viernes, 2 de diciembre de 2011

Ni todos los monos son acérrimos vegetarianos

Sigo defendiendo la postura de que los humanos somos omnívoros —comemos tanto productos vegetales como carnes y pescado—, una parte de nuestra alimentación es de origen animal, a pesar de que algunos lo nieguen (mientras opten por un tipo de alimentación vegetariana voluntariamente y sin imponerla a menores en pleno desarrollo biológico, mis más sinceros respetos).

Pero en nuestro orden taxonómico de los Primates tampoco somos un grupo de mamíferos puramente fitófagos, los hay insectívoros y también hasta cazadores ocasionales. Aducir que nosotros los humanos no somos en parte carnívoros, al igual que algunos de nuestros parientes antropomorfos, pues no es cierto. Otra cosa es que debido a nuestra forma de vida moderna y sedentaria consumimos en exceso productos cárnicos y grasas animales innecesariamente, y con un alto riesgo para nuestra salud.

El antropólogo Marvin Harris en su libro Bueno para comer (de 1985) puso algo al respecto sobre nosotros los simios y nuestros hermanos los monos:

Además, descendemos [los humanos] según parece de un antiquísimo linaje de animales aficionados a la carne. Hasta hace bien poco, los antropólogos pensaban que los monos y los simios eran absolutamente vegetarianos. Hoy día, la observación más estrecha y meticulosa de los primeros en estado salvaje ha permitido establecer que la mayoría de éstos son tan omnívoros como nosotros. Y muchas especies de monos y simios no sólo son omnívoras, sino que también se asemejan a los humanos en que arman un gran alboroto cada vez que comen carne.

Por tratarse de criaturas bastante pequeñas, la principal presa de los monos suelen ser insectos, más que mamíferos. Ahora bien, dedican mucho más tiempo a capturar e ingerir insectos de lo que se pensaba hasta ahora. Este descubrimiento ha aclarado un viejo enigma referente al modo en que los monos se alimentan en estado salvaje. Al abrirse paso por la cubierta forestal, muchas especies de monos dejan caer una lluvia constante de restos de hojas y frutas a medio masticar. El posterior estudio de los bocados que consumen comparados con los que desechan indica que los monos, más que descuidados, son escrupulosos. Antes de escoger una fruta, los monos olisquean, palpan, mordisquean en plan exploratorio y escupen lo mordido muchas veces. Pero lo que buscan no es la manzana perfecta, madura, inmaculada del Jardín del Edén; lo que les interesa es dar con aquellas que esconden gusanos. En efecto, algunas especies amazónicas están más interesadas en las larvas que en la fruta. Abren los higos infestados de gorgojos, se comen los gorgojos y tiran los higos. Algunos comen tanto las frutas como las larvas, escupiendo la porción que no está deteriorada. Otros ignoran sencillamente los frutos que no muestran indicios de descomposición causada por insectos. Al elegir frutos con insectos, los monos anticipan las costumbres alimentarias humanas que combinan hidratos de carbono, ricos en calorías, con carne por su efecto de «ahorro de proteínas». Así, mientras los humanos alternan bocados de carne y de plátano, los monos consiguen el mismo efecto por el sistema de elegir frutos completamente infestados de insectos.

Hoy día se sabe, además, que diversas especies de monos no sólo consumen insectos, sino que despliegan una intensa actividad en la caza de pequeños mamíferos. Los babuinos son cazadores particularmente avezados. Robert Harding vio a los babuinos que estudiaba en Kenia matar y devorar cuarenta y siete pequeños vertebrados, incluidas crías de gacela y antílope, a lo largo de un mismo año de observación. En estado natural, los babuinos se pasan la mayor parte del tiempo ingiriendo alimentos de origen vegetal. Pero como sucede con muchas poblaciones humanas que son involuntariamente «vegetarianas», la razón de que consuman sólo pequeñas cantidades de carne puede ser más una cuestión de necesidad que de elección: encontrar y capturar presas adecuadas es para ellos una empresa difícil. Según William Hamilton, los babuinos observados por él en Namibia y Botswana, siempre que pueden elegir, prefieren en primer lugar alimentarse a base de sustancias de origen animal; en segundo lugar, vienen las raíces, las semillas de gramíneas, las frutas y las flores, y por último las hojas y la hierba. Hamilton descubrió que, en las estaciones en que abundan los insectos, los babuinos dedican hasta el 72 por 100 de su tiempo a comerlos.

El hallazgo más sorprendente acerca de los hábitos carnívoros de los primates subhumanos consiste en que los chimpancés, nuestros parientes más cercanos en el reino animal, son cazadores apasionados y relativamente eficaces. (¡Lástima para la teoría, eternamente popular, de que los humanos son los únicos «simios asesinos»!) Geza Teleki estima —basándose en una década de observación en el Parque Nacional Gombe, de Tanzania— que los chimpancés consagran aproximadamente un 10 por 100 de su tiempo a cazar pequeños mamíferos (en su mayor parte, babuinos jóvenes, otros tipos de monos y cerdos salvajes). R.W. Wrangham observó a los chimpancés del mismo parque capturar y devorar, por orden decreciente de frecuencia, monos colobos, cerdos y patos silvestres, monos de cola roja, monos azules y babuinos. Teleki calcula que los machos adultos consumen carne de animales una vez cada quince días. Con frecuencia, los cazadores cooperan entre sí. Hasta nueve chimpancés, en su mayor parte machos, ocupan y desocupan posiciones y coordinan sus movimientos, a veces durante una hora o más, con el fin de rodear a la presa e impedir efectivamente que escape. Una vez capturada, los chimpancés suelen pasarse varias horas desgarrando el cadáver y devorándolo. Muchos individuos reciben una porción. Algunos «limosnean» un bocado colocando las palmas de sus manos bajo la barbilla de un macho dominante; otros se disputan los pedazos unos a otros, lanzándose una y otra vez a recuperar los fragmentos que se dejan caer, comportamiento que rara vez se da cuando la comida se basa en alimentos vegetales. Por un medio u otro, hasta quince individuos diferentes —en su mayoría machos— comparten la misma presa.

No veo cómo puede ser puro capricho o coincidencia que los alimentos de origen animal despierten un comportamiento especial entre tantos grupos humanos y también entre nuestros parientes primates. Esto no quiere decir, sin embargo, que considere que los seres humanos se ven obligados a buscar y consumir tales alimentos a causa de una programación genérica análoga a la que empuja a los leones, las águilas y demás carnívoros verdaderos a alimentarse de carne. Los hábitos alimentarios de las distintas culturas muestran demasiadas variaciones en cuanto a las proporciones respectivas de alimentos de origen vegetal y animal como para sostener la idea de que reconocemos instintivamente en los alimentos de origen animal algo que debemos comer. Una explicación más verosímil es que la fisiología y los procesos digestivos propios de nuestra especie nos predisponen a aprender a preferir los alimentos de origen animal. Tanto los humanos como nuestros primos los primates prestan una especial atención a este tipo de alimentos porque éstos reúnen unas características especiales que los hacen excepcionalmente nutritivos.

[…]

De hecho, uno de los rasgos que distinguen a la fisiología humana es que nuestro tracto digestivo sólo puede dar cuenta de pequeñas cantidades de fibra. Al objeto de extraer la energía y los nutrientes esenciales a partir de una dieta rica en fibra vegetal. se requieren intestinos largos y voluminosos, o «cubas» de fermentación especiales como las que poseen las vacas y las ovejas. Para que un animal pueda subsistir a base de plantas fibrosas, debe pasarse la mayor parte del día comiendo. Algunos de los grandes simios presentan muchas de las características de los animales adaptados a dietas basadas en hojas y plantas leñosas, esto es, ricas en fibra y poco concentradas desde el punto de vista de la nutrición. El gorila come continuamente, tiene una digestión lenta y transforma por fermentación la fibra de celulosa en su voluminoso colon. Los experimentos indican que entre el momento en que el chimpancé o el gorila comen algo y la primera aparición de material fecal transcurren treinta y cinco horas. Los humanos tienen un intestino delgado prolongado, al igual que los gorilas y los chimpancés; pero nuestro colon es notoriamente más pequeño. Aunque en él se produce una absorción limitada de nutrientes, su función principal (aparte de la eliminación) consiste en reabsorber los fluidos orgánicos. En el intestino humano, el tiempo de tránsito es bastante rápido. Los seres humanos vienen a tardar unas veinticinco horas en evacuar unos pequeños señalizadores de plástico tragados con la comida. Este experimento indica que nuestro sistema digestivo no se adapta bien a las dietas fibrosas; antes bien, estamos adaptados, por lo que parece, a «productos dietéticos de alta calidad, concentrados en cuanto al volumen y rápidamente digeribles». Los alimentos de origen animal son exactamente lo que exige esta fórmula.

MARVIN HARRIS

6 comentarios:

Ruth López dijo...

Tengo una duda: si en teoría debido a la longitud de nuestro intestino y su morfología en general es más apropiada para una dieta basada en carne... ¿Por qué no es recomendable para la salud el exceso o el aumento de ingesta de carnes rojas, huevo, etc. que existe hoy día? ¿Es porque el resto de órganos del cuerpo no se han adaptado? Obviamente no. Sí ha evolucionado nuestro intestino desde tiempos remotos en los que se lleva consumiendo carne y se ha ido aumentando su índice de consumo y por tanto, también el enfermedades a su causa. Entonces no podría decirse que esa pequeña diferenciación en nuestra morfología del intestino con respecto a nuestros ancestros sea porque nuestro intestino esté apropiada a una preferencia cárnica. Claro que está preparado para ingerir algunos tipos de producto animal en pequeñas proporciones (y me refiero a una verdadera reducida cantidad en comparación a lo que ingerimos hoy día) que son beneficiosas para el organismo. Otros productos como la carne roja no están para nada recomendados. Actualmente, se ha hecho habitual el motivo de causa de muerte por enfermedades causado por esta ingesta desmesurada de carne.

Ruth López dijo...

Por cierto, si le das a cualquier persona a elegir entre una tarta de chocolate con una lechuga, también elegiría la tarta como primera elección de consumo y no significa que porque te infles a tarta, vas a estar muy sano o es tu dieta básica.
El problema no está en que esté más el hecho de "comer carne" en su instinto básico porque sí estamos preparados para alimentarnos de esos productos carnívoros aunque en menor medida. El problema es que pudiendo sustituir ese tipo de alimentos por otros y compensando la ingesta de esos productos por otros, puedes evitar a contribuir a la explotación a nivel global ya que la industria ganadera es una de las principales causas de la la explotación del planeta y de los animales, no sólo de una vaca, ni de un cerdo, sino también de las personas (sí amigo, nosotros también somos animales, mamíferos en concreto y esto, es innegable). Entonces digo yo, ya que algo que también es propio del hombre es "ser humano", ¿no lo somos? Resulta que como animales que somos todos sentimos el mismo dolor: si a ti te pegan un puñetazo, te dolerá igual que al cerdo al recibir otro. Si a un ternero le despedazo, siente el mismo dolor que si a un bebé de 4 meses le hicieran semejante barbaridad. Emocionalmente el daño percibido no es exactamente el mismo pero sí parecido. Si a una vaca que ha dado a luz le separas su cría, también llora (no voy a explicar los vínculos que nosotros tenemos con nuestra especie, sino que también tienen entre el resto de ellas). Entonces sí, los animales sufren con la misma intensidad que nosotros físicamente y en parte emocionalmente. Pues bien, esas barbaridades no es que no las quiera para las personas, es que no las quiero ni para el resto de animales! Pobrecitos, a mí si me hacen eso, bueno, preferiría no haber nacido claramente ósea que imagínate para sufrir lo que hay que sufrir en un matadero por ejemplo (muy bonito el nombre, me da sensación de humanidad y todo).

Ruth López dijo...

Hay que ser un poco altruista y mirar no sólo que me apetece comer un costillar a la barbacoa sino todo lo que comer ese costillar o ir al Mc Donald's conlleva. Claro que estamos preparados para comer carne, pero también podemos sobrevivir a una edad adulta sin comer carne (cantidad diaria de carne recomendada por Harvard: 0 por ciento. Innegable también, no por nada, es que me parece que en Harvard algo de inteligencia se cultiva, digo yo). Y no tomar esa opción únicamente y exclusivamente entonces por el mero placer de degustar la carne, por el mero gusto de comerme una McPollo o unas costillas a la barbacoa, me parece egoísta, egoísta y egoísta. Peeeeeeeeeeeeeeeero resulta que una tendencia en el ser humano también es esa, el egoísmo. No hace falta que mencione por qué es uno de los principales motivos los que se generan la mayoría de los problemas. En algunos prima más una tendencia que otros para algunos temas. Es obvio desde mi punto de vista que soy vegetariana y para mí ha primado más mi sentido de la humanidad hacia el resto de animales.

KRATES dijo...

El hecho de que los humanos y otros primates comamos carne, no implica que seamos estrictamente carnívoros. También necesitamos alimentos de origen vegetal para nuestra dieta. Como ya dije somos OMNÍVOROS.

¿Por qué es inmoral matar animales para comer, en cambio no lo es matar plantas? Las plantas son también seres vivos, seres vivos que sienten diferentemente, y más, que los animales, pero seres sintientes son.

Gabriel dijo...

Bueno Ruth, eso de que comer carne y huevos es malo para la salud, no se de dónde lo has sacado ( al igual que el autor del artículo ) en el que coincido en todo excepto en eso. No conozco pruebas científicas que apoyen ese postulado, ergo de ahí en adelante , solo queda el aspecto moral que respeto pero no comparto, como muy bien te responden , es necesario matar para sobrevivir, pueden ser plantas , animales o las dos cosas , otro tema muy serio que habría que tratar es como se cuida de esos animales que no me gusta nada como se les trata hasta el momento de su matanza.

Javier Pérez dijo...

Yo también he hablado de esto hace poco, en relación con el discurso pseudonaturalista:

http://txazu.blogspot.com.es/2016/03/como-somos-monos-solo-debemos-comer.html