Reportaje emitido por TVE1 en Informe Semanal, el pasado sábado 31 de enero del presente año 2009.
jueves, 9 de abril de 2009
¿Por qué nos volvimos religiosos?
Por Marvin Harris
No se puede concebir la vida social humana sin las creencias y valores íntimos que, por lo menos a corto plazo, impulsan nuestras relaciones con otros hombres y con la naturaleza. Permítanme, por lo tanto, interrumpir la historia de la evolución política y económica para abordar determinadas cuestiones relativas a nuestras creencias y a nuestros comportamientos religiosos.
Cabe preguntarse, en primer lugar, si existe algún precedente de religión en especies no humanas. Sólo puede responderse afirmativamente a esta pregunta si se admite una definición de religión lo suficientemente amplia como para dar cabida a las reacciones «supersticiosas». Los psicólogos conductistas llevan tiempo familiarizados con el hecho de que los animales pueden tener reacciones erróneamente asociadas a recompensas. Imaginemos, por ejemplo, una paloma encerrada en una jaula que recibe su alimento a intervalos irregulares por medio de un dispositivo mecánico. Si casualmente la recompensa llega mientras el ave está escarbando, escarbará más deprisa. Si la recompensa llega cuando el ave está batiendo las alas, seguirá batiéndolas como si con ello pudiera controlar el dispositivo de alimentación: Pueden observarse supersticiones análogas en el hombre, como los pequeños rituales de tocarse la gorra, escupir o frotarse las manos, a los que se entregan los jugadores de béisbol cuando llega el momento de batear. Ninguno de estos rituales ayuda realmente a acertar, aunque su repetición constante hace que cada vez que el bateador logre dar a la pelota haya ejecutado previamente el ritual. Algunos ejemplos de pequeñas fobias entre los humanos pueden atribuirse también a asociaciones basadas en circunstancias casuales más que condicionales. Conozco el caso de un cirujano cardiovascular que en su quirófano sólo tolera música ligera desde que una vez se le murió un paciente mientras tenía puesta música clásica.
La superstición plantea el problema de la casualidad. ¿En qué manera exactamente se influyen entre sí las actividades y los objetos conectados en las creencias supersticiosas? Una respuesta razonable, aunque evasiva, sería afirmar que la actividad u objeto causal posee una fuerza o un poder inherente para producir los efectos observados. Si se abstrae y generaliza, dicho poder o fuerza puede explicar muchos acaecimientos extraordinarios y los éxitos y fracasos en la vida. En Melanesia lo llaman mana. Los anzuelos que capturan grandes peces, las herramientas que realizan tallas complicadas, las canoas que navegan seguras en medio de temporales o los guerreros que matan muchos enemigos tienen, todos ellos, gran concentración de mana. En las culturas de Occidente se asemejan mucho a la idea de mana los conceptos de suerte y carisma. Una herradura posee una concentración de fuerza que trae buena suerte. Un dirigente carismático es poseedor de grandes poderes de persuasión.
¿Son realmente conceptos religiosos las supersticiones, el mana, la suerte y el carisma? A mi juicio, no, porque si definimos la religión como una creencia en fuerzas y poderes internos, nos será muy difícil distinguir entre religión y física. Después de todo, también la gravedad y la electricidad son fuerzas asociadas a efectos susceptibles de observación. Si bien es verdad que los físicos saben mucho más de gravedad que de mana, no pueden pretender que conocen perfectamente cómo la gravedad opera sus efectos. Y, además, ¿no se podría argumentar que las supersticiones, el mana, la suerte y el carisma no son sino teorías de causalidad en las que intervienen fuerzas y poderes físicos de los cuales seguimos teniendo un conocimiento incompleto?
Cierto, los científicos han analizado más a fondo la gravedad que el mana, pero la diferencia entre una creencia religiosa y una creencia científica no viene marcada por el grado de verificación científica a que se somete una teoría. Si así fuera, cualquier, teoría científica verificada insuficientemente o no verificada en absoluto constituiría una creencia religiosa (al igual que toda teoría científica que hubiera resultado ser falsa cuando los científicos la creían cierta). Algunos astrónomos sostienen que en el centro de cada galaxia existe un agujero negro. ¿Podemos decir que se trata de una creencia religiosa porque otros astrónomos rechazan esta teoría o consideran que no ha sido verificada suficientemente?
Lo que diferencia la religión de la ciencia no es la calidad de la creencia; ocurre más bien, como sir Edward Tylor fue el primero en plantear, que todo lo que hay de netamente religioso en la mente humana tiene su base en el animismo, la creencia de que los hombres comparten el mundo con una población de seres extraordinarios, extracorpóreos, en su mayoría invisibles, que comprende desde las almas y los espíritus hasta los santos y las hadas, los ángeles y querubines, los demonios, genios, diablos y dioses.
Donde quiera que la gente crea en la existencia de uno o más de estos seres, habrá religión. Según Tylor, las creencias animistas están generalizadas en todas las sociedades; después de un siglo de investigación etnológica, está todavía por descubrir una sola excepción a esta teoría. El caso más problemático es el del budismo, que los críticos de Tylor describían como una religión que no creía en dioses ni en almas. Pero fuera de los monasterios budistas el creyente ordinario nunca aceptó las implicaciones ateas de las enseñanzas de Gautama. La corriente principal del budismo, incluso en los monasterios, no tardó en considerar a Buda como deidad suprema que había atravesado reencarnaciones sucesivas y era señor de un panteón de dioses menores y demonios. Y fueron creencias plenamente animistas las diferentes variantes del budismo que se extendieron desde la India hasta el Tibet, el sudeste asiático, la China y el Japón.
¿Por qué es universal el animismo? Tylor estudió la cuestión con detenimiento y pensaba que una creencia que volvía a aparecer una y otra vez en momentos y lugares diferentes no podía ser el producto de una mera fantasía. Por el contrario, debía fundamentarse en hechos y experiencias de carácter igualmente recurrente y universal. ¿Cuáles eran dichas experiencias? Tylor señalaba los sueños y trances, las visiones y sombras, los reflejos y la muerte. Durante los sueños el cuerpo permanece en la cama y, sin embargo, otra parte de nosotros se levanta, habla con la gente y viaja a tierras lejanas. Los trances y las visiones provocados por las drogas constituyen, asimismo, una prueba clara de la existencia de otro yo, distinto y separado del cuerpo. Las sombras y las imágenes reflejadas en el agua tranquila apuntan a la misma conclusión, incluso en plena vigilia. La idea de un ser interior, un alma, da sentido a todo lo anterior. Es el alma la que se aleja mientras dormimos, permanece en las sombras y nos devuelve la mirada desde el fondo del estanque. Y, sobre todo, el alma explica el misterio de la muerte: un cuerpo sin vida es un cuerpo privado de su alma para siempre.
Señalaré, de paso, que no hay nada en el concepto del alma que nos obligue a creer que cada persona tiene sólo una. Los antiguos egipcios poseían dos, como muchas sociedades del África occidental, donde la identidad del individuo viene determinada tanto por los antepasados paternos como por los maternos. Los jíbaros del Ecuador tienen tres almas. La primera, mekas, da vida al cuerpo. La segunda, arutam, sólo puede percibirse en una visión provocada por las drogas en una catarata sagrada y confiere a su poseedor bravura e inmunidad en la batalla. La tercera, musiak, toma forma en el interior de un guerrero agonizante e intenta vengar su muerte. Los habitantes de Dahomey dicen que las mujeres tienen tres almas y los hombres cuatro. Ambos sexos tiene un alma de los antepasados, un alma personal y un alma «mawn». El alma de los antepasados protege su vida, el alma «mawn» es una porción del dios creador, Mawn, y proporciona guía divina. La cuarta, exclusivamente masculina, conduce a los varones a posiciones de mando en sus hogares y linajes. Pero los que parecen llevarse la palma de la pluralidad de almas son los fang de Gabón. Tienen siete: la del cerebro, la del corazón, la del nombre, la de la fuerza vital, la del cuerpo, la de las sombras y la del espíritu.
¿Por qué los occidentales tienen una sola alma? No conozco la respuesta; quizá no existe respuesta a esta pregunta. Acaso muchos aspectos de las creencias y prácticas religiosas sean consecuencia de hechos históricos específicos y de decisiones individuales tomadas una sola vez y en una sola cultura, sin que ofrezcan ventajas o inconvenientes apreciables en cuanto a su rentabilidad. Mientras que la creencia en el alma se inscribe en los principios generales de la selección cultural, la creencia en una sola alma y no en dos o más no obedece necesariamente a esos principios. Pero no nos precipitemos en encasillar cualquier rasgo insólito de la vida humana como algo ajeno a la razón práctica. ¿No nos ha enseñado la experiencia que seguir investigando puede proporcionarnos a menudo respuestas que antaño parecían inalcanzables?
Nuestra especie. Alianza Editorial, 1989.
Agnosticismo
Búsqueda de pruebas para la fe
El evolucionista Thomas Henry Huxley (1825-1895) puede que no haya sido el primer agnóstico, pero sí fue el primero en llamarse así. Los intereses de Huxley, fisiólogo comparatista, pedagogo innovador y «perro dogo de Darwin», abarcaban ampliamente la ciencia, la religión y la filosofía. Huxley acuño el término agnóstico en 1869, al ingresar en la Sociedad Metafísica de Londres, un grupo de destacados teólogos, científicos e intelectuales varios que se juntaban para estudiar problemas relativos a la verdad y la fe.
Al preguntarle si era ateo, cristiano, deísta, materialista, idealista o panteísta, Huxley no supo qué partido tomar. Más tarde recordaría que no tenía «ni un retal con que cubrir[me]», y se sintió como la zorra de la fábula que, tras dejar el rabo en un cepo, no fue reconocida por sus compañeras.
«La sola cosa en que estaba de acuerdo la mayoría de aquellas buenas gentes —escribió— era la única en que yo difería de ellos. Se sentían completamente seguros de haber alacanzado cierta “gnosis”, es decir, un conocimiento revelado de la verdad acerca de la existencia.»
Así pues, me puse a reflexionar e inventé el título de agnóstico (con el sentido de «sin conocimiento revelado»), que consideré apropiado. Me vino al pensamiento como un sugerente antónimo de los «gnósticos» de la historia de la Iglesia, que declaraban saber tanto sobre aquellos mismos asuntos en los que yo era un ignorante, y aproveché la primera oportunidad para exhibirlo ante nuestra sociedad y mostrar también que yo tenía rabo, como las demás zorras. Para mi mayor satisfacción, el término arraigó.
Huxley se esforzó en resaltar que el agnosticismo «no es un credo, sino un método», una manera escéptica y experimental de entender tanto la fe personal como la ciencia. «En asuntos intelectuales —aconsejaba—, sigue tu propia razón hasta donde te lleve, sin tener en cuenta ninguna otra consideración», y «no pretendas tener por ciertas las conclusiones que no se han demostrado o no son demostrables». En tal caso, nadie «deberá avergonzarse de mirar de frente al universo, sin que importe lo que le reserve el futuro».
Huxley, no obstante, creía en «la santidad de la naturaleza humana», tenía «un sentido profundo de la responsabilidad» de sus actos y fue capaz de alimentar un profundo sentimiento religioso, con absoluta exclusión de la teología. Al morir en su juventud el hijo de Huxley, el reverendo Charles Kingsley le preguntó si no lamentaba en esos momentos la falta de fe en la inmortalidad del alma.
En una carta conmovedora y sin concesiones, Huxley le respondió:
Si un demonio burlón me preguntara qué beneficio me había reportado haberme despojado de las esperanzas y consuelos que abriga la masa humana… [respondería] que la verdad es mejor que muchas otras ventajas. He indagado las razones de mi creencia y, aunque tuviera que perder mujer, hijos, nombre y fama, uno tras otro…, no querría mentir… Me niego a depositar mi fe en lo que no esté fundado sobre una prueba suficiente; no puedo creer que los grandes misterios de la existencia se me puedan abrir de otra manera.
Richard Milner, DICCIONARIO DE LA EVOLUCIÓN.
martes, 7 de abril de 2009
TERCERAS JORNADAS ATEAS Y BLASFEMAS
Muere Bakunin y llega al infierno; allí, por supuesto, es recibido por el demonio en persona quien lo condecora por su inmensa labor atea y anticlerical. Luego es enviado a un sector de privilegios, libre de torturas y malos tratos. A los pocos días una insurrección violenta se desata en ese sector la cual, al ser aplastada por las huestes infernales, se descubre fue impulsada por el viejo Bakunin.
Como castigo es trasladado a un sector normal en donde se producen toda clase de tormentos. A los pocos días, en un recorrido de inspección, el demonio descubre que los castigos ya no se producen: el sector está en huelga en solidaridad con los trabajadores expulsados del primer sector. Así es que Bakunin es trasladado al pozo más profundo del averno en donde las condiciones de calor extremo y tormento permanente —confía el diablo— lo tendrán entretenido.
Con el correr de los días una inmensa columna de demonios de toda laya asciende desde el fondo del averno con banderas rojinegras y cánticos espeluznantes. Reclaman: jornada laboral de ocho horas, vacaciones pagadas, equiparación de los sueldos y comodidades con el primer sector. Vencido el demonio resuelve enviar a Bakunin al cielo, mataría dos pájaros de un tiro: volvería a tener control absoluto del averno y le generaría a Dios un caos en el paraíso.
Ansioso por reír ante Dios, a los quince días asciende el demonio y se presenta a las puertas del paraíso, allí se encuentra un inmenso cartel que dice: «Paraíso colectivizado»; debajo de él, se encuentra San Pedro con un birrete rojinegro y un fusil al hombro.
Al verlo el demonio se le acerca y le pregunta: —¿Qué tal, San Pedro, cómo van las cosas por aquí?
San Pedro responde: —Todo tranquilo.
Nuevamente el demonio: —¿No ha venido por aquí un tal Mijail Bakunin?
San Pedro: —Sí así es, está adentro, ¿por qué?
Demonio: —Sólo quería saber si Dios había tenido con él algún problema.
San Pedro toma de los hombros al demonio y le dice: —¡Me extraña compañero, sí todo el mundo sabe que Dios no existe!
Ese chiste sobre Bakunin ha sido contado de muchas maneras y yo he recogido el que pone Frank Mintz en la compilación de textos de este revolucionario decimonónico bajo el título: Bakunin. Crítica y acción de Libros de Anarres.
Y con este chiste, quedan inauguradas, para este año 2009, las Terceras Jornadas Ateas y Blasfemas.
domingo, 5 de abril de 2009
viernes, 3 de abril de 2009
El Tridente Catacrocker
miércoles, 1 de abril de 2009
Campo de los almendros
Ya que hoy es el 70 aniversario del final de la Guerra Civil (mejor dicho: «No llegado la Paz, ha llegado la Victoria», última frase de la película y obra de teatro Las bicicletas son para el verano), que conllevo el reconocimiento internacional de la dictadura de Franco, miles de represaliados y un régimen criminal, vergüenza de este país y del mundo, que algunos todavía no quieren condenar... y hasta justifican. ¡Allá ellos!
Os pongo un trozo del sexto y último capítulo de la miniserie de la BBC La Guerra Civil española, que habla sobre el ignominioso campo de concentración de Albatera, donde centenares, o miles, de republicanos fueron llevados desde el puerto de Alicante, donde esperaban la llegada de barcos que nunca llegaron.
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