en ella un ataque al culto y veneración de la imagen de la virgen del Rocío.

Rocío es una obra en la que se aprecian las formas y el contexto del momento en el que se rodó. Como tampoco se puede olvidar que su condena se produjo bajo la influencia del golpe militar de febrero de 1981. Junto a las explicaciones antropológicas de un joven Isidoro Moreno, hoy cátedro universitario de la disciplina, aparece la impagable intervención de quien fue alcalde de Sevilla y también cátedro universitario Antonio Hernández Díaz dando toda una lección de cómo se mutilaban las imágenes a conveniencia de las necesidades devocionales. Además es una película histórica. En el sentido de que explica de forma clara y concisa no sólo el origen del culto sino también la evolución de la romería que tanto auge ha tenido durante estas últimas décadas. Pero sobre todo es una obra que plantea una serie de interrogantes. Un par de ellos. Uno, el destino de los enormes flujos monetarios que mueve y su incidencia en la vida de los habitantes de Almonte. Otro, su utilización para afianzar el sistema clasista capitalista.

En cualquier caso es una película que todavía hoy emociona y sorprende. No deja indiferente. Ni siquiera en el lamentable estado en que se proyectó. De un lado es un ejemplo heroico de las dificultades en las que se movieron los movimientos de recuperación de la memoria de esos años. De otro, sobre todo, es una muestra de la necesidad de empezar a «recuperar» la memoria de la Transición española. Hoy todavía es posible, dentro de unas décadas pasarán a engrosar la lista de las banderas a levantar para poner en su sitio las explicaciones oficiales que otorgan un papel cardinal a las actitudes visionarias de unos dirigentes políticos en pizarras escolares francesas o a la heroicidad de un rey. No hay que olvidar que cinco lustros más tarde la proyección de Rocío se realizó con la copia censurada y la presencia vigilante de abogados.

Germinal


El próximo viernes 27 de noviembre los compañeros del Ateneo Libertario Gregorio Baticón de Valladolid proyectarán el documental Rocío de Fernando Ruiz Vergara, todavía censurado por orden judicial, tras la denuncia de destacados miembros de la Hermandad Matriz de Almonte (porque en el film sale a resaltar su pasado criminal durante la Guerra Civil). Pues aquí lo tenéis:

jueves, 19 de noviembre de 2009

La gran migración

Por Félix Rodríguez de la Fuente

Sólo una vez he podido contemplar el formidable espectáculo de la migración, porque si bien suele tener lugar a finales de mayo, su comienzo se ve precipitado o retardado por las lluvias en una época en que no son raras las tormentas. Una semana antes de la marcha, los pequeños grupos y rebaños autónomos se fueron reuniendo en una zona de la altiplanicie, integrándose en una manada inmensa, en la que se mezclaban los machos, las hembras y los terneros de seis meses. Todos y cada uno de los animales, presa de una apacible agitación, de una bien perceptible energía potencial, mugían a más y mejor, emitiendo el característico ¡ñuuu… ñuuu… ñuuu…! que ha dado nombre a la especie. Pero multiplicadas por decenas de miles de gargantas, estas llamadas guturales componían un grandioso e insólito coro, al que se sumaban los agudos y entrecortados «ladridos» de las cebras que, en compactos rebaños, evolucionaban nerviosamente entre la masa parda de los antílopes.

De pie sobre el techo del todo-terreno podía contemplar un pardo, interminable y viviente tapiz que se perdía de vista en el horizonte, envuelto en la gran música que precede la marcha y en el característico olor acre de las grandes manadas. Durante varias horas seguimos en coche a las columnas viajeras, al gran ejército que se desplazaba hacia el noroeste. Con las pesadas cabezas bajas, enfrentados al sofocante ventarrón de la meseta, aquellos animales eran el símbolo mismo de la decisión y la seguridad. Como si una fuerza irresistible las atrajera, las enjutas bestias se movían maquinalmente, a un ritmo invariable. Entonces, al murmullo infinito de sus voces se sumaba el retumbar lejano de la tierra, sacudida por miles y miles de pezuñas que arrancaban nubes de polvo sofocante en la reseca costra de la pradera. Pero la marcha del gran rebaño no era anárquica como las desordenadas estampías de los bisontes americanos que hemos visto en las películas. Interminables y disciplinadas filas de animales marchaban paralelamente, tallando profundas sendas en la llanura y respetando amplias zonas marginales por las que trotaban algunos individuos descarriados que buscaban su sitio en las columnas. Sólo un gran ejército en movimiento, un insólito e inmenso escuadrón de caballería sin jinetes, podría compararse a la disciplinada marcha de los antílopes sobre la llanura.

Como todas las agrupaciones de animales en movimiento, los ñus migradores transmiten una sensación inquietante al ánimo de quien los contempla. Quizá ningún fenómeno zoológico ha interesado tanto al hombre como éste de los desplazamientos masivos y periódicos de los seres vivos. La migración de las aves paleárticas, el paso de las geométricas formaciones de grullas y gansos salvajes, la puntual partida otoñal de las golondrinas y su alborozado regreso anunciador de la primavera han llamado la atención del hombre de todos los tiempos.

Pero volvamos a las columnas de ñus que avanzan inexorablemente hacia sus cuarteles estivales. El movimiento de esta comunidad no forma parte de los que los científicos denominan migraciones genéticas, relacionadas fundamentalmente con procesos reproductores —como las de los salmones, que vuelven a desovar al río donde nacieron— sino de lo que se llaman migraciones alimenticias. Resulta característico de todos los ungulados que viven en las regiones más o menos áridas de África que, en ciertas estaciones del año, dependientes generalmente del régimen de lluvias, abandonen los territorios donde viven, ya que los pastos se secan y es difícil encontrar en ellos el alimento suficiente para las grandes manadas de animales que los utilizan. Las migraciones de la población trashumante hasta los parajes reverdecidos por las precipitaciones asegura la supervivencia de las densas comunidades de ungulados, perfectamente capacitadas, por otra parte, para mantener la cronología de sus desplazamientos, adaptados a los ciclos climáticos.

En una constante pero a veces interrumpida progresión, los ñus del Serengeti —que, con ocasión de una tormenta, pueden detenerse unos días en la sabana de Seronera— van acercándose a sus cuarteles de estiaje en dos grandes grupos: el del norte, que marcha por las sendas abiertas por muchas generaciones de ñus hasta las lomas arbustivas y las hondonadas del norte de Benagui y de Kilimafeza, hasta ganar las mismas riberas del río Mara, atravesando parajes infestados por la mosca tsetse; el segundo grupo tuerce pronto hacia el oeste, y siguiendo las cuencas de los ríos desciende hacia la orilla del lago Victoria, en la zona llamada el corredor, donde encuentra pastos suculentos en las vaguadas que permanecen inundadas durante toda la estación húmeda. En los cinco meses y medio del periodo estival, los rebaños y pequeños grupos autónomos se reorganizan, los terneros crecen todavía junto a sus madres y en la mayor parte de las hembras adultas va madurando el fruto que verá la luz a su retorno a la meseta del Serengeti, verdadero centro vital de los gregarios antílopes barbados.

Resulta innegable el hecho de que, si bien sus migraciones son de tipo trófico, los ñus han adaptado su ciclo reproductor a la secuencia del reverdecimiento de los pastos, determinado por la lluvia. Los motivos que impulsan que impulsan a estos antílopes a realizar sus desplazamientos podrían ser, en consecuencia, los siguientes:
1. La falta de agua en la zona afectada por la sequía.
2. La escasez de pastos en la zona afectada por la sequía.
3. Los pastos se anegan y resultan inaprovechables en las regiones húmedas.
4. Evitar las zonas de hierbas altas y de arbustos durante las lluvias.
5. Los pastos que crecen en la altiplanicie después de las lluvias.
6. Porque el suelo queda encharcado y dificulta los movimientos.
7. Para que las crías nazcan en las zonas tradicionales (llanuras del Serengeti, cráter del Ngorongoro, llanuras de Loita, en Kenia, etc…)
Enciclopedia Salvat de la Fauna, 1970.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

No se andan con remilgos...

Estas fotografías del checo Václav Šilha en el río Grumeti (Tanzania) nos demuestran que los hipopótamos no se andan con remilgos para defender a los suyos.

Un cocodrilo atisba una futura presa entre un grupo de hipopótamos, éstos se agrupan como defensa, y el reptil opta por desplazarse por encima de ellos. Los hipopótamos se defienden y lo muerden... Del cocodrilo no se supo más.