lunes, 18 de noviembre de 2013

«Las 'superbacterias' podrían echar a perder un siglo de avances médicos»


(17-noviembre-2013)

La existencia de cepas de bacterias resistentes a los antibióticos representa una de las amenazas más graves a la salud, afirman expertos.

En un estudio publicado en la revista médica The Lancet, varios expertos advierten de los efectos devastadores del consumo desmesurado de antibióticos para dolencias triviales.

La investigación resalta que si no se toman medidas para contrarrestar esta amenaza, se podrían echar por la borda los avances médicos logrados en el último siglo. Las tasas de mortalidad por infección bacteriana «podrían volver a los niveles existentes a principios del siglo XX», afirma el artículo.

«Me preocupa que si en 20 años voy al hospital para una operación de reemplazo de cadera, pueda contraer una infección que lleve a mayores complicaciones y posiblemente a la muerte simplemente porque los antibióticos ya no funcionan como lo hacen ahora», señaló al diario The Independent el subdirector de servicios médicos de Inglaterra, John Watson.

Cuantos más fármacos circulan, más bacterias son capaces de resistirse a ellos. En el pasado, el desarrollo de fármacos se llevaba a cabo al mismo ritmo que la evolución de los microbios y existía una línea de producción de nuevos tipos de antibióticos constante. Sin embargo, la situación actual es distinta.

Entre las estrategias para combatir el aumento de cepas de bacterias resistentes a antibióticos, el estudio incluye reducir la cantidad de antibióticos que se prescriben, mejorar la higiene hospitalaria e incentivar a la industria farmacéutica no sólo para que cree nuevos antibióticos, sino también alternativas antibióticas.

domingo, 17 de noviembre de 2013

La abolición de la esclavitud en España

Caricatura de La Flaca (16-I-1873) sobre
la lucha en el país entre abolicionistas
y esclavistas españoles.
Dedúcese por completo de todos los artículos de la ley, de todo su sentido, que el Gobierno quiere la abolición, pero la abolición gradual, y nosotros pedimos la abolición también, pero la abolición inmediata… que es tanto como extirpar de raíz esa llaga.

… trato de evitar con esa enmienda, la ruina de la honra nacional… lo que vengo a pedir hoy es que la nación española se levante a la altura de los grandes principios sociales, en la seguridad de que sirviendo a la civilización, sirviendo al progreso, encontrará la fuerza, encontrará la riqueza, encontrará el bienestar, encontrará el influjo en la humanidad, a que por tantos títulos tiene derecho su gloriosa historia.

De súbito en Septiembre, esta Nación se levanta; expulsa su vieja dinastía; rompe el yugo de la intolerancia religiosa, y anuncia al mundo que se apercibe a entrar en la vida de la democracia, en la vida del derecho.

[…]

La Revolución de Septiembre, la Junta de Madrid, a la cual pertenecían diputados de todas las fracciones de la Cámara, ¿no dijo en un manifiesto célebre que la esclavitud era un atentado a la conciencia humana, y una mengua para la única nación que la sostenía en Europa?

[…]

Señores, ¿cuántos libres y cuántos esclavos hay en Cuba? Por nuestro censo hay 300.000 esclavos y 700.000 libres. ¿Cuántos esclavos y cuántos libres hay en Puerto Rico? Por nuestro censo, 40.000 esclavos y 350.000 libres. ¿Qué teméis? ¿Una insurrección de negros?

[…]

Pero yo quisiera que algunos de los que defienden la abolición gradual me dijeran en qué punto del mundo la abolición ha podido ser gradual. Se ha intentado muchas veces; pero han tenido que convertirla en inmediata.

[…]

Yo no disputaré sobre si el cristianismo abolió o no abolió la esclavitud. Yo diré solamente que llevamos diecinueve siglos de cristianismo, diecinueve siglos de predicar la libertad, la igualdad, la fraternidad evangélica, y todavía existen esclavos; y sólo existen, señores diputados, en los pueblos católicos, sólo existen en el Brasil y en España. Yo sé más, señores diputados, yo sé más; yo sé que apenas llevamos un siglo de revolución, y en todos los pueblos revolucionarios, en Francia, en Inglaterra, en los Estados Unidos, ya no hay esclavos. ¡Diecinueve siglos de cristianismo y aún hay esclavos en los pueblos católicos! ¡Un siglo de revolución, y no hay esclavos en los pueblos revolucionarios!



sábado, 16 de noviembre de 2013

Lobos y humanos


Por RAMÓN GRANDE DEL BRÍO

A nuestro entender, la vida del hombre primitivo en su vertiente de cazador especializado se halla impregnada de una serie de rasgos etológicos que nos remiten a pautas de comportamiento propias del lobo, el otro cazador social por excelencia.

Será preciso que nos detengamos brevemente en este punto. Los mayores y mejor pertrechados depredadores de la región holártica, el lobo y el hombre, poseen entre sí muchos puntos comunes de actuación ante una presunta presa. Por otro lado, así como el hombre suele matar más de lo que necesita para comer en un momento dado, el lobo hace exactamente lo mismo: en aquellas regiones del planeta donde impera un clima neoglacial, el lobo almacena parte de la carne procedente de las presas que mata.

El lobo, como el propio hombre, caza en grupo. Su espíritu cooperativista le permite abatir animales mucho más rápidos que él. Las manadas de lobos se rigen por esquemas de jerarquización que estratifican el grupo social, de modo análogo a lo que ocurre en el seno de las sociedades humanas. Dotados de un amplio espectro alimentario, tanto el hombre como el lobo pueden subsistir a base de una dieta omnívora, si bien en el caso del cánido debemos hablar de omnivorismo eventual. No obstante, en épocas pretéritas, ambos especímenes tampoco se diferenciaban esencialmente en este sentido. Hombre y lobo representan, en cada caso, lo más acabado y eficaz en materia de depredación referida al mundo racional e irracional, respectivamente. Si el hombre es inteligencia, el lobo es instinto. Dos especies cazadoras, sociales, oportunistas…, que posteriormente se disocian en dos líneas de actuación antagónicas. Pero esto no sucederá hasta el advenimiento del Neolítico, finalizada la gran época de la caza del Paleolítico Superior.

Si hacemos referencia e hincapié en el paralelismo inicial existente entre el cazador humano y el cazador animal, es con el propósito de insistir en la idea de que las relaciones del hombre con su entorno han venido señaladas por una impronta del ecumenismo ecológico, en el que el hombre, identificado con el ambiente, no estaba imbuido todavía del orgullo antropocéntrico. Porque, una vez que el exiguo grupo humano primitivo ha dejado paso al agrupamiento populoso dominado por esquemas rígidos, propios de modos de vida sedentarios, o mejor dicho civilizados, surgirá inevitablemente el concepto de antimonia: el animal «bueno», el animal «malo».

Socioecología de la caza
(1982)

viernes, 15 de noviembre de 2013

La lección del lobo marsupial

PRIMERO ODIADO Y PERSEGUIDO, LUEGO AÑORADO Y BUSCADO CON AHÍNCO

En 1930 fue abatido el último lobo marsupial salvaje del que tenemos noticia. En 1936 la especie se dio por extinguida tras la muerte de Benjamin, el último ejemplar que se mantenía cautivo en un zoológico. Desde entonces, se han hecho muchos esfuerzos para encontrar algún lobo marsupial superviviente, aunque sólo fuera un rastro, en la isla de Tasmania. Todos infructuosos. Una dolorosa lección sobre las consecuencias de la persecución de alimañas que aún nos resistimos a aprender.

Por PEDRO GALÁN


(Cuaderno 328 / Junio 2013)

El invierno austral se prolongaba en aquel frío amanecer del mes de septiembre. El pequeño parque zoológico de Hobart, la capital de Tasmania, isla situada al sur de Australia, se había quedado casi sin personal de servicio. La gran depresión económica provocada por el crash de la bolsa neoyorquina en 1929 aún se hacía sentir en aquel año de 1936. Las noticias que llegaban de tierras muy lejanas, desde Europa o América, y que publicaba el periódico local de Hobart eran preocupantes: crisis financiera, paro, ascenso vertiginoso de un político carismático y agresivo en Alemania, guerra civil en España… Pero también había crisis en Australia y en esta isla de su costa meridional.

Además, el zoo apenas tenía ingresos porque la gente no se decidía a pagar la entrada. Para estimular las visitas y que el público pudiera ver a los animales en las jaulas, el director había ordenado que se cerrasen las puertas de los refugios, obligándoles a permanecer siempre fuera, a la intemperie. Pero el largo invierno austral, con noches gélidas, se había cobrado su tributo. El tigre de Bengala había muerto el mes anterior, posiblemente de frío y desatención. Esa mañana de septiembre, el encargado del zoo, después de abrir las puertas, hizo su acostumbrado recorrido matinal entre las jaulas. En una de ellas había un bulto tirado en el suelo. Era la jaula de Benjamin, el nombre familiar que le daban especialmente los niños al lobo marsupial, un animal característico de la isla y no demasiado popular entre la gente. Los tasmanos lo conocían sobre todo por su leyenda negra, que le acusaba de robar gallinas en los corrales y, sobre todo, de matar corderos. Era despreciado y perseguido por los granjeros y el resto de los habitantes de la isla. Hasta no hacía mucho tiempo, su captura y muerte había estado primada por el gobierno local. Como en cualquier otro país de esa época en su lucha contra las alimañas. Lo mismo sucedía en Europa o América con lobos y zorros.

El encargado entró en la jaula y lo tocó con el pié. Estaba muerto. Acercó una carretilla para cargar el cadáver, pues era pesado. Como decía el cartel explicativo colgado en el exterior, era el mayor carnívoro marsupial existente, casi del tamaño de un lobo y muy parecido en su forma. Cuando cargó el cuerpo inerte no pudo evitar fijarse en las familiares bandas oscuras de los cuartos traseros del animal, como las rayas de un tigre. El cartel también explicaba que se le conocía por esta causa como «tigre marsupial», pero la mayoría de la gente lo llamaba «tilacino». Depositó el cadáver en la carretilla y se lo llevó para tirarlo. Pensó que a nadie le interesaría, ¿por qué molestarse en mandar el cuerpo a disecar como se hacía con las especies raras? No había fondos, a nadie le interesó mucho vivo, así que menos les interesaría muerto. Puso el cuerpo junto al montón de desperdicios que se llevarían para tirar ese día al vertedero. Al encargado le quedaba mucha tarea por delante, muchas jaulas que limpiar y mucha comida que repartir, así que siguió con su trabajo. Era la mañana del 7 de septiembre de 1936. Había muerto el último lobo marsupial. La especie se había extinguido para siempre.

Han pasado casi 77 años desde ese día y son pocos los animales extinguidos que han despertado un sentimiento de culpa tan grande como el lobo marsupial o tilacino (Thylacinus cynocephalus). Los tasmanos, al igual que muchos otros australianos del continente, parecen no resignarse al hecho de que ya no exista y, desde que tomaron conciencia de su desaparición, han organizado numerosas búsquedas por los lugares más remotos de Tasmania. Todas infructuosas. Han analizado con detalle cualquier rumor sobre su posible supervivencia, ya sean huellas, presuntos indicios o supuestos avistamientos. Se ha creado incluso un Museo Virtual del Tilacino que recoge cuanto vestigio ha quedado de él (1). En esa dirección virtual pueden verse, por ejemplo, las siete filmaciones que nos han quedado de dicha especie (2). Apenas unos segundos de metraje en blanco y negro en los que aparece moviéndose, echado o comiendo en las jaulas donde permanecían los últimos ejemplares cautivos. Uno no puede dejar de notar esa misma sensación de pena y frustración al contemplarlas. Algo en él nos resulta enormemente familiar —parece un perro rayado— pero, al mismo tiempo, muy extraño: la cola rígida y larga, esas patas traseras de extrañas proporciones, las orejas redondas, demasiado bajas, el rictus del hocico, que no acaba de ser como el de un perro… Pero, por encima de todo, la sensación que transmiten sus fotos y esas escasas filmaciones es que parece estar ahí, vivo, moviéndose, tan próximo y, sin embargo, ya no podremos verlo nunca más.

lunes, 11 de noviembre de 2013

¿Qué hacemos con los niños?

TOMÁS VAL
Escritor

Hablamos tanto de Educación y tan poco de niños... Como si ahora, en su estado, no nos sirvieran para nada; como si todos nuestros esfuerzos y desvelos tuvieran que ir encaminados a transformarlos, moldearlos, cambiarlos, educarlos hasta convertirlos en pavorosas copias de nosotros mismos. Y fui como mi padre... El que planifica el futuro, dice Pennac, es un estúpido y nosotros nos pasamos la vida poniéndole siglas a ese mañana que siempre imaginamos y que rara vez acaece. LOMSE, LOGSE, LOECE, LOE. Hubo más planes, patéticos intentos de nuestra parte —de los adultos, de los que ya no tienen futuro pero se pasan el día imaginándolo en cabeza ajena— de moldearlos según lo que creemos conveniente. No se trata sólo de educar, de enseñarles quiénes son, de dónde vienen; de que miren el mundo y lo entiendan un poco. Los condenamos a no vivir la infancia. Con once años, los encerramos en un instituto durante siete horas, con un recreo de quince minutos, mientras el tiempo pasa inexorable y exigimos resultados, buenas notas, rendimiento académico, como si en vez de ser niños fueran gestores de una empresa y nosotros desalmados accionistas mayoritarios. Siete horas de clase intensiva, más dos o tres horas de deberes, más dos de estudio. Mañana examen.

Doce, catorce horas de trabajo, casi cadena perpetua, condenados a olvidar que son niños. Pasan más tiempo aprendiendo cosas de la galaxia, de nuestra Vía Láctea, que jugando. El sol tarda 220 millones de años en completar un giro alrededor de esa galaxia. Al amanecer, podemos verlos cargados con unas mochilas enormes —ocho kilos, pude comprobarlo el otro día— cargados como animales, Sísifos diarios que empujan ese montón de libros cuando a ellos es muy posible que les toque vivir, como adultos, un mundo sin papel. Sísifo empujando la piedra. Decían los clásicos que Sísifo era el más sabio y astuto de los hombres. Pobre Sísifo.

No tenemos infancia, se la quitamos y nosotros, estúpidos, nos privamos de su disfrute. Casi no hay niños en las calles, están encerrados porque nosotros soñamos con un mundo de adultos, de viejos, que sepan, eso sí, que las llamaradas solares pueden alcanzar una longitud de 800.000 kilómetros. Siete horas encerrados en un instituto, siete horas con once años, diez u once durmiendo, cuatro de deberes y estudio. Les quedan dos horas diarias para recordar que son niños, dos horas para que sepamos que tenemos hijos. A veces, paso cerca de algún colegio a la hora del recreo, esos míseros quince minutos que los pobres tienen que ocupar para comer el bocadillo, con la única esperanza de oír el rugido de la libertad. Pero allí también hay normas, campos de concentración.

Tal vez el ministro Wert y sus planes educativos sean una buena excusa para pararnos a pensar un poco qué estamos haciendo con los pequeños. No son felices. ¿No les produce un escalofrío de pánico escuchar esta afirmación? Tenemos un tesoro en nuestras manos, en nuestras casas, y lo único que hacemos es intentar cambiarlos, arrancar la pátina de alegría, de inocencia y de libertad que poseen. Cada vez que alguien me dice que no tuvo una infancia feliz, se me destroza el alma. Muchos de nuestros hijos son infelices bilingües porque nosotros somos brutos y estúpidos y les robamos la edad más prodigiosa. Propongo la LOFI como norma obligatoria: Ley orgánica de felicidad infantil.

El Norte de Castilla
(Viernes, 18-X-13)


sábado, 9 de noviembre de 2013

La guerra del condado de Johnson (1892)

Por GREGORIO DOVAL

Por su parte, la Guerra del condado de Johnson tuvo también todos los ingredientes que han atraído siempre a los novelistas y los directores de cine dedicados al Oeste: rudos pero nobles vaqueros, pistoleros despiadados, astutos ladrones de caballos, colonos obcecados, dictatoriales barones ganaderos y, finalmente, como siempre, soldados de caballería.

La animosidad que existía en Wyoming entre ganaderos y colonos había ido creciendo con los años y vino a estallar con gran virulencia en aquel condado situado a unos 400 kilómetros al noroeste de la ciudad de Cheyenne, que contenía unas tierras excelentes para la cría de ganado. La gran demanda de carne hizo que algunos de los mayores grupos ganaderos se encontraran faltos de mano de obra cuando sus vaqueros se despidieron y aprovecharon la Ley de Asentamientos de 1862 para poner en marcha sus propiedades personales. Los ganaderos locales, como los de todas partes, eran muy celosos de sus posesiones y de su posición. A pesar de la legalidad de las solicitudes de tierras, algunos de ellos pensaron que estaban por encima de la ley. Sus dominios eran auténticos imperios y, para ellos, los pequeños propietarios eran unos intrusos o unos parásitos aborrecibles, equiparables por completo a los cuatreros, que tantos quebraderos de cabeza les daban. Cuando los empleados de los barones capturaban a un cuatrero o a un agricultor sospechoso de robar ganado, le ahorcaban sin más o, si tenía mucha suerte, se contentaban con darle una paliza inolvidable, con quemar sus chozas, con quitarle su rebaño o con llevarle a juicio. A menudo, todo esto lo hacía el capataz en nombre del ganadero, muchas veces porque éste era un terrateniente ausente, que vivía en Inglaterra o Escocia, o, en todo caso, un hombre poderoso que no quería ensuciarse las manos. Este sistema cuasifeudal no contaba con muchas simpatías populares y, en particular, los jurados se resistían a declarar culpables a supuestos ladrones de ganado de unos propietarios que residían muy lejos o que ya poseían más de lo que nadie puede disfrutar. Para agravar el panorama, la superabundancia de ganado en las dehesas de Wyoming acabó en 1886, cuando se encadenaron dos desastres consecutivos que cambiaron las cosas para siempre. Primero fue una gran sequía, seguida al año siguiente por un temporal de ventisca y nieve, que acabó durante el invierno de 1886-1887 casi por completo con muchas de las manadas. Al mismo tiempo, los precios ganaderos se desplomaron, haciendo que sus beneficios se redujeran al mínimo, hasta el punto de que no pocos cayeron en la bancarrota. Todo esto produjo un cambio completo en las actitudes. Fue el punto final de la ganadería a la vieja usanza y, a la vez, de uno de los capítulos más movidos de la historia estadounidense. Las manadas que se pudieron rehacer pasaron a ser controladas cuidadosamente, vigilándose en todo momento las zonas en que pastaban. Fue entonces cuando la tensión y los conflictos llegaron al límite en el condado de Johnson.

Por entonces, los grandes rancheros eran superados ampliamente en número por los pequeños y los colonos, que, como es natural, tenían poca simpatía por sus problemas. Coordinados por la poderosa Wyoming Stock Grower’s Association, entre cuyos miembros estaban algunos de los barones y políticos locales más ricos e influyentes, los grandes ganaderos decidieron pasar a la acción e intentar por todos los medios que el statu quo, para ellos tan beneficioso, no se alterase. Para combatir a los ladrones, se invocó una ley no escrita que permitía que todo animal no marcado que se encontraba en tierras de un socio se convirtiera en propiedad suya. Además, se dictaron nuevas formas que hacían muy difícil el registro y la legalización de nuevas marcas. Además, decididos a acabar de una vez por todas con los cuatreros, reales y supuestos, los barones contrataron a pequeños ejércitos de detectives-pistoleros, incentivados con un plus de 250 dólares por cada ladrón capturado que fuese juzgado. Entre aquellos detectives se encontraba personajes de la calaña de Frank Canton (1849-1927), atracador de bancos, ladrón de caballos y pistolero, y que, años después de su actuación en el condado de Johnson, llegaría a ser marshal federal y a ocupar varios cargos políticos.

Cuando Albert John Bothwell (1855-1928), uno de los más prósperos barones, reclamó unas tierras en las que los colonos James Averill y Ella «Cattle Kate» Watson habían construido sus respectivas casas, ambos dejaron muy claro lo que pensaban de él. Inmediatamente, Bothwell, autoproclamado juez y verdugo, decidió ahorcarles escudándose en que ran ladrones de ganado, lo cual, por lo demás, era probablemente cierto, sobre todo en el caso de él. Descrito como un hombre arrogante, Bothwell siempre había dejado pastar a sus animales en terrenos sin dueño. En eso, en 1886, llegaron Averill y «Cattle Kate» y presentaron una reclamación sobre la propiedad de uno de los mejores prados, que venía utilizando unilateralmente el ganadero para alimentar a sus manadas. Bothwell estaba tan seguro de que nadie reclamaría esas tierras que incluso había llegado a cercar con alambre de espino buena parte de aquel terreno que no le pertenecía.


Cuando Averill, un juez de paz que regentaba un almacén y un saloon, y su novia se mudaron al condado, el uso ilegal de la propiedad por parte de Bothwell provocó lógicamente repetidas disputas entre la pareja y el gran barón. Averill publicó una carta abierta en el Casper Daily Mail criticando a Bothwell y protestando por el excesivo poder que detentaban los barones del ganado; Bothwell respondió alegando que Averill y su novia estaban robándole ganado, y que «Cattle Kate» era una prostituta que a veces aceptaba ganado robado como pago de sus servicios.

A medida que la discusión fue subiendo de tono durante varios meses, Bothwell convenció a otros propietarios de la zona de que la pareja era culpable y, el 20 de julio de 1889, acompañado de otros cinco hombres, fue a su granja y les colgó en un pequeño cañón cercano al río Sweetwater. Aunque los seis linchadotes fueron acusados de asesinato, los testigos claves del caso comenzaron a morir o a desaparecer misteriosamente y, finalmente, todos fueron absueltos por falta de pruebas. A cambio, tanto Averill como «Cattle Kate» fueron juzgados en la prensa, que era propiedad o estaba muy influida por los barones del ganado, que les calificó, en el mejor de los casos, de forajidos.

Tiempo después, el propio Bothwell adquirió las propiedades de sus víctimas. Posteriores investigaciones parecen haber demostrado que ni Averill ni su novia eran culpables, Bothwell se retiró a Los Ángeles, California, donde murió en marzo de 1928.

Tras el linchamiento de Averill y «Cattle Kate», aunque los pequeños rancheros se encolerizaron, la intimidación continuó. Dos años después, Rom Waggoner, colono y criador de caballos de origen alemán con reputación de honradez, fue raptado en su casa y ahorcado por un grupo de pistoleros al mando de Tom Smith y al servicio de los grandes rancheros. Tras ser detenido, Smith declaró que Waggoner había robado 1.000 caballos; poco después, ante la presión popular, se retractaría y confesaría que, en realidad, Waggoner fue ahorcado porque «sabía demasiado». Unos meses más tarde, unos cowboys intentaron matar a los pequeños propietarios Ross Gilbertson y Nathan D. «Nate» Champion mientras dormían en una cabaña cercana al rio Powder, pero este último se despertó a tiempo y repelió el ataque, hiriendo a dos de los asaltantes y haciéndoles huir. Champion presentó una queja formal, en la que se declaraba haber reconocido entre los asaltantes a Frank Canton, Tom Smith, Joe Elliott y un pistolero llamado Coates. Sólo Elliott fue encarcelado, pero fue puesto en libertad tras abonar una fianza de 5.000 dólares. Los demás lograron huir. A partir de entonces, el tejano Nate Champion (1857-1892), que gozaba de gran prestigió entre los granjeros por su honestidad y su franqueza, fue un hombre marcado para siempre. Los barones, en su afán de desprestigiarle, comenzaron a llamarle públicamente «Rey de los cuatreros» y a señalarle como cabecilla de los rebeldes granjeros.

En noviembre de 1891, Orley E. «Ranger» Jones, un joven domador de caballos broncos del rancho CY, murió durante una emboscada mientras volvía a casa desde Buffalo. Pocos días después, John A. Tisdale, que volvía a su rancho también desde Buffalo con provisiones para su familia y juguetes navideños para sus hijos, murió en una nueva emboscada. Estos asesinatos indignaron a los vecinos del condado, pero nadie fue juzgado por ellos. Finalmente, en la primavera de 1892, los pequeños propietarios, hartos, decidieron poner en marcha su propia asociación, Northern Wyoming Farmers and Stock Growers Association. Por su parte, los barones contrataron un pequeño ejército de pistoleros para eliminar a los supuestos cuatreros del condado. Al frente de esa operación pusieron al mayor Frank Wolcott, ranchero y antiguo oficial del ejército, que reclutó a 23 pistoleros tejanos, a los que se unirían cinco locales, incluido Frank Canton.


Los pistoleros tejanos se reunieron en la localidad de Paris, desde donde marcharon a Cheyenne y, ya reunidos con todos los demás, tomaron un tren fletado especialmente por los barones con dirección a Buffalo. En el convoy viajaba también un grupo de dignatarios de la WSGA y de Wyoming, incluido el senador estatal Roberts Tisdale y un cirujano, Charles Penrose, como médico de la expedición, así como el director del periódico del WSGA y dos reporteros del Chicago Herald y del Cheyenne Sun. En total, 50 hombres, todos a las órdenes operativas del pistolero Frank Canton, quien llevaba una lista de docenas de supuestos cuatreros a eliminar. Los asesinos a sueldo —que pronto serían conocidos como «Los Invasores» o «Los Reguladores»— cobrarían cinco dólares al día como sueldo base, más un bonus de 50 dólares por cada cuatrero eliminado.

La expedición llegó a Cheyenne en la tarde del 5 de abril de 1892, a bordo de un tren abarrotado con todo tipo de suministros, como tiendas de campaña, rifles, mucha munición, dinamita y estricnina. Un alertado testigo de la llegada del tren intentó telegrafiar al sheriff del condado de Johnson, W.G. Red Angus, pero el cable había sido cortado; no obstante, le envió una carta. Los organizadores de la expedición habían puesto en antecedentes de sus planes al gobernador Amos W. Barber, quien, al parecer, los aprobó, ya que los altos mandos de la Guardia Nacional de Wyoming instruyeron a todas las unidades de no actuar salvo orden en contra del cuartel general.


Tras un viaje nocturno hasta las afueras de la localidad de Casper, el grupo descargó su equipo y cabalgó hacia el norte, donde pasó otra noche en un rancho amigo de South Fork, en el río Powder, cuyo capataz les informó de que dos de los hombres que buscaban, Nick Ray y Nate D. Champion estaban en el rancho KC de Notan, a unos 65 kilómetros más al norte. Poco después del amanecer del 9 de abril, el grupo de pistoleros alcanzó y rodeó la cabaña en que aún dormían los dos hombres que buscaban. Cuando dos tramperos que habían pasado la noche en el rancho salieron a por agua, les capturaron y se cercioraron de que Ray y Champion estaban en la cabaña.

Unos minutos después, Ray salió de la casa y se encontró una lluvia de balas. Herido de gravedad en la cabeza, intentó recular, pero otro disparo lo derrumbó. Entonces, Champion salió como una flecha y le arrastró con una mano, mientras con la otra abría fuego con su pistola. Durante varias horas, Champion consiguió rechazar una y otra vez a sus atacantes, matando a cuatro de los sitiadores, mientras atendía la moribundo Ray y, a la vez, dejaba constancia por escritote lo que estaba pasando. Casi a la vez que Ray fallecía, Champion pudo ver cómo los reguladores apresaban a dos cazadores, que pasaban casualmente por la zona. Al rato, lo atacantes lanzaron contra la cabaña un carro en llamas cargado de heno y piñas, propagando el fuego a la casa. Desesperado, Champion salió de su refugio disparando con su rifle, dio unos pasos y se desplomó con su cuerpo agujerado por 28 balazos.


Antes de que finalizará el asedio, los cazadores retenidos por los pistoleros lograron escapar y galoparon hacia Buffalo para informar al sheriff Angus de lo que estaban haciendo los matones y de sus intenciones posteriores. La noticia le corroboró al sheriff lo que acababa de leer en la misiva que había recibido desde Cheyenne. Tras solicitar infructuosamente la ayuda de la Guardia Nacional y el cercano Fort McKinney, decidió partir a la mañana siguiente con un grupo de 200 [o 300] voluntarios al encuentro de los pistoleros. Cuando estos supieron de la numerosa partida encabezada por el sheriff, decidieron refugiarse en el rancho TA de Crazy Woman Creek, propiedad del doctor Harris, un barón ganadero amigo, y se prepararon para recibirlos, levantando barricadas. En la consiguiente. En la consiguiente, los voluntarios sitiaron a los pistoleros y se hicieron con sus carretas de abastecimiento. No obstante, la situación se mantuvo equilibrada hasta que uno de los reguladores se escabulló y galopó para informar al gobernador de la inesperada situación. En el menor tiempo posible, tres escuadrones del 6º de Caballería de Fort McKinney llegaron al rancho para mediar entre los bandos, cosa que logró cuando los voluntarios se disponían a lanzar contra el refugio de los pistoleros un carro cargado de heno y dinamita. En la mañana del 13 de abril, los pistoleros se rindieron.


Dos días después, se celebraron en Buffalo unos servicios funerarios por Nate Champion y Nick Ray. Mientras tanto, los pistoleros fueron custodiados por la caballería hasta Fort Fetterman, donde tomarían un tren especial hasta Fort D.A. Russell, cerca de Cheyenne. En espera de juicio, sus abogados lograron comprar el silencio de los dos principales testigos de la acusación, los tramperos, con sendos cheques (que después resultarían falsos). Además, tras pagar la fianza, los pistoleros tejanos desaparecieron inmediatamente. El resto de los acusados fueron absueltos rápidamente por falta de pruebas y el caso fue sobreseído, pues las autoridades adujeron falta de fondos con que acometer un proceso más largo. El gobierno federal envió al condado a un grupo de marshals federales para calmar los ánimos. Lo consiguieron, pero el resentimiento entre las dos facciones duró años y pasó a la leyenda del Oeste. Colonos indignados se reunieron en asamblea en Buffalo, Glenrock y Casper para protestar por la invasión. Finalmente, los granjeros y pequeños ganaderos presentaron un partido en las elecciones de 1892 y, tras su éxito en las urnas, pudieron establecer sus derechos.

Esta fue la última gran guerra de las dehesas ocurrida en el Lejano Oeste. Con ella desapareció una época de libertad individual, caracterizada porque ambos bandos defendían y destruían a la vez la grandeza de la ganadería y su concepción heroica de la vida como aventura. Puso término, en fin, tanto a la libertad de los pequeños propietarios como a la soberanía de los grandes. Fue, de alguna manera, el acto final de una época clásica, a la que seguiría, esa imperecedera, la leyenda.

(2009)

viernes, 8 de noviembre de 2013

Virus. Esos bichos que nos espantan nos han sido de gran utilidad


La palabra virus, que en latín significa toxina, veneno, siempre resuena en la cabeza como sinónimo de enfermedad y destrucción. Tal vez no siempre haya sido así y estos organismos, al contrario, hace millones de años hayan participado activamente en procesos evolutivos importantes. Y lo sigan haciendo, tanto que podrían llegar a producir cambios significativos en la especiación animal.

Aunque los virus se reproducen muy rápido y casi siempre con resultados violentos, son tan rudimentarios que muchos científicos ni siquiera los consideran seres vivos. Un virus no es otra cosa que unas hebras de material genético, en su mayoría ADN, envueltas en un paquete de proteínas —un parásito, incapaz de funcionar por su cuenta—. Para sobrevivir, debe encontrar una célula para infectarla. Solo en ese momento el virus puede hacer uso de su talento, que no es otra cosa que tomar control de la maquinaria celular y usarla para hacer miles de copias de sí mismo.

Nada ha representado una amenaza tan persistente para la humanidad como las enfermedades virales: el sarampión y la viruela han ocasionado epidemias por miles de años; la viruela podría haber matado a unos quinientos millones de personas sólo en el siglo XX. Sin embargo, esos virus, aunque altamente infecciosos, tienen su impacto limitado por algo tan importante como que si destruyen a su víctima (toda una población por ejemplo), ellos también desaparecen. Por eso, ni siquiera el virus de la viruela tiene el poder evolutivo de influenciar a los humanos como especie, alterar la estructura genética. Para ello se necesitaría que fueran infectadas las células germinales.

Tenemos algo de virus

Solo los retrovirus, que a cambio de ADN están compuestos de ARN tienen esa posibilidad. Cuando ellos infectan una célula, usan una enzima que cambia el ARN en ADN y lo integran al ADN de la célula para siempre: cuando ésta se divide, el virus se va con ella. Si el virus infecta las células germinales, óvulos o espermatozoides, lo cual es raro, y si el embrión resultante sobrevive, lo que es más raro aún, el virus se vuelve parte del genoma, y se transmitirá como otro rasgo más, igual que el color de los ojos o la predisposición al asma. Su nombre ahora es retrovirus endógeno (RVE).

Cuando la secuencia del genoma humano fue mapeada, los investigadores descubrieron algo que no habían anticipado: nuestro material genético está lleno de fragmentos de retrovirus.

El genoma humano usa menos del 2% para fabricar todas las proteínas necesarias para vivir. Sin embargo el 8% corresponde a retrovirus rotos o desarmados que hace millones de años se las arreglaron para meterse en el ADN de nuestros ancestros. Al igual que los dinosaurios, estos fragmentos virales son fósiles pero a cambio de estar enterrados en la arena, residen dentro de nosotros, cargando un registro de millones de años. Como no sirven para ningún propósito ni ocasionan daño, se los denominó «ADN basura».

Virus fósiles en el genoma humano. ¿Qué hacen esos fósiles dentro del material genético?

Thierry Hedimann, director del Instituto de virología Gustave Roussy en París, revivió uno de esos retrovirus. Combinando las herramientas de la genética, la virología y la biología evolutiva, él y sus colegas tomaron un virus que se había extinguido hace millones de años, se imaginaron cómo las partes fragmentadas debieron estar alineadas y las juntaron. Después de resucitar el virus, el grupo lo introdujo en células humanas y registró como se insertaba en el ADN celular. Rápidamente se produjo la infección. Hedimann le puso al virus Fénix, en clara referencia al mito.

El experimento fue reproducido por otros investigadores en varios laboratorios del mundo, con diferentes virus. Había nacido la paleo virología. Los resultados derivados abrieron paso al esclarecimiento de diversos campos de investigación, desde la evolución, hasta los del cáncer, pasando por el entender aspectos importantes —que no había sido posible abordar antes— como el funcionamiento del VIH y su acción devastadora en los seres humanos. Anota Hedimman: «El virus Fénix ayudará a saber cómo opera el virus del sida, pero, más que eso ayudara a entender cómo nosotros operamos, y cómo evolucionamos. Muchas personas estudian otros aspectos de la evolución humana. Yo alego que igual importancia tienen los virus en modelar la forma como somos hoy. Mire, por ejemplo, los procesos de la gestación y el nacimiento».

¿Sin los virus seríamos ovíparos?

Hedimman y otros investigadores sugieren que sin los retrovirus endógenos los mamíferos nunca habrían desarrollado la placenta, que protege al feto y le da tiempo suficiente para madurar.

La placenta es una fábrica poderosa que genera el 70% de la energía necesaria para la formación del cerebro fetal y nos convirtió en vivíparos, un éxito evolutivo que nos situó por encima de los peces, reptiles y aves. Es posible que sin la colaboración de los RVEs todavía estuviéramos empollando huevos.

Hace un centenar de millones de años, los embriones de los mamíferos ancestrales, en lugar de crecer en una cáscara, se convirtieron en parásitos. En el estado de una bola de células, comenzaron a implantarse en las capas del útero. La placenta es un huevo modificado, que tiene como característica la fusión de células, característica compartida con los RVEs.

¡Si Darwin levantara la cabeza!

Robin Weiss, profesor de oncología viral en la universidad de Londres, en 1968 encontró RVEs en los embriones de pollos sanos. Cuando sugirió que ellos no solo eran benignos sino que además pudieron haber cumplido un papel fundamental en el desarrollo de la placenta en los mamíferos, los biólogos moleculares se rieron. «Cuando envié los resultados sobre un nuevo envoltorio endógeno, sugiriendo la existencia de un retrovirus integrado en células normales, el manuscrito fue rechazado en redondo» cuenta Weiss. «Uno de los revisores sentenció que mi interpretación era imposible». Weiss, quien es responsable de lo mucho que se sabe sobre cómo el virus del sida interactúa con el sistema biológico, no se desanimó. Al contrario, continuó con su trabajo. «Si Charles Darwin reapareciera hoy, tal vez se sorprendería gratamente al saber que compartimos ancestros comunes no sólo con los monos sino también con los virus» dijo hace poco.

Los RVEs se han encontrado en todos los organismos que se han estudiado, en cantidades variables, indicando una correspondencia entre la complejidad y el «registro fósil» viral, mayor en cuanto el organismo se sitúa más arriba en la escala evolutiva.

Qué mejor demostración de que la evolución ha sido un proceso que se ha llevado millones de años y que se puede rastrear como un camino lleno de migas de pan, éstas moleculares, que puede llevar hasta los mismos orígenes de la vida en este planeta.