martes, 8 de abril de 2008

CNT vs. SGAE (II)

El pasado jueves 3 de abril, coincidiendo con la XII edición de los Premios «farsa» de la Música, los compañeros de la CNT-Valladolid se manifestaron contra la SGAE. La prensa no dijo nada, o en su caso mintieron como «vellacos» los de EL NORTE DE CASTILLA al referirse a la CNT-AIT como CGT:

«Fuera, unas cincuenta personas con banderas de CGT voceaban contra los "númerus clausus" del acto y bajo la pancarta "No al monopolio de la Cultura". El "blindaje" policial impidió que sus cánticos llegaran a oídos de los que ayer participaron de la fiesta de la música.»

Aquí os pongo un video del evento (aunque no comprendemos, lo de cantar en plan «jotero» castellano).

lunes, 7 de abril de 2008

¿Qué fue de los majnovistas?


A finales de 1920, tras derrotar al general blanco Wrangel, el Ejército Rojo decide romper su alianza con el Ejército Revolucionario Insurgente de Ucrania, al mando del anarquista Nestor Majno [arriba, foto de la bandera de una unidad de la guerrilla majnovista], en una trampa detiene en Crimea a la mayor parte del «comando» majnovista y son fusilados practicamente en el acto. A la vez, la aldea natal de Majno, Guliay Polie, y centro neurálgico del Territorio Libre que controlaba, es asaltada y destruida su Comuna Libre. Nestor Majno es perseguido con el resto de su guerrilla y huye a Rumania, de allí a Polonía (de donde tiene que escaparse) para terminar en Francia. Ahí colabora con la publicación libertaria Dielo Truda y subsiste como puede.

La fecha de su muerte ha acarreado muchos errores de interpretación: Paul Avrich en su libro Los anarquistas rusos pone que fue en 1935, fecha que también lo confirman Daniel Guerin en Ni Dios ni Amo, y Volin en La Revolución desconocida. Pero sí echaís un vistazo en Wikipedia, os pone que fue en 1934. ¿Quién tiene razón? Pues en esta foto está la solución, es de la lápida del nicho 6685 en el cementerio Père Lachaise de París: NESTOR MAKHNO 1889-1934.


En el libro del sociólogo argentino Christian Ferrer, Cabezas de tormenta. Ensayos sobre lo ingobernable, en el último capítulo titulado «Una moneda valaca. Sobre la resistencia partisana» expone algo llamativo que trata sobre los componentes en el exilio de lo que fue la guerrilla majnovista que vinieron como brigadistas internacionales durante la Guerra Civil española, o Revolución española, según criterios. Estos ucranianos formaban parte de una compañia comandada por un tal «teniente Taras Shevchenko» dentro del Batallón Palafox, u otro, no estoy muy seguro, de la XIII Brigada Internacional o Brigada Dabrowski, que cruzó los Pirineos tras la caida de Cataluña, y que participaron en la Resistencia contra el nazismo:

«La guerra fue un holocausto también para la diáspora antifascista de los años veinte y treinta. Los revolucionarios húngaros de Bela Kun, los campesinos ucranianos de Majno, los marineros de Hamburgo, los fugitivos de los fascismos balcánicos, italianos y alemanes, y los internacionalistas que fueron a la Revolución Española, todos continuaron su cruzada en la segunda guerra mundial al lado de los maquís y a veces integrados en los ejércitos aliados. A las Brigadas Internacionales de España acudieron 35.000 hombres y mujeres desde cincuenta y cuatro países, incluyendo chipriotas, etíopes, australianos, tunecinos, martiniqueses, canadienses y centroamericanos. Algunos llegaron de más lejos aún: en Cataluña, 1937, la Compañía Internacionalista Shevchenko estaba formada por unas decenas de sobrevivientes ucranianos del ejército anarquista de Nestor Majno que había cruzado en 1921 la frontera ruso-rumana a caballo. En 1945, cuando bajan sus armas en el Languedoc, todavía conservaban la moneda revolucionaria acuñada por Majno veinticinco años antes. ¿Qué historias le contaría en 1924 Nestor Majno —que entonces trabajaba en una carpintería de Paris— a Buenaventura Durruti antes de que éste fuera encarcelado en la Conciergerie, en la misma celda que ocupó Maria Antonieta? Todas estas razas hoy extinguidas, especimenes de un arca que nunca encontró su Ararat, eran testigos y portadores de utopías amonetarias: en las comunidades catalanas o en las brigadas partisanas se experimentaba con numismáticas de nuevo cuño. Orwell recuerda que cuando llegó a Barcelona en 1936 el sindicato de mozos había prohibido las propinas. Tierra adentro, en Aragón, directamente se había abolido el dinero.»

Interesante, pues este dato lo desconocía completamente.

Ya que he mencionado al Ejército Revolucionario Insurgente de Ucrania o Ejército Negro, os pongo un video de tal guerrilla revolucionaria que existió entre los años 1917-1921 en el sudeste ucraniano:


sábado, 5 de abril de 2008

CCOO-rrupción

Este video del You Tube ha sido eliminado y vuelto a reponer. Trata sobre la corrupción que hay dentro del sindicato CCOO. Merece la pena verlo antes de que lo vuelvan a quitar. De todas maneras en Kaos en la Red lo tienen preservado.

Adán y Eva musulmanes


Sin comentarios..., más vale una imagen que mil palabras.

jueves, 3 de abril de 2008

Los «fascistillas» Mosley

Recientemente al presidente de la Federación Internacional de Automovilismo, Max Rufus Mosley, se le ha pillado en medio de una orgía sado-maso con cinco prostitutas.


Aunque también hay que añadir que en esta «fiesta» había elementos estéticos nazis, traje militar a lo SS, frases en alemán o la presa de campo de concentración... Max Mosley no desmiente la participación en dicha orgía, pero rechaza toda connotación fascista de ella. Poco creíble por parte del hijo del líder fascista británico Oswald Mosley. ¡Sí tu «papi» te viese!

Unidad y variedad de España

 

Por HELENO SAÑA 

Don Francisco Pi y Margall es uno de los españoles que con más autoridad moral y solvencia científica ha escrito sobre el eterno problema del centralismo y el anticentralismo en nuestro país. El prócer catalán era republicano y federalista, y en calidad de tal, partidario decidido de una España descentralizada, como expone en su obra Las nacionalidades con toda clase de argumentos y testimonios históricos. Ignoro si el señor Zapatero conoce lo que el insigne político y escritor dijo en su día sobre la problemática que he empezado a abordar aquí. Supongo que sí, ya que no pocos de los argumentos que utiliza para defender o justificar el Estatuto catalán parecen extraídos directamente de la pluma margalliana. Esto reza especialmente cuando el jefe del Ejecutivo identifica la descentralización política del país como un signo de progreso y niega que el incremento del autogobierno de las Comunidades Autónomas ponga en peligro la unidad de España. La argumentación zapaterista sería coherente si no silenciara que detrás de las exigencias nacionalistas de los partidos políticos catalanes late un profundo resentimiento y odio hacia la España castellana, sentimientos que en tanto perduren harán imposible la armonía entre el centro y la periferia que el bueno de Don Francisco tanto anhelaba. Pero las ínfulas catalanas de elevarse a la categoría de nación están condicionadas también por el espíritu ególatra que caracteriza a los pequeños países, rasgo al que a su vez se une un gran sentido práctico. Dada su débil estructura territorial y demográfica, se inhiben de las empresas guerreras —y éste es su rasgo positivo— para concentrarse en empresas comerciales, lo que a la larga no hace más que fomentar el apego a los bienes materiales. El capitalismo se inició en las pequeñas repúblicas y ciudades italianas de la Edad Media, y la pequeña Holanda era en el siglo XVII, según Marx, la «nación capitalista modelo». El calvinismo, que abrió las puertas del cristianismo protestante al espíritu de lucro moderno, antes de convertirse en el ideario de Inglaterra y más tarde de los Estados Unidos, se forjó en la ciudad de Ginebra. Y no es ciertamente una casualidad que la Revolución Industrial se iniciara en nuestro país —aunque casi siempre con capital extranjero— en Cataluña y el País Vasco.

El nacionalismo —tanto el de los países grandes como pequeños— es un producto burgués. Antes de surgir las naciones modernas (y el protestantismo), la tabla de valores dominante en Europa era una religión universal como la del catolicismo. En parte por su propia culpa y en parte por la ambición personal de los príncipes, el catolicismo perdió la hegemonía espiritual que había detentado durante siglos para dejar paso a otras concepciones del mundo engendradas por la ideología burguesa y nacionalista. El movimiento obrero surgido a partir de la segunda mitad del siglo XIX era antinacionalista e internacionalista, lo que explica que la primera gran organización fundada por el proletariado moderno se llamase «Asociación Internacional de Trabajadores». El levantamiento de los obreros asturianos en 1934 no fue cantonalista o separatista, sino social-revolucionario. Los dos sindicatos españoles más importantes han sido la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y la Unión General de Trabajadores (UGT), y ninguno de los dos levantó nunca la bandera del regionalismo o del separatismo. Por eso la CNT se negó el 6 de octubre de 1934 a secundar la rebelión de Companys y demás nacionalistas catalanes contra el Gobierno de la II República.

Pi y Margall no era sólo federalista, sino, a la vez y ante todo, un hombre con una gran sensibilidad social, como testimonian los libros en que se ocupó de esta problemática. Tanto Zapatero como sus compinches catalanes son en cambio burgueses de los pies a la cabeza, por mucho que una parte de ellos militen en partidos que por inercia o por oportunismo siguen llamándose socialistas pero que de hecho han dejado de serlo. Por lo demás es harto sabido que una de las maniobras predilectas de la burguesía ha consistido en fomentar el chovinismo nacionalista para desviar a los obreros de las reivindicaciones sociales y la lucha de clases. Esto es lo que están haciendo los nacionalistas catalanes con la activa complicidad de Zapatero. El único problema realmente serio de España es el problema social, pero éste es precisamente el problema que no están dispuestos a afrontar, no sólo porque carecen de la talla para ello, sino porque, como paniaguados y aprovechados del sistema vigente, no tienen el menor interés en cambiar nada que ponga en peligro sus privilegios.
La Clave 
Nº 253, 17-23 febrero de 2006.

martes, 1 de abril de 2008

El final de Kronstadt (La Revolución rusa y III)


Tras once días de asedio, bombardeos constantes y varios centenares de muertos, en el 18 de marzo del año 1921, la ciudad-fortaleza rebelde de Kronstadt (en la isla de Kotlin, a unos treinta kilómetros al oeste de Petrogrado) es ocupada por tropas selectas del Ejército Rojo, cuyos habitantes —de larga tradición revolucionaria— se sublevaron contra la nueva autocracia que representaba el gobierno bolchevique, al grito de «todo poder a los soviets libres» y por una «tercera revolución».

Las tropas asaltantes que atravesaron el helado Golfo de Finlandia estaban compuestas por adeptos al Partido Comunista, chekistas, cadetes dogmatizados en las escuelas militares y tropas lejanas de Asía Central (ya que las de la región de Petrogrado habían sido desmovilizadas o desarmadas, por simpatizar con los amotinados) en cuyo avance estaban siendo vigilados por ametralladoristas con la orden de disparar sobre los posibles desertores. Los defensores de la isla compuesta de marinos, soldados rojos y obreros, resistieron lo que puedieron, muchos fueron apresados y fusilados y otros (poco más de la mitad, unos 8.000) lograron escapar a la vecina Finlandia, como once de los quince componentes que formaron el Comité Revolucionario provisional que dirigió la rebelión.


El motivo del levantamiento es consecuencia del creciente descontento en las masas populares rusas producida tras tres años de guerra civil, carestía de víveres (causada por el bloqueo internacional) y la dura represión. Cuando el último de los generales blancos es vencido, en noviembre de 1920, con el final de la guerra con Polonia y el bloqueo que los países capitalistas han impuesto al nuevo estado desaparece, éstas —las masas— esperaban ver cumplidas las promesas de 1917 que nunca llegaban. En el campo estallan revueltas campesinas en las regiones de Tambov y Voronezh, el Volga Central, cuenca del Don, el Kubán y Siberia occidental, y en Moscú y Petrogrado huelgas obreras. En el caso de Petrogrado, las reivindicaciones se hicieron más políticas, exigiendo una mayor democratización del régimen y el levantamiento de la ley marcial. La respuestas de los bolcheviques fueron, las amenazas, los despidos —con la consiguiente anulación de su ración diaría de víveres (una condena al hambre)— y varios arrestos de los cabecillas, junto alguna que otra concesión, para poder llegar a controlar la situación el 28 de febrero.

Para entonces, Kronstadt, se había contagiado y solidarizado con los huelguistas de la antigua capital. Los pobladores de esta base naval habían tenido una gran importancia como defensores a ultranza de la revolución; el día 28 de febrero, la tripulación de los acorazados Sebastopol y Petropavlosk redactarón una resolución, que fue aprobada al día siguiente por el resto de la población de la isla en una asamblea general multitudinaria en la plaza del Ancla, a pesar de las amenazas de los dirigentes bolcheviques. En el programa se exigía libertad de prensa y expresión, libertad de reunión, libertad de los presos izquierdistas, supresión de las secciones políticas de la flota, igualdad de abastecimiento...

En un congreso celebrado el 2 de marzo se eligió un Comité Revolucionario Provisional (con cinco miembros, que luego pasarían a ser quince), y se detuvo a tres jerarcas comunistas (Vasiliev, presidente del Soviet de Kronstadt, Kuzmin, comisario de la flota del Báltico, y Korsunin, comisario de los acorazados) después de correr el rumor, no confirmado, que anunciaba la llegada de tropas gubernamentales para detener a los reunidos.

Junto a los revolucionarios, los antiguos oficiales zaristas (puestos por el Gobierno como «especialistas militares») quisieron entablar contacto y colaborar con ellos, pero el Comité declinó la oferta. Pero eso fue utilizado por las autoridades bolcheviques para difamar el movimiento insurgente. La prensa y la radio oficiales les acusaban de ser «contrarrevolucionarios» al servicio del Capital extranjero, cosa que no era cierta.

Los sublevados rechazaron la ayuda que desde el exilio les ofrecían los blancos. Kronstadt confiaba solamente en persuadir a las autoridades para evitar todo derramamiento de sangre, algo que no se pudo evitar. Mientras, los bolcheviques de Petrogrado (con Zinoviev a la cabeza) detienen a los familiares de los kronstadtianos.

Casi dos semanas duró el sitio gubernamental (Trotski comandaba entonces el Ejército Rojo) en el rendimiento de la base. Varios lograron huir a Finlandia y a los que capturaron, los fusilaron después, entre ellos, cuatro miembros del Comité Revolucionario.


Aunque los anarquistas se identificaron con el movimiento, realmente sus artífices no pertenecían a ninguna adscripción política determinada, aunque muchos de ellos habían pasado por las filas del Partido Comunista ruso.