miércoles, 2 de marzo de 2011

¡QUE ARDAN TODAS LAS PATRIAS! (IV)

Cuarta entrega de este interesante ensayo de los compañeros del GAS. En este caso ya nos hablan de esa gente que se denomina «nacionalista de izquierdas»... ¡Qué les den!



(Otra globalización es posible)

IV

Los nacionalismos se disfrazan de izquierda

Ya entrado el siglo XX los ideólogos de estos pequeños nacionalismos se dan cuenta de que las masas, cada vez más influidas por ideas socialistas (en una época en la que el Movimiento Obrero es especialmente pujante) desconfían de ellos porque su carácter burgués y conservador se notaba a la legua. Es entonces cuando los distintos nacionalismos patrios empiezan a desarrollar ramas izquierdistas para infiltrarse en las filas del Movimiento Obrero. Esto no es nada extraño, también la Iglesia Católica ante el avance del socialismo y el laicismo que éste implicaba se sacó de la manga el cristianismo de base y los curas rojos. En ambos casos la estrategia es clara: se trata de crear un movimiento con un barniz izquierdista que oculte un núcleo central reaccionario. Puro confusionismo ideológico.

Sin embargo, al principio el Movimiento Obrero no cae en la trampa. Así, Anselmo Lorenzo, padre del anarquismo español, ya a principios de siglo arremete contra la demagogia nacionalista en un artículo titulado «Ni Catalanistas ni Bizkaytarras». Lorenzo primero desmonta la falacia del «hecho diferencial» que hace a los nacionalistas reclamar derechos especiales o, dicho de otra manera, privilegios para su pretendida nación:>

«Cataluña y las Provincias Vascas tienen de seguro fundados motivos de queja contra el Estado español, como lo tienen todas las demás regiones y provincias, aunque no se quejen; como lo tienen todos los individuos.»

Da en el clavo Lorenzo cuando explica bien claro cómo para lo único que quieren los líderes nacionalistas a los obreros es para que hagan de carne de cañón en la guerra en la que se emancipe de España su pequeña patria, que será un nuevo Estado con burgueses y proletarios, capitalismo y policías. Citamos literalmente:

«(…) el catalanista (...) esto también el bizkaytarra, echan pestes contra el madrileño, pobre diablo que en la asamblea de las regiones viene a ser lo que el burro en la de los animales, y lejos de censurar al Estado por lo que como tal institución tiene de absorbente, tiránica y odiosa, aspiran a fundar nuevos Estados más pequeños, en que ellos, los propagandistas de hoy y los gobernantes de mañana, conserven sin alteración los mismos males que la sana crítica halla siempre en todos los Estados.»

Y remata magistralmente el artículo remitiéndonos al internacionalismo propugnado por la I Internacional, separando la liberación nacional, que es cuestión de la burguesía nacionalista, de la liberación de clase, que es el auténtico problema del proletariado. Además, advierte que la política nacionalista tiende a destruir la solidaridad de clase entre los trabajadores pues los líderes nacionalistas de turno intentarán convencer a los trabajadores de sus «patrias» respectivas que el enemigo es el trabajador español:

«Al seguir a catalanistas y bizkaytarras, los trabajadores que tal hiciesen por lo pronto sólo conseguirían desvirtuar con los hechos aquella gran verdad tiempo ha reconocida: “La emancipación de los trabajadores no es un problema local (ni regional añado yo) ni nacional”, y se harían enemigos de los trabajadores de otras regiones, incluso los de Madrid, donde también hay obreros, aunque otra cosa quieran hacer creer los catalanistas y bizkaytarras que llevan un madrileño montado en la nariz.» [38]

Uno de los primeros pasos en la invención de un nacionalismo «de izquierdas» los da el nacionalismo catalán con la creación de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Del falso izquierdismo de la Esquerra da cuenta Jacinto Toryho, miembro de la CNT y de la FAI y director del periódico Solidaridad Obrera, al afirmar que la Lliga Regionalista (catalanistas de derechas) y ERC (catalanistas de izquierdas)

«en lo social no eran fracciones diferentes, sino dos expresiones reaccionarias a las que solamente separaba un matiz partidista electorero [39]».

Según José Peirats, uno de los objetivos de la Esquerra era neutralizar la poderosa influencia de la CNT en Cataluña, organización que por su carácter internacionalista constituía un obstáculo para los planes separatistas de los nacionalistas catalanes. ERC incluso llegó a formar una organización específicamente obrera y catalanista, la Federación Obrera Catalana (FOC), rival de los «murcianos» [40] de la CNT pero fracasó. Entonces el catalanismo de «izquierdas» empezó a difundir la idea de que el anarcosindicalismo era algo extranjero, de importación [41]. Peor aún: cuando la II República le concedió competencias en orden público a la Generalitat los nacionalistas, en el gobierno autonómico, formaron un cuerpo parapolicial integrado por miembros de las juventudes de Estat Catalá (facción mas extremista de la Esquerra), los «escamots», que secuestraron, torturaron y asesinaron con total impunidad a no pocos militantes de la CNT y la FAI bajo el mandato del Consejero de Gobernación de la Generalitat Josep Dencás (ya advirtió el presidente Lluis Companys, según contaba el destacado militante ácrata Juan García Oliver, que a los anarquistas, especialmente a los de la FAI, había que «apretarles los tornillos» [42]). De Dencás, por cierto, Toryho escribió:

«Dencás era un separatista que odiaba a España con fervor satánico. Poseía todos los rasgos que el psiquiatra halla en el paranoico. Con anterioridad a la República había militado en la Lliga. Luego se pasó a la Esquerra y Estat Catalá. Siendo diputado de las Cortes Constituyentes, su pueril fervor antihispánico le llevó a desgarrar con una hoja de afeitar los escudos de la República Española que había grabado en los pupitres de los escaños correspondiente a Esquerra Catalana.»

Por su parte, Joaquín Maurín, militante del POUM opinaba de este personaje lo siguiente:

«Dencás, jefe de la fracción de “Estat Catalá”, turbio en sus propósitos, no podía ocultar sus intenciones deliberadamente fascistas. Todo su trabajo de organización y toda su actividad política tendían hacia un objetivo final: un fascismo catalán. Su declaración de guerra a los anarcosindicalistas, sus “escamots” de camisas verdes regimentadas, todo eso tenía un denominador común: el nacional socialismo catalán.» [43]

Aquí habría que añadir que Josep Dencás, había ido hasta Italia para buscar el apoyo de Mussolini para la causa catalanista [44], de hecho los «escamots» por él creados eran una opia de las milicias fascistas mussolinianas.

No parece, pues, que los nacionalistas catalanes hicieran un gran servicio a la II República. De hecho, siempre estuvieron conspirando contra ella como demuestra el conato de secesión de octubre de 1934, que fracasó gracias al desmarque de la CNT, que tenía pensado secundar la insurrección de Asturias pero que desconvocó todas las acciones para que los nacionalistas no aprovecharan la confusión para pescar en río revuelto. Esto hizo a la CNT ganarse la antipatía de ERC, cuya facción Estat Catalá se alió con los estalinistas del PSUC para atacar a la CNT durante los «sucesos de mayo del 37» en los que murió más gente que durante el 19 de julio del 36.

Hay que decir, no obstante, que el ejemplo de la CNT en Cataluña no cundió en buena parte de la izquierda no nacionalista. Así el estalinismo, siempre jugó con dos barajas, la centralista con el PCE y la separatista con el PSUC en Cataluña. Tampoco se salva el POUM, partido que estaba formado por dos facciones marxistas críticas con Moscú, una de las cuales, el Bloque Obrero y Campesino, había tomado parte en el intento de secesión de Cataluña en 1934. No es extraño que Trotski desconfiara de esta formación política, que nunca llegó a formar parte de la IV Internacional. De hecho, el mítico líder bolchevique describió la ideología del ya citado Maurín, dirigente del Bloque Obrero y Campesino, como «nacionalista-provinciana y pequeño burguesa» además de un «galimatías ecléctico» [45]. No es de extrañar, pues, que el trotskismo patrio posterior haya tenido tanto lastre nacionalista (recordemos que parte de una de las más emblemáticas formaciones trotskistas de la década de los 70, la Liga Comunista Revolucionaria, procedía de una escisión de ETA V Asamblea).

Pero tras el triunfo franquista en la Guerra Civil, el panorama cambia. Por un lado, la represión de la dictadura de Franco se cebó no sólo en socialistas, comunistas y anarquistas, sino también en los nacionalistas periféricos, a pesar de que muchos de ellos, como hemos visto, ideológicamente no estaban lejos del franquismo. Por otro lado, el Eje es derrotado en 1945 y la propaganda aliada airea el horror al que había llegado el nacionalismo etnicista de los nazis. A partir de entonces, los nacionalismos adoptan una apariencia más izquierdista (¡hasta una parte del carlismo se declaró «socialista» y «autogestionario» cuando Franco lo marginó del Poder!) y purgan su mensaje de contenidos racistas. Desde la clandestinidad nuestros nacionalistas se suben al carro de las luchas de «liberación nacional» del Tercer Mundo, especialmente desde finales de los 50 por la influencia de la Revolución Cubana, construyendo a partir de ese momento falsas analogías entre las colonias del Tercer Mundo y el País Vasco y Cataluña, algo ridículo pues, como ya se ha dicho, las burguesías catalana y vasca eran las más ricas de España y mantenían con el resto de las regiones más pobres del país (Extremadura, Andalucía, algunas zonas de las dos Castillas, etc.), de las que recibía una mano de obra barata para su industria, una relación casi colonial. Y no tuvieron ningún reparo nuestros independentistas en declararse «marxistas» a pesar de que Marx había dejado bien claro el carácter reaccionario de los movimientos que luchan por la vuelta a las pequeñas nacionalidades basadas en fronteras feudales dentro de los estados modernos europeos. Y con la llegada de la democracia y el nuevo Estado de las Autonomías las reivindicaciones de las «nacionalidades históricas» se hace omnipresente en todos los programas de izquierda. Tanto es así que incluso en el Movimiento Libertario hubo un fuerte debate que no se reflejó en sus acuerdos aunque sí en su prensa. Según explicaba Juan Gómez Casas en 1982:

«Las preocupaciones nacionalistas derivadas de las autonomías irrumpieron también en la CNT y en el Movimiento Libertario en nuestro tiempo. Aunque el tema no llegó a ser tocado en ningún pleno nacional de regionales ni en los congresos de este tiempo, por estar perfectamente definidas en las previsiones ideológicas de la organización las alternativas federalistas, en sí plenamente libertarias, la polémica sobre nacionalismo sí saltó también a las páginas de nuestros periódicos. Por parte de algún compañero la historia, la lengua y la cultura eran factores a tener en cuenta en las polémicas en curso. Personalmente mantuve algunas en el periódico CNT y el tema fue objeto de sustancial análisis en el editorial del número 109 de Solidaridad Obrera del 4 de abril de 1982. Se afirmaba aquí: “En este editorial no se trata este tema por casualidad. Se trata porque creemos que en sectores de la organización se plantea, se analiza y se discute sobre nacionalismo. Este debate sería absurdo ocultarlo o negarlo. Es más positivo contribuir a fomentarlo y a que se tomen posturas claras” El editorial afirmaba después que la CNT es una organización que se creó y funciona bajo esquemas federalistas, por lo que las personas y organizaciones que forman la CNT se han unido entre sí de forma totalmente libre. Luego se decía que el proyecto de sociedad que se planteaba la CNT era también federalista, es decir, equivalía a la unión libre de personas y estructuras que componen esa sociedad. Porque “sería erróneo y peligroso el permitir que la pertenencia a la misma comunidad cultural, lingüística y geográfica de un obrero y su patrón, amortiguara, escondiera u oscureciera el enfrentamiento fundamental de intereses y de aspiraciones entre un patrón y un obrero, entre un explotado y su explotador”. También porque un Estado, sea de la nacionalidad que sea, es siempre un instrumento de presión. No olvidemos que las burocracias estatales, hablen la lengua que hablen y lleven la bandera o el uniforme que lleven, sean nacionalistas o no, son un brazo de represión.» [46]

No obstante, aunque el nacionalismo tras la Transición haya ocultado su vena racista, su propensión a la xenofobia y su horror patológico al mestizaje siguen bien patentes en su discurso. Así Heribert Barrera, histórico dirigente de ERC en una entrevista concedida al diario La Vanguardia del 1/03/2001 llegó a sumarse al discurso del PP o incluso al de Democracia Nacional al aconsejar a los inmigrantes que se quedaran en su país, ya que según él,

«Ésa es la amenaza de la inmigración para el futuro del catalán: hoy se usan catalán y castellano casi por igual, pero si sigue este flujo inmigratorio..., el catalán desaparecerá. (…) Si desaparece el catalán, desaparece la identidad catalana: desaparece Cataluña.»

Esto es muy típico del nacionalismo, a saber, la obsesión por abstracciones metafísicas, como el preocuparse más por la conservación de un rasgo cultural (la lengua en este caso) que por el bienestar de los individuos de carne y hueso. Lo cierto es que estos rasgos culturales están constantemente cambiando, para desgracia de la mentalidad inmovilista de los nacionalistas, que tienen un concepto absolutamente estático (¡e irreal!) de la «cultura». Esto es muy propio del pensamiento conservador, que se refugia en el pasado cuando le asustan los cambios del presente. De ahí que Barrera afirme:

«La Cataluña que más me gusta es la de antes de la guerra.»

Sin embargo, el mestizaje avanza por mucho que le pese a un nacionalista como Heribert Barrera, quien ante la pregunta de si le molestaría ver mezquitas en su patria responde:

«No por la religión, que yo soy agnóstico, sino porque significaría un cambio cultural y social de mi país, y yo no deseo eso. (…) Mejor iglesias que mezquitas, puesto que tenemos la cosa así. Es mejor un reparto geográfico de las doctrinas: allí, mezquitas; aquí, iglesias. ¿Para qué mezclarlo todo? ¡Cada cosa en su sitio!»

Pasando por alto lo sui géneris de su agnosticismo (ya hemos explicado la estrecha conexión nacionalismo-Iglesia), he aquí de nuevo el eterno leitmotiv del nacionalismo, la segregación de los seres humanos por «culturas». Cada oveja con su rebaño.

Y ese eterno odio al mestizaje es el que mueve el último proyecto conjunto de nacionalistas patrios y de allende los Pirineos, la llamada «Europa de los Pueblos». Se trataría de dar voz (o más bien poder) a las pequeñas nacionalidades «aplastadas» por los grandes estados mestizos de la Unión Europea. Y para ilustrar el asunto se ha llegado a editar una suerte de mapa «étnico» en el que se indica cuál es el hábitat de cada nacionalidad. Lo que no dicen nuestros nacionalistas es que este tipo de proyectos no es nuevo. Ya un personaje como León Degrelle, un destacado miembro de las Waffen-SS belgas, y otros correligionarios nazis idearon al final de la II Guerra Mundial un plan para dividir Europa en pequeñas nacionalidades que impidiera todo mestizaje. Degrelle, que se refugió en la España franquista, criticó del estado español su carácter mestizo, tan contrario al espíritu del Mein Kampf de Hitler [47]. Y en 1973 en un acto en Madrid presidido por la señera catalana y un pendón de Castilla, formó su propio partido, CEDADE, una organización neonazi que abogaba por la disolución de España en pequeños estados «étnicos», coincidiendo así con nuestros nacionalistas de «izquierdas» [48].


NOTAS:


[39] Toryho, Jacinto: Del triunfo a la derrota, ed. Argos Vergara, 1977.

[40] Según José Peirats en Los anarquistas en la crisis política española (1869-1939): «los nuevos políticos catalanes [nacionalistas] explotaban la xenofobia más vulgar propagando que la CNT estaba compuesta exclusivamente de muertos de hambre procedentes de las zonas paupérrimas del sur de España. En cabeza de estos inmigrantes estaban los oriundos de Murcia.»

[41] ¿No recuerda esto a los razonamientos del nacionalista ultraderechista Sabino Arana cuando decía que las ideas liberales o socialistas no eran propiamente vascas sino que habían sido traídas por el invasor «maketo»? ¿En qué se diferencia el nacionalismo de izquierdas del nacionalismo de derechas? Tan sólo en el envoltorio.


[43] V. nota 39.

[44] Con todo, éste no fue el único contacto de nacionalistas con las potencias fascistas; también el Lehendakari vasco en el exilio, José Antonio Aguire, en plena II Guerra Mundial viajó a la Alemania nazi a buscar el apoyo del III Reich para el proyecto de independencia del País Vasco. Allí, por cierto, entre misa y misa, Aguirre cenó con diplomáticos del gobierno de Franco.
http://tellagorri.blogspot.com/2007/05/lehendakari-aguirre-visita-hitler.html


[46] Gómez Casas, Juan: Relanzamiento de la CNT (1975-1979), Móstoles, CNT-AIT, 1984.

[47] «Repugnante me era el conglomerado de razas reunidas en la capital de la monarquía austriaca; repugnante esa promiscuidad de checos, polacos, húngaros, rutenos, serbios, croatas, etc. y, en medio de todos ellos, a manera de eterno bacilo disociador de la humanidad, el judío y siempre el judío.» Así describía Hitler en su Mein Kampf el mestizaje existente en su país natal: Austria.
http://radioislam.org/historia/hitler/mkampf/pdf/spa.pdf

[48] Un proyecto análogo se halla reflejado en el libro Red In The Face de James Ridgeway. En él se encontrarán unos interesantes mapas étnicos de los EE UU que representan el ideal de segregación racial del Ku Klux Klan. En ellos la extrema derecha americana ubica a cada «etnia» (blancos, afroamericanos, judíos, etc.) en un territorio perfectamente delimitado, manteniendo siempre la «raza caucásica» el control sobre las tierras más fértiles y extensas.


* Para que no haya equívocos, todos los comentarios a este texto, es preferible que se efectúen en esta dirección:
http://grupostirner.blogspot.com/2011/02/que-ardan-todas-las-patrias.html

¡QUE ARDAN TODAS LAS PATRIAS! (III)

Y con ésta, ya son tres, la tercera parte del texto antinacionalista del Grupo Anarquizante Stirner. Como bien nos dicen: todo tipo de nacionalismo tiene raíces ultrarreaccionarias.


(Otra globalización es posible)

III

Los orígenes ultramontanos de los nacionalismos patrios

Las raíces de los pequeños nacionalismos que han crecido desde el siglo XIX dentro del «Estado español» no pueden ser más reaccionarias. De hecho, constituyen claros precedentes del fascismo (¡mucho antes de que se fundara Falange Española!) puesto que se adelantaron al mismo Hitler en usar el argumento de la supremacía racial. Igual que el padre del nazismo, los ideólogos de tales nacionalismos recibieron el influjo de la historiografía romántica de mediados del siglo XIX que se inventó una serie de mitos (celtismo, arianismo [21], etc.) para justificar el dominio de la «raza blanca» en el mundo, en una época en la que el imperialismo europeo alcanzaba su culmen.

Así, el mito del celtismo fue especialmente cultivado por el nacionalismo gallego desde la época del llamado «Rexurdimento» en el siglo XIX. Para empezar habría que precisar que las evidencias históricas demuestran que, en primer lugar, los «celtas» fueron un pueblo o conjunto de pueblos de la II Edad del Hierro de los que apenas sabemos nada porque nada dejaron escrito [22] y que hoy día los historiadores sólo hablan de «celtas» en el caso de las culturas de Hallstat y La Tène (ambas ubicadas en Centroeuropa), y que, en segundo lugar, Galicia no era más celta que el resto de la Península Ibérica, si acaso algo menos, pues se cree que fue celtizada leve y tardíamente por pueblos que venían de la Meseta Norte (lugar donde tenemos uno de los pocos vestigios de una cultura con características similares a las de Hallstat o La Tène: los vetones de los Toros de Guisando en Ávila) [23]. Una prueba incontestable de que la ascendencia celta de los gallegos es un mito es que la lengua gallega forma parte del grupo de las de lenguas romances, es decir, derivadas del latín, como el castellano, y no al grupo de las lenguas célticas al que pertenece el gaélico [24]. Pero todo esto trae sin cuidado al nacionalismo que, irracional por naturaleza, sólo está interesado en aglomerar al mayor número de adeptos posibles en torno de mitos nacionales apelando al más ciego sentimentalismo. Sea como fuere, los nacionalistas del «Rexurdimento» fabricaron una imagen mítica de una Galicia, de sangre aria al descender de celtas y suevos (un pueblo germánico que se asentó en el noroeste peninsular tras el hundimiento del Imperio Romano). Por supuesto, para los nacionalistas gallegos ninguno de los otros pueblos que se asentaron en Galicia dejó huella alguna en ella. Según Manuel Murguía, padre del galleguismo y marido de Rosalía de Castro, el pueblo gallego

«por el lenguaje, por la religión, por el arte, por la raza (...) está ligado estrechamente a la grande y nobilísima familia ariana». [25]

Para éste,

«el gallego (…) es un pueblo numeroso y superior por ser por entero céltico (…) por no haberse contaminado por la sangre semita [26]»

que es la que predomina en el resto de España.

Por su parte, ya en pleno siglo XX Alfonso Castelao, otro destacado teórico galleguista, extendió el odio racista de Murguía también a los gitanos, quienes, según aquél, habían infectado con su sangre impura el centro y, sobre todo, el sur de la península (curiosamente el norte de España al completo, queda excluido de su exabrupto). Dejemos que se explique:

«Lo que el mundo distingue como “español” ya no es “castellano”; es “andaluz”, que tampoco es andaluz sino gitano. A este respecto hay que decir que no negamos la hondura cultural de Andalucía, solamente comparable a la nuestra; pero es que allí los fondos antiguos de mayor civilización están ahogados por la presencia de una raza nómada y mal avenida con el trabajo. “Estos son unos hombres errantes y ladrones” —decía el padre Sarmiento—; y si nosotros no apoyamos tan duro juicio, nos mostramos satisfechos de no contar con este gremio en nuestra tierra. El caso es que los gitanos monopolizan la sal y la gracia de España y que los españoles se vuelven locos por parecer gitanos como antes se volvían locos por ser godos. La cosa está en consagrar como español todo cuanto sea indigno de serlo. (...) Pero... ¿Qué son la golferancia y el señoritismo sino un remedo de la gitanería? ¿Qué es el flamenquismo sino la capa bárbara en que se ahogaron los fondos tradicionales de España, la cáscara imperial y austriaca, los harapos piojosos de la delincuencia gitana? Hoy el irrintzi vasco, el renchillido montañés, el ijujú astur, el aturuxo gallego y el apupo portugués están vencidos por el afeminado Olé... Pues bien; los gallegos espantaremos de nuestro país la “plaga de Egipto” aunque se presente con recomendaciones..., porque somos la antítesis de la golferancia y del señoritismo, de la gitanería y del torerismo

Pero lo que realmente saca de quicio a un nacionalista como Castelao es el mestizaje, y para muestra de ello he aquí un botón:

«Siendo Galicia el reino más antiguo de España le fue negada la capacidad para asistir a las cortes, y ésta es una ofensa imperdonable; pero peor ofensa fue la de someternos a Zamora —una ciudad fundada por gallegos, pero separada ya de nuestro reino y diferenciada étnicamente de nosotros—. Con razón el exaltado Vicetto escribió estas palabras: “¿Y quién le negaba (a Galicia) ese derecho de igualdad y solidaridad entre los demás pueblos peninsulares? Se lo negaba la canalla mestiza de gallegos y moros que constituía los modernos pueblos de Castilla, Extremadura, etc.; Se lo negaba, en fin, esa raza de impura, adulterada sangre”.» [27]

Nótese que lo que en realidad molesta a Castelao no es que Galicia fuera excluida de las Cortes sino que los promotores de dicha exclusión fuera esa «canalla mestiza de gallegos y moros».

No obstante, quien se acercó más al nazismo fue el galleguista Vicente Risco. Beato recalcitrante, Risco combatió la II República por considerarla «atea» con la misma energía que abrazó el mito ario aplicado al pueblo gallego, de ahí que llegara a afirmar lo que sigue:

«Sea por la mejor adaptación a la tierra, sea por la superioridad de la raza, lo cierto es que ni la infiltración romana, ni la infiltración ibérica consiguieron destruir el predominio de elemento rubio centroeuropeo [28] en el pueblo gallego.» [29]

Por otra parte, en Risco vuelve a aparecer el antisemitismo visceral para el que llega a reconocer no hay justificación racional alguna pero, como hemos visto, nacionalismo y razón son conceptos que se excluyen mutuamente:

«El odio de las razas radica en un fondo del alma inatacable por el razonamiento. Es un instinto. (...) Y digo yo: ¿es posible que un sentimiento tan unánime contra los judíos no tenga una causa real? Tiene que tenerla. Todo instinto corresponde a una causa; el instinto atina siempre, adivina las causas.»

Vuelve a insistir Risco en la clave del pensamiento nacionalista de ayer y de hoy, a saber, en lo monstruoso del mestizaje que es lo que ha hecho a la impura sociedad mediterránea (la del resto de la Península) inferior a la Galicia aria:

«El mestizaje de las culturas, destructor, esterilizador de la personalidad individual y colectiva, no puede darse más que en pueblos inferiores o en pueblos decadentes, recaídos en la inferioridad.» [30]

Y, en la misma onda que Castelao, exalta la pureza de sangre de los pueblos del norte de la península, especialmente, del pueblo vasco, hermanos de raza aria que cuentan con una poderosa barrera contra el sur mestizo: una lengua que sólo ellos entienden. En sus propias palabras,

«Los vascos tienen limpieza, dinero, instrucción, educación, bellas ciudades, teléfonos, carreteras asfaltadas; pero fijémonos bien en que tienen una conciencia nacional muy fuerte, una soberbia de raza primigenia y un idioma que nadie entiende excepto ellos.»

Pero es el nacionalismo vasco con Sabino Arana a la cabeza quien más explotó la vena etnicista. Arana no habla explícitamente de «raza aria» pero está claro que bebe de las mismas fuentes que sus homólogos gallegos cuando expresa su odio por esa «raza latina» [31], claramente inferior, de la que se compone España:

«Si a esta nación latina la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo, así como pesaría sobre nosotros como la mayor de las desdichas, como agobie y aflige al ánimo del naufrago el no divisar en el horizonte ni costa ni embarcación, el que España prosperara y se engrandeciera.»

En Arana el exabrupto racista toma dimensiones patológicas. Es machista y homófobo cuando declara:

«El bizkaíno es de andar apuesto y varonil; el español, o no sabe andar (ejemplo, los quintos) o si es apuesto es tipo femenil (ejemplo, el torero).»

Imita descaradamente la teoría del superhombre ario de los nazis (que curiosamente ha pasado al folclore popular en forma de chistes de vascos de fuerza descomunal) al afirmar:

«El bizkaíno es inteligente y hábil para toda clase de trabajos; el español es corto de inteligencia y carece de maña para los trabajos más sencillos. Preguntádselo a cualquier contratista de obras y sabréis que un bizkaíno hace en igual tiempo tanto como tres maketos juntos.»

Utiliza el euskera [32] como barrera contra el mestizaje y como arma racista; nada que ver por tanto con un noble sentimiento de amor a ninguna lengua. He aquí la prueba:

«No el hablar éste o el otro idioma, sino la diferencia del lenguaje es el gran medio de preservarnos del contagio de los españoles y evitar el cruzamiento de las dos razas. Si nuestros invasores aprendieran el Euskera, tendríamos que abandonar éste, archivando cuidadosamente su gramática y su diccionario, y dedicarnos a hablar el ruso, el noruego o cualquier otro idioma desconocido para ellos, mientras estuviésemos sujetos a su dominio.»

«Si nos dieran a elegir entre una Bizkaya poblada de maketos que sólo hablasen Euskera y una Bizkaya poblada de bizkaínos que sólo hablasen el castellano, escogeríamos sin debitar esta segunda, porque es preferible la sustancia bizkaína con accidentes exóticos que pudieran eliminarse y sustituirse por los naturales, a una sustancia exótica con propiedades bizkaínas que nunca podrán cambiarla.»

«Tanto están obligados los bizkaínos a hablar su lengua nacional, como a no enseñársela a los maketos o españoles. No el hablar éste o el otro idioma, sino la diferencia del lenguaje es el gran medio de preservarnos del contacto con los españoles y evitar así el cruzamiento de las dos razas.»

Otras veces, el odio de Arana hacia todo lo «maketo» es tan rastrero que entra en contradicción con el mensaje victimista del vasquista que se siente miembro de una «nación oprimida». Así al leer lo que sigue, uno no puede dejar de preguntarse quién es realmente el opresor y quién el oprimido…

«El bizkaíno no vale para servir, ha nacido para ser señor ("etxejaun"); el español no ha nacido más que para ser vasallo y siervo (pulsad la empleomanía dentro de España, y si vais fuera de ella le veréis ejerciendo los oficios más humildes).» [33]

En cuanto al nacionalismo catalán, sus raíces son igualmente racistas aunque sus seguidores se han dado más maña que sus correligionarios vascos y gallegos en ocultarlas. Como en los dos casos anteriormente estudiados, el catalanismo también recibe la nefasta influencia del mito ario desde su origen en los tiempos de la «Renaixença» (movimiento análogo al «Rexurdimento» gallego). Según Pompeu Gener, médico y destacado nacionalista catalán del siglo XIX, existe una raza catalana que (¡cómo no!) es aria, descendiente de los francos, y que contrasta con la chusma que vive al sur del Ebro, que tiene impura sangre semítica (de «moro» y judío):

«Creemos que nuestro pueblo es de una raza superior a la de la mayoría que forman España. Sabemos por la ciencia que somos arios. (…) También tenderemos a expulsar todo aquello que nos fue importado de los semitas del otro lado del Ebro: costumbres de moros fatalistas.»

El lector quizá se haya percatado de la interesante expresión «sabemos por la ciencia» y es que el supremacismo catalán intentó darse un barniz científico, que en realidad fue pseudocientíco pues echó mano de la craneometría, un engendro producido por el furor positivista del siglo XIX que acabó siendo denunciado por la propia Ciencia como un fraude. Así, otro grande del nacionalismo catalán, Valentí Almirall, distinguía dos grandes grupos raciales en España atendiendo a la forma de la bóveda craneal de los individuos. En sus palabras,

«España no es una nación una, compuesta por un pueblo uniforme. Más bien es todo lo contrario. Desde los más remotos tiempos de la historia, una gran variedad de razas diferentes echaron raíces en nuestra península, pero sin llegar nunca a fusionarse. En época posterior se constituyeron dos grupos: el castellano y el vasco-aragonés o pirenaico. Ahora bien, el carácter y los rasgos de ambos son diametralmente opuestos. (…)

»El grupo central-meridional, por la influencia de la sangre semita que se debe a la invasión árabe, se distingue por su espíritu soñador (….). El grupo pirenaico, procede de razas primitivas, se manifiesta como mucho más positivo. Su ingenio analítico y recio, como su territorio, va directo al fondo de las cosas, sin pararse en las formas.» [34]

Y ya en el siglo XX, sería también un médico, el Dr. Puig i Sais, el que advirtiera en su libro El problema de la natalitat a Catalunya. Un perill gravíssim per a la nostra pátria (1915), que los inmigrantes venidos de otras partes de España (especialmente de Murcia y Andalucía) presentaban un mayor índice de natalidad que los catalanes de pura cepa, con lo que peligraba esa «raza catalana» de la que hablaban Gener y Almirall [35].

Pero aparte de racistas, estos nacionalismos tenían (como no podía ser de otra manera) un marcado carácter burgués. No es causalidad que estos nacionalismos surgieran en las zonas donde se asentaba la burguesía más pujante de la Península Ibérica por aquel entonces. Y tampoco es casualidad que se empezaran a desarrollar justo a partir de 1808, cuando España empieza a perder su imperio colonial y se radicalizasen y tomaran un cariz separatista a partir del «Desastre de 1898» cuando se pierde prácticamente todo lo que quedaba del Imperio Español. No es casualidad porque las inmensas fortunas que las burguesías vasca y catalana (la gallega las sigue muy de lejos) llegaron a acumular las consiguieron a expensas del imperialismo español, ése que tanto odian nuestros nacionalistas periféricos. De hecho, un poco antes del «Desastre del 98» el capital catalán era uno de los principales inversores en Cuba, Puerto Rico y República Dominicana, de ahí que hoy día abunde tanto apellido catalán en el Caribe (Pujol, Balaguer, etc.). Por otra parte, la recurrencia de apellidos vascos entre la oligarquía latinoamericana (Uribe, Gortari, etc.) evidencia que a la burguesía vasca tampoco le fue mal haciendo negocios en el seno del Imperio Español. Por otra parte, es interesante observar que, pese a su desprecio por el sur de la península, la burguesía del norte no hacía ascos a los recursos agrícolas y pesqueros de la España meridional y que fue esta burguesía predominantemente la que acumuló el suficiente capital como para adquirir tierras procedentes de las desamortizaciones, razón por la cual, incluso hoy día, buena parte de los «señoritos andaluces» tienen apellidos vascos y catalanes. No es casual que las más conocidas marcas comerciales de productos típicos de Andalucía y Extremadura sean apellidos como Ybarra, Elosúa, Zulueta, Carbonell, etc. Y recordemos que fue precisamente la burguesía que se benefició de las desamortizaciones la que consolidó el caciquismo que mató de hambre al jornalero andaluz.

Otro rasgo determinante de estos nacionalismos del norte peninsular es su furibunda religiosidad. Es interesante comprobar que precisamente fue el Norte montañoso, rural y aislado, frente al Sur y al Levante más abiertos al cosmopolitismo y a las influencias foráneas, donde la Iglesia Católica urdió ese plan de limpieza étnica que fue la llamada «Reconquista». De ahí que los nacionalistas de esas zonas piensen que la auténtica fe cristiana esté en ese norte mítico no contaminado por la sangre sarracena [36]. Así, no es raro que Arana, católico fanático, afirmara que

«el bizkaíno que vive en las montañas, que es el verdadero bizkaíno es, por natural carácter, religioso (asistid a una misa por aldea apartada y quedaréis edificados); el español que habita lejos de las poblaciones, o es fanático o es impío (ejemplos de lo primero en cualquier región española; de lo segundo entre los bandidos andaluces, que usan escapulario, y de lo tercero, aquí en Bizkaya, en Sestao donde todos los españoles, que no son pocos, son librepensadores).»

Igualmente es muy notable la conexión de estos nacionalismos norteños y el carlismo, ideología reaccionaria y clerical que tuvo especial preponderancia en el norte peninsular, ya que el principal núcleo de irradiación de ideas liberales era Cádiz, donde, como sabemos, se aprobó la primera Constitución liberal en 1812. De ahí que buena parte del odio hacia el Sur profesado por nacionalistas como Arana, que era hijo de un militar carlista, venga en parte del odio hacia las ideas liberales. Ello explica que éste llegue a afirmar lo que sigue:

«El masonismo o liberalismo no ha penetrado en nuestra Bizkaya por sí solo, ni se ha aplicado aún a nuestras instituciones. Hase introducido con el extranjerismo (…)»

«Contad y examinad a los maketos que invaden el territorio bizkaíno: el noventa por ciento son con seguridad liberales; de esos noventa, unos sesenta serán antes de un mes republicanos, los demás o monárquicos, o socialistas o anarquistas.»

Tampoco es extraña la defensa a ultranza que hace Arana de la Compañía de Jesús, principal foco de la reacción en el siglo XIX y comienzos del XX y enemiga acérrima del liberalismo y el republicanismo:

«Un grande hombre engendró la raza vasca: Ignacio de Loyola. Su obra fue aún más grande: la Compañía de Jesús. Verdaderamente, todo cristiano debe como tal, venerarlos; todo vasco debe, por ser vasco, amarlos. Pero ¿qué les deberá el vasco a quienes los aborrecen, les silban, les apedrean y los persiguen?» [37]

Por otra parte, no hay que olvidar que uno de los padres del nacionalismo catalán, Josep Torrás i Bages, era un obispo carlista.


NOTAS:

[21] El mito ario lo difundieron historiadores románticos centroeuropeos y británicos y se basaba en la supuesta existencia de un pueblo de superhombres blancos, altos y rubios en Asia Central del que descendería la raza blanca europea. Una de las ramas de la familia aria sería la céltica. Por supuesto, todo esto se demostró como falso en cuanto la historiografía se hizo más científica y menos fantasiosa y prejuiciosa.
http://losdeabajoalaizquierda.blogspot.com/2008/01/el-mito-de-la-raza-aria-teora-de-la.html

[22] De hecho, los celtas no se llamaban «celtas» a sí mismos; el término deriva de keltoi que es como los historiadores griegos llamaban a ciertos pueblos de la antigüedad.

[23] Una crítica al mito de la «celticidad» de Galicia está contenido en este artículo de Celtiberia:
http://www.celtiberia.net/articulo.asp?id=809.
Otros ejemplos de presencia auténticamente celta en la Península son: el Soto de Medinilla en Valladolid; Numancia en Soria; o los pueblos célticos del sur de Portugal, Extremadura y zonas montañosas del noroeste de Andalucía.
http://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A9lticos

[24] Por si alguien se está preguntando por la «música celta» gallega, ha de saber que si de los celtas apenas sabemos nada, mucho menos sabemos qué música tocaban , ni con qué instrumentos (la gaita, en realidad, la introdujeron los romanos en la Península Ibérica y en las Islas Británicas, siendo originaria de Asia Menor; además los musulmanes de la península también la tocaban). Lo que hoy se llama música celta es en realidad música folclórica irlandesa y escocesa que ha sido imitada en aquellas latitudes en las que ha hecho furor la celtomanía.

[25] Murguía, Manuel. Galicia, Madrid, Sálvora, 1985.

[26] Murguía, Miguel: El regionalismo gallego. Santiago de Compostela: Follas Novas, 2000.

[27] Castelao, Alfonso: Sempre en Galiza, Madrid, Akal.

[28] Curiosamente, y para desgracia de los nacionalistas norteños, una de las regiones de España en que más gente rubia puede uno ver es Andalucía. La explicación es bien sencilla: en el siglo XVIII, ante la despoblación del campo andaluz el rey Carlos III concedió tierras a colonos alemanes y flamencos católicos. De todas formas, Andalucía también había recibido inmigrantes centroeuropeos en el siglo XVI, cuando gracias al comercio con América, el sur de España, especialmente Sevilla, llegó a ser una de las zonas más ricas de Europa mientras que el norte peninsular era relativamente pobre (al contrario de lo que pasó en el siglo XIX y casi todo el XX). Así, el poeta sevillano Gustavo Adolfo Domínguez Bastida tomó su apellido artístico, Bécquer, de un antepasado de origen flamenco que se asentó en la ciudad hispalense en el Siglo de Oro.

[29] Risco, Vicente: Leria. Vigo, Galaxia, 1961.

[30] Risco, Vicente: Teoría do nacionalismo gallego citado en Salas Díaz, Miguel, Racismo nacionalista en la literatura galleguista de los siglos XIX y XX. Buenos Aires: Edición omaxe, cincuenteario da fundación das Irmandades da Fala, 1966.

[31] Sobre la falta de romanización de los vascones habría mucho que hablar porque precisamente las hordas vasconas procedentes de los Pirineos se enrolaron en masa en el ejército romano para combatir a las tribus céticas enemigas que poblaban lo que hoy es el País Vasco. De ahí que muchos estudiosos consideren que el euskera es en realidad el antiguo idioma aquitano procedente de Francia a través del Pirineo, lo que explicaría por qué las primeras huellas del euskera en el actual País Vasco nos remiten a épocas bastante recientes (V. «La independencia de los vascones» de Armando Besga Marroquín Historia 16, nº 340)

[32] En el siglo XIX el euskera era una lengua fragmentada (muchas veces sus hablantes tenían que recurrir al castellano para entenderse), rural y al borde de la extinción que Arana y otros correligionarios se dedicaron a reinventar de la manera más chapucera metiendo con calzador vocabulario de lenguas exóticas o deformando palabras del latín o del castellano.

[33] Arana, Sabino: Qué somos, Sabindiar-Batzar, Buenos Aires, 1965.

[34] Caja, Francisco: La raza catalana, Encuentro, Madrid, 2010.


[36] Decimos mítico porque salvo una delgada franja en la cornisa cantábrica los musulmanes dominaron el norte peninsular aunque por menos tiempo que el centro y sur. Prueba de ello es que en el monasterio de Leire, en las faldas del Pirineo navarro, ya cerca de Francia, encontramos motivos decorativos geométricos típicos del arte islámico. Además en los primeros siglos de vida de Al-Ándalus, cuando el espíritu cruzado de los reinos cristianos aún no estaba consolidado, no era poco frecuente que los nobles cristianos del norte se aliaran o incluso se emparentaran con nobles musulmanes.

[37] V. nota 33.


* Para que no haya equívocos, todos los comentarios a este texto, es preferible que se efectúen en esta dirección:
http://grupostirner.blogspot.com/2011/02/que-ardan-todas-las-patrias.html

¡QUE ARDAN TODAS LAS PATRIAS! (II)

Y esta es la segunda entrega del texto del Grupo Anarquizante Stirner. ¡A ver si se aclaran algunos que hablan de Internacionalismo como algo que tiene que ver con la identidad nacional! Cuando ha de ser superada.


(Otra globalización es posible)

II

El maridaje entre socialismo y nacionalismo y sus nefastas consecuencias

Uno de los primeros efectos perniciosos de mezclar socialismo y nacionalismo fue contribuir al nacimiento del fascismo. De sobras conocido es que el fundador del fascismo, Benito Mussolini, provenía de las filas de la izquierda italiana. Menos conocido es el caso de Edmundo Rossoni. Rossoni había sido miembro de los IWW en los EE.UU., donde había llegado a escupir en público a la bandera italiana. De vuelta a Italia se afilió a la Unione Sindicale Italiana (USI) en vísperas de la Gran Guerra. Cuando ésta estalló, en la USI hubo un debate interno: la mayoría quería oponerse a la guerra convocando una huelga general pero hubo una minoría encabezada por Rossoni que abogó por intervenir en la guerra, algo que chocaba con las posiciones anarcosindicalistas, necesariamente antimilitaristas, de la USI. Dimitido de la USI, Rossoni y sus correligionarios fundaron la Unione Italiana del Lavoro (UIL) que propuso al proletariado italiano

«aprovecharse del inevitable debilitamiento de las fuerzas estáticas y de la crisis general consecuencia de la guerra, para iniciar una acción común con miras al derrocamiento de los Estados burgueses y monárquicos.»

En 1919, la UIL organizó un congreso en el que se defendió un socialismo «nacional» y la intervención en las guerras pues, según Rossoni,

«El sindicalismo no ha temido a la guerra; y no la temerá, sino que hará la revolución. La historia no ha pertenecido jamás a los incapaces ni a los cobardes: así, el porvenir no pertenecerá a los “neutros” ni a los locos desorganizados y disgregadores, sino a aquellos que anhelan, a aquellos que actúan, a aquellos que son inteligentes, a los productores, a los audaces.»

Obsérvense ya los argumentos basados en la «audacia» y la «valentía», típicos de la retórica mussoliniana; de hecho, Mussolini por aquellas fechas ya exaltaba a la UIL a raíz de una huelga «nacional» convocada por este sindicato. Menos dudas plantean las siguientes palabras de Rossoni con las que éste justifica la defensa de la nación durante la guerra:

«El dinamismo sindical sólo puede basarse en la lucha de clases, porque la clase trabajadora, que aspira a la gestión de la producción, no podrá alcanzar jamás su ideal sino es a través de una serie de batallas contra la clase dirigente…; defender a la nación durante la conflagración europea no significaba, en modo alguno, abandonar la nación victoriosa a la arbitrariedad de la burguesía (…)» [12]

Estaba claro dónde iba a terminar este personaje en su afán de mezclar socialismo y nacionalismo: al poco tiempo Rossoni acabó fundando el primer sindicato fascista.

Otra gran bofetada al ideal internacionalista tuvo su origen en la toma del poder por los bolcheviques en Rusia en 1917. Precisamente fue Lenin uno de los primeros marxistas en defender que la lucha de clases y el derecho de autodeterminación son compatibles cuando los trabajadores viven en una nación colonizada por una potencia extranjera. Esto le llevó a enfrentarse a Rosa Luxemburg, quien le recriminaba que esa fórmula que usaba el nacionalismo (al menos de manera temporal [13]) con fines antiimperialistas sólo conducía a apoyar a la burguesía nacionalista de la nación colonizada. Por su parte, Lenin y sus partidarios argumentaban contra Luxemburg que negar el derecho de autodeterminación de la nación colonizada implicaba apoyar el imperialismo de la nación colonizadora. Sin embargo, desde el punto de vista internacionalista del socialismo originario es muy fácil rebatir el argumento leninista: el genuino internacionalismo proletario propugna la supresión de la sociedad de clases y al mismo tiempo la desaparición de las naciones… por tanto, si no hay naciones tampoco hay nacionalismo que valga, ni grande ni pequeño. Además, la postura leninista tiende a negar o a menospreciar al proletariado revolucionario que habita en la nación colonizadora [14]. Lamentablemente, se impuso el argumento reformista y burgués de Lenin y desde la Unión Soviética, sobre todo desde la subida al poder de su sucesor, Stalin [15], se irradió esa nefasta idea de «consolidar la revolución proletaria en un solo país», idea con la que nuevamente se traicionaban los principios internacionalistas del socialismo primigenio y que sentaría las bases de ese engendro llamado «nacionalismo de izquierda». Según esta espúrea interpretación del socialismo, hay «naciones opresoras» y «naciones oprimidas», lo que equivale a decir que hay países «de derechas» y países «de izquierdas»; ejemplo de lo primero, los EE UU; ejemplo de lo segundo, la URSS o la Cuba castrista. Esto, aparte de incongruente con el mensaje socialista (realmente se debería hablar de clases opresoras y oprimidas), significaba entrar descaradamente en la política de bloques, ahondando en el error que cometió el Movimiento Obrero en la I Guerra Mundial. La consecuencia más clara de esto es que se condena a los trabajadores de las «naciones opresoras» a vivir eternamente bajo el yugo del capitalismo. Por otra parte, se glorifica a toda la población de los países «de izquierdas» donde inevitablemente hay sectores de la población que son reaccionarios. Esto, en definitiva, era abandonar los objetivos socialistas y entregarse al nacionalismo más burdo, porque, si hay algo que la experiencia militante y la historia demuestran es que si se mezclan nacionalismo y socialismo siempre es en detrimento del segundo.

Paralelamente, en el llamado «Tercer Mundo» en el seno de las luchas contra la colonización se importa de Occidente esa misma idea que mezcla nacionalismo (en grandes dosis) y socialismo (sólo de manera cosmética), etiquetada ahora como «liberación nacional», frase que no puede ser más contradictoria. En efecto, nada hay más contradictorio que tratar de liberar algo tan abstracto como una «nación» (puesto que la única liberación posible es la del individuo), algo que, además, como indicó en su momento Rudolf Rocker implica la formación de un Estado que defina las fronteras de esa nación, siendo la institución estatal la tumba de toda libertad. Así, bajo la fórmula de la «liberación nacional», surgieron una serie de movimientos, típicamente guerrilleros, en África, Asia, y Latinoamérica, que lucharon contra las oligarquías de esos países que a la vez estaban coaligadas con las burguesías de las potencias coloniales occidentales. El problema era que los dirigentes de esos «movimientos de liberación nacional» del Tercer Mundo no eran miembros de la clase más explotada (la hermanos Castro, p. ej., eran de clase acomodada y estudiaron en elitistas colegios de jesuitas) apartados del poder por la burguesía oligárquica y que, apoyándose en los obreros e invocando la lucha contra el imperialismo, tomaron el poder para imponer un capitalismo «nacional», bajo control estatal y envuelto en una bandera roja pero capitalismo al fin y al cabo. Cierto es que allí donde triunfaron por lo general los trabajadores mejoraron en su nutrición, su educación y su asistencia sanitaria, pero también es verdad que estas nuevas élites de estos países, paladines del socialismo tercermundista, han terminado al cabo de los años abriendo sus mercados nacionales a ese capitalismo global del que tanto abjuraron, por la sencilla razón de que sus economías, aisladas de la tendencia general a la interconexión a escala mundial, fracasaron estrepitosamente. Por otra parte (ironías de la historia), en esos países las élites que impulsaron esas revoluciones «nacionales» acabaron convirtiéndose en una burguesía voraz, consumidora del lujo más insultante. Los casos de China o Vietnam (siguiendo los derroteros del país-guía de la «Revolución Proletaria», Rusia) son ejemplos sangrantes de todo esto, países que van camino de convertirse en los estados con el capitalismo más salvaje del mundo. Ni siquiera la otrora tan mitificada Cuba se salva: ¿qué clase de socialismo permite el turismo sexual o que el capitalismo multinacional levante complejos hoteleros de lujo (en el que no pueden pisar los oriundos) para de esta forma poder obtener un balón de oxígeno para su economía? Bien es verdad que Cuba es víctima de un bloqueo injusto por parte de algunas potencias como EE UU pero también que permite inversiones de otros poderes ¿o acaso alguien cree que un casi moribundo Papa Juan Pablo II viajó a Cuba para tomar el sol en la playa? La última hazaña, por cierto, del «hermanísimo», Raúl Castro, es empezar a introducir la propiedad privada en la isla comenzando por permitir el trabajo autónomo y enviar al paro por una ridícula indemnización a 1.300.000 personas que trabajaban para el Estado cubano. Según declaró recientemente un economista cubano, la reforma es «digna de un ajuste del FMI».[16]

Uno de los escritores ácratas que mejor ha enjuiciado el nacionalismo del Tercer Mundo es Ángel J. Cappelletti, precisamente por ser latinoamericano. Según Cappelletti, estaríamos ante la tercera fase del nacionalismo moderno, tras la primera fase absolutista y antifeudal, en la que se formaron los primeros estados modernos europeos (España y Portugal), y la segunda fase liberal y republicana, en la que la burguesía toma el poder político y derroca a la monarquía. En palabras del pensador anarquista argentino,

«en los países coloniales y semicoloniales se inicia la tercera fase del nacionalismo, cuyo protagonista es, una vez más, la burguesía. Se trata en este caso de la burguesía nacional, que lucha por ocupar el sitio de la burguesía imperial o metropolitana. Una vez más el nacionalismo como ideología resulta ajeno a la clase obrera y, en general, a las clases sometidas de la población. Pero como la colaboración de las grandes masas nacionales se hace imprescindible en la lucha contra las supercompañías extranjeras y contra la burguesía imperial, surgen con frecuencia los movimientos populistas, que se empeñan en identificar demagógicamente las aspiraciones de las clases dominantes vernáculas con los intereses del pueblo. En algunos casos este populismo asume inclusive un ropaje ideológico marxista y se disfraza, sin dejar de ser lo que es, de “izquierda nacional”. Esto explica los caracteres larvadamente fascistas de tales izquierdistas (¿socialismo nacional es algo diferente de nacional-socialismo?) y sus flagrantes contradicciones.»

Para Cappelletti, todo nacionalismo implica imperialismo. Así en la primera fase, España, Portugal, Holanda, Inglaterra, etc. desarrollan sus respectivos imperios coloniales y en la segunda, los países más desarrollados saquean a los menos desarrollados a través del mercado (p. ej. el imperialismo norteamericano). En cuanto a la última fase, en la que aún nos hallamos inmersos (considérese el llamado «Socialismo del siglo XXI» de los Chávez, Morales, etc.) Cappelletti opina lo siguiente:

«El valor ético y político del nacionalismo actual consiste en su afirmación antiimperialista. Tal afirmación tiene, sin embargo, un límite: Las naciones oprimidas, en la medida en que se liberan de la opresión extranjera, tienden a convertirse en opresoras. Todo nacionalismo triunfante sufre la vehemente tentación del imperialismo. Y, si no la sufre, es porque no ha triunfado del todo. Por eso, bien podemos decir que el valor del nacionalismo se cifra en el antinacionalismo (o sea, en el anti-imperialismo) y que el máximo riesgo de los nacionalismos del Tercer Mundo consiste en su posibilidad de triunfo. Por otra parte, la “liberación nacional” ad extra [17] comporta, en la mayoría de los casos (ejemplo, África), dictadura, luchas intestinas, conflictos étnicos, partidos únicos, encumbramiento de nuevos grupos sociales, militarismo, etc., y el socialismo (si así puede llamarse) no se realiza (en la escasa medida en que se realiza) sino a precio de sangre, sudor y opresión.»

No le falta razón a Cappelletti: ahí está el ejemplo de los EE UU, que tras independizarse del Imperio Británico se convirtió en poco tiempo en potencia imperialista.

Un caso muy claro de lo inmoral e hipócrita de la política de bloques que implica todo nacionalismo, aunque sea el nacionalismo de los países pobres, lo constituye el «Padre de la Independencia de la India», Mahatma Gandhi. Gandhi, ese gran «pacifista», ejemplo de «integridad moral» en las luchas anticoloniales en el Tercer Mundo, decidió poner en práctica la maquiavélica máxima «los enemigos de mis enemigos son mis amigos». En efecto, el líder nacionalista hindú, no dudó en viajar a Italia en 1931 para recabar apoyos de uno de los grandes rivales en Europa del Imperio Británico: Benito Mussolini. Éste, que sentía especial simpatía por el hindú, le recibió en su residencia personal y le invitó a un desfile de las Juventudes Fascistas, quienes le recibieron con el típico saludo fascista «a la romana». Gandhi era además un gran antisionista que apoyó a los árabes en Palestina frente a los judíos (los nacionalistas árabes palestinos, todo hay que decirlo, eran adoradores de Hitler, hasta el punto de ser los primeros en traducir el Mein Kampf al árabe). Más tarde llegaría a manifestar a los judíos perseguidos en Europa durante la II Guerra Mundial lo siguiente:

«Ustedes deben cometer el suicidio colectivo, y así obtendrán el visto bueno de la Providencia. De hacerlo, el mundo se levantará, compadeciéndose de su final, y le pedirá a Hitler el fin de la violencia.»

Al fin y al cabo, según Gandhi,

«Los judíos alemanes traicionan a Alemania. Ellos tratan de convencer a Estados Unidos de que entre en guerra con su país, cometiendo un acto de deslealtad.»

En consecuencia, el independentista hindú, estrechó también los lazos con el III Reich. No hay que olvidar que el símbolo nazi, la esvástica, era también el símbolo sagrado del hinduismo. Más aún: Hitler llegó a reclutar un cuerpo de soldados hindúes que luchó a favor del III Reich, para lo que el Führer tuvo que revisar sus teorías raciales (no importaba: ya lo había hecho antes con sus aliados japoneses y lo haría también con los musulmanes yugoslavos). Igualmente escandaloso fue el consejo que dio Gandhi a los británicos en 1940 cuando eran bombardeados por los nazis:

«Dejen las armas, por cuanto éstas no van a servir para salvarles a ustedes ni a la humanidad. Deben invitar a Hitler y Mussolini a que tomen todo lo que quieran. Si quieren ocupar sus casas, váyanse de ellas. Si no les permiten salir, sacrifíquense a ellos, pero siempre rehúsen rendirles obediencia.» [18]

En realidad, lo que pretendía Gandhi predicando su No-Violencia a los británicos era que se rindieran lo antes posible al Eje pues sabía que si esto ocurría la independencia de su patria era inminente. Quien diga que hay un nacionalismo «pacifista» miente.

Por último, mención especial merecen los movimientos indigenistas del Tercer Mundo. Aquí se mezcla el nacionalismo con el mito del «buen salvaje», una mezcla que hace especial furor en la izquierda con querencias nacionalistas de estas latitudes. Para empezar se parte del error (más arriba referido en el caso de las «naciones») de hablar de «razas oprimidas» y «razas opresoras», haciendo «tabula rasa» con las diferencias de poder existentes en las sociedades de los colonizadores europeos y en las de los indígenas colonizados. Así, se olvida que algunas sociedades indígenas, como los incas, con sistemas políticos totalitarios subyugaron a sangre y fuego a otros pueblos indígenas, y que muchos indígenas oprimidos por otros indígenas se aliaron con los colonizadores europeos [19]. También se olvida que, a pesar de los sufrimientos que implica toda conquista, los pueblos conquistados tienen la posibilidad beneficiarse de los adelantos técnicos, científicos, artísticos, etc. traídos por los conquistadores. Además, en palabras del filósofo argentino Juan José Sebreli,

«Para los indigenistas (…) la principal reivindicación es el derecho ancestral a la tierra, anterior a la llegada de los españoles, y la autonomía de ciertas regiones que transformaría a la mayoría de los americanos que descienden de las sucesivas oleadas inmigratorias en intrusos. Así, los pueblos originarios serían una “nacionalidad oprimida” o una “raza irredenta”, que reclaman por un despojo ocurrido hace quinientos años. El fundamentalismo indigenista incurre, de ese modo, en un anacronismo deliberado porque nunca en la historia se vuelve al pasado, y en el caso de que fuera posible, tampoco sería deseable tal retorno.»

La «utopía» indigenista, por tanto, supone una vuelta al pasado y, en consecuencia, se opone a la idea de progreso esencial en todo pensamiento socialista y de izquierda. Continúa Sebreli:

«La argumentación de los indigenistas se basa en un determinismo telúrico que liga el destino de los aborígenes a la tierra, a la tribu, al clan, a los antepasados, a un dialecto muerto y a rituales mitológicos. Esta cosmovisión ha sido, desde hace largo tiempo, disuelta por los cambios históricos y por la irrupción de la modernidad donde las reivindicaciones están relacionadas con otros valores: la libertad y los derechos individuales, la educación que brinda la posesión de instrumentos para mejorar la vida.»

En conclusión, puesto que el mestizaje es un hecho irreversible, lo deseable es mejorar las condiciones materiales de toda la población, indígena y no indígena, y olvidarse de cuestiones raciales o folclóricas puesto que, como critica Sebreli,

«El indigenismo, como todas las ideologías de las razas puras, es un racismo al revés y como todo racismo ha sido desmentido por la ciencia y la historia. Las culturas que se aíslan están destinadas a desaparecer, las que predominan han sido siempre culturas mestizas, híbridas, y en esa mixtura consiste su capacidad de cambio, su mayor creatividad y la libertad de elegir sus propios estilos de vida. Las sociedades seculares y modernas son interculturales, aceptan la convivencia de las culturas, buscando la igualdad entre todos y atenuando las diferencias, en tanto el multiculturalismo que defiende al fundamentalismo indigenista acentúa las diferencias y no las igualdades, busca la separación en comunidades cerradas y homogéneas centradas en la idea de raza y su consecuencia indeseada es la xenofobia y la hostilidad hacia los otros.» [20]


NOTAS:

[12] Paris, Robert: Los orígenes del fascismo, Sarpe, 1985.

[13] Que no se hagan ilusiones los nacionalistas «de izquierda»: Lenin usaba el nacionalismo de manera puramente instrumental por lo que en ningún momento se muestra como un separatista. Así, en El derecho de las naciones a la autodeterminación escribió: «(...) esta reivindicación [el derecho a la autodeterminación] no equivale en absoluto a la de separación, fragmentación y formación de pequeños Estados. Significa sólo una manifestación consecuente de lucha contra toda opresión nacional [es decir, contra el colonialismo]. Cuanto más próximo el régimen democrático de un Estado a la plena libertad de separación, tanto más infrecuentes y débiles serán en la práctica las tendencias a la separación, pues las ventajas de los Estados
grandes son indudables (...)».
URL: http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/derech.htm

[14] ¿Saben los partidarios del «nacionalismo defensivo» que uno de los mayores golpes al imperialismo francés lo llevaron a cabo los propios trabajadores franceses del puerto de Marsella cuando a través de la huelga paralizaron el envío de armas a la guerra de Indochina?

[15] Stalin, consecuente con su política nacionalista, prohibió el estudio del esperanto y reprimió a las organizaciones esperantistas soviéticas. Su régimen, además, tachó el cosmopolitismo de «burgués».

[16] El País, 04/11/2011.

[17] Cappelletti, Ángel J.: Ensayos libertarios, Madre Tierra, 1994.


[19] Y, a la inversa, también hubo casos como el de Gonzalo Guerrero, marino español de Palos de la Frontera (Huelva) que se puso del lado bando indígena y luchó contra las tropas del sanguinario conquistador Pedro de Alvarado. A Guerrero, que llegó a ser un importante jefe maya, se le llama hoy día en México «Padre del Mestizaje».



* Para que no haya equívocos, todos los comentarios a este texto, es preferible que se efectúen en esta dirección:
http://grupostirner.blogspot.com/2011/02/que-ardan-todas-las-patrias.html

¡QUE ARDAN TODAS LAS PATRIAS! (Otra globalización es posible) (I)

¡A LA MIERDA TODO NACIONALISMO!

Para algunos que se definen como «libertarios» (y también, ¿por qué no?, para esos «izquierdistas indefinidos» que se autodenominan independentistas o similar fauna) pero que tienen, lo que ahora denominan, «sensiblidades nacionales», les recomendamos que se aclaren las ideas leyendo este texto del Grupo Anarquizante Stirner sobre este tema. Desde el Blog «ANARQUICEMOS, ANARQUIZAD» nos trasmiten un mensaje verdaderamente antinacionalista, que todo aquel que se considere ácrata ha de tener muy clarito, bajo el título: ¡Que ardan todas las patrias!

Aquí lo hemos partido por partes, y esta es la primera entrega.

(Otra globalización es posible)

«El nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba.
El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba.
El nacionalismo, cuando los pobres lo llevan dentro,
no mejora: es un absurdo total.»


BERTOLT BRECHT

INTRODUCCIÓN

¿Qué fue del viejo internacionalismo proletario?

«¡Los obreros no tienen patria!» Ése era el lema que resumía el espíritu de la Primera Internacional Obrera. Lamentablemente desde entonces ha llovido mucho y en la izquierda [1] de hoy día de ese internacionalismo queda bien poco. Y decimos lamentablemente porque buena parte de los errores y las incongruencias de la izquierda y, en último término, de su fracaso se deben a ese olvido de sus principios internacionalistas. El nacionalismo, empezó por introducirse en las filas del marxismo, desde donde progresivamente se dejó de llamar a los trabajadores a la revolución mundial para hablarse de la consolidación de la revolución en un solo país, la URSS, «la patria del obrero» (que ya nunca más sería el apátrida de los tiempos gloriosos de la I Internacional). Más reciente es la penetración de ideas nacionalistas dentro del anarquismo. Éste ha resistido mejor que el marxismo los cantos de sirena del «nacionalismo de izquierdas» pero de un tiempo a esta parte las reivindicaciones identitarias parecen haberse colado como punto fijo en la agenda del Movimiento Libertario sin que nadie sepa cómo. ¿Qué fue de eslóganes apátridas como «Ni fronteras, ni banderas» o «Mi patria, el mundo. Mi familia, la humanidad»?

I

La I Internacional y el internacionalismo obrero primigenio

En la segunda mitad del siglo XIX los obreros que participaban en la I Internacional abrazaron el ideal del internacionalismo proletario para oponerse al nacionalismo burgués pues eran conscientes de que el estado-nación no era más que la expresión política del poder burgués. Los obreros revolucionarios sabían que el nacionalismo dividía a la clase trabajadora y hacía fracasar la Revolución Social, revolución que sería mundial o no sería. Así en el Preámbulo de los Estatutos Provisionales de la AIT de 1864 se afirmaba:

«Que la emancipación del trabajo, no siendo un problema local ni nacional, sino social, abraza a todos los países en los que existe la vida moderna y necesita para su solución de su consumo teórico y práctico.» [2]

De ahí que uno de los primeros teóricos marxistas, Karl Kautsky, llegara a afirmar que el triunfo del socialismo debería desembocar en la creación de una sola nación que usara una sola lengua, si bien mientras ese momento llega lo mejor es que los trabajadores aprendan lenguas universales para fomentar la cooperación y el entendimiento entre ellos. En sus propias palabras,

«Cuando hayamos llegado al punto en que las masas de nuestros estados civilizados puedan dominar una o más lenguas universales además de sus lenguas nativas, esta será la base de la gradual retirada y en último término la completa desaparición de las lenguas de las naciones pequeñas, y de la unión de toda la humanidad civilizada en una lengua y una nacionalidad, tal y como los pueblos de la cuenca oriental del Mediterráneo se unieron en el Helenismo tras Alejandro Magno, y los pueblos de la zona occidental se fundieron en la nacionalidad romana.» [3]

Es en este contexto histórico donde nace el esperanto, que no obedecía simplemente a un intento de crear una lengua universal si no que había además toda una filosofía internacionalista y proletaria detrás (ya sabemos lo unido que ha estado al anarquismo), por algo se le llamó el «latín de los obreros». Por tanto, el ideal internacionalista era sinónimo de mezcla y síntesis de culturas y de cosmopolitismo. Los atavismos, las costumbres ancestrales, los viejos fueros, los particularismos arrastrados desde la época feudal, las lenguas al borde de la extinción, etc. no servían para nada al Movimiento Obrero; de hecho, el mismo Marx llegó a decir que esos pueblos que quieren volver a las antiguas fronteras, lenguas y costumbres eran simple y llanamente reductos de la reacción. Y, curiosamente, cita a los vascos y a su lucha a favor del carlismo. He aquí una cita textual de Karl Marx [aunque atribuido a Marx, en realidad fue de Engels] sacada de su periódico Nueva Gaceta Renana::

«No hay país en Europa que no tenga en alguna esquina una o más de estas ruinas de naciones, los restos de ancestrales pueblos desplazados o conquistados por una nación que más tarde se convertiría en portaestandarte del desarrollo histórico. Estos restos de nacionalidades, aplastadas sin piedad por la historia —como dice Hegel—, todos estos vestigios de naciones se convertirán, y así permanecerán hasta su exterminio o desnacionalización total, en fanáticos partidarios de la contrarrevolución, puesto que su entera existencia es en general una protesta contra la gran revolución histórica. Por ejemplo en Escocia los gaélicos fueron el principal sostén de los Estuardos de 1640 a 1745; en Francia, fueron los bretones el principal apoyo de los Borbones de 1792 a 1800; mientras que en España, los vascos fueron los seguidores de Don Carlos.» [4]

Rosa Luxemburg, por su parte, añadió que el debate sobre el derecho de autodeterminación de los pueblos es un debate que no cabe dentro del Movimiento Obrero ya que no es una cuestión de la que deba preocuparse el socialismo, cuyo objetivo último es la lucha de clases, y que el derecho de autodeterminación es algo que sólo preocupa a la burguesía en su visión del mundo como un conjunto de estados-nación que surgen en el seno de los antiguos estados no nacionales (precapitalistas).

En las filas anarquistas, si exceptuamos los devaneos paneslavos del primer Bakunin, la idea apátrida tuvo igualmente amplio seguimiento. Así, Eliseé Reclus en 1902 se manifestaba de manera análoga a Kautsky:

«En realidad, todas las naciones, incluso las que se tienen por enemigas, constituyen, a pesar de sus jefes y de las supervivencias de odios, una sola nación cuyos progresos locales reaccionan sobre el conjunto y constituyen un progreso general. Los que el “filósofo desconocido” del siglo XVIII llamaba los “hombres de deseo”, es decir, los que quieren el bien y trabajan para realizarlo, son ya muy numerosos y bastante activos y armoniosamente agrupados en una nación moral para que su obra de progreso se sobreponga a los elementos de retroceso y de disociación que producen los odios supervivientes.

»A esa nación nueva, compuesta de individuos libres, independientes los unos de los otros, pero tanto más amantes y solidarios; a esa humanidad en formación hay que dirigirse para la propaganda de todas las ideas que parecen justas y renovadoras. La gran patria se ha ensanchado hasta las antípodas, y como tiene conciencia de sí misma, siente la necesidad de darse una lengua común: no basta que los nuevos conciudadanos se adivinen de un extremo a otro del mundo, es preciso que se comprendan plenamente, pudiendo deducirse en conclusión y con toda certidumbre que el lenguaje deseado verá la luz: todo ideal fuertemente deseado se realiza.» [5]

Pero fue Rudolf Rocker en su obra magna Nacionalismo y cultura quien más insistió en distanciar el anarquismo del nacionalismo al recordar que detrás de toda nación siempre está la idea de Estado:

«La nación es una categoría histórica, que se identifica con la burguesía en su origen, que no se puede imaginar sin el Estado, está anudada a él en todo y a él debe únicamente su existencia. Por eso la esencia de la nación nos será siempre inaccesible si intentamos separarla del Estado y atribuirle una vida propia que nunca ha tenido.» [6]

Más recientemente, el gran pensador libertario latinoamericano Ángel J. Cappelletti, dejó claro en su obra La ideología anarquista que el internacionalismo libertario es básicamente cosmopolita [7]:

«El cosmopolitismo de los antiguos cínicos y estoicos, fundado en la idea de la humanidad como un todo natural y moral, es acogido, a través de ciertos aspectos de la Ilustración, como uno de los componentes esenciales de la filosofía social anarquista.» [8]

Nótese cómo esta versión del «internacionalismo», esencialmente universalista, difiere de la distorsionada versión que dan nuestros «nacionalistas de izquierda», que hablan de una supuesta cooperación entre estados-nación cada uno de ellos con rasgos culturales homogeneizados. Esta concepción espúrea del internacionalismo proletario se ha impuesto en fuentes de información tan populares como Wikipedia sin que, al parecer, prácticamente nadie haya objetado nada al respecto:

«El Internacionalismo es un movimiento político que aboga por una mayor cooperación política y económica entre las naciones para el beneficio mutuo. (...) El internacionalismo presupone el reconocimiento del resto de las naciones como iguales a pesar de, y respetando, todas sus diferencias. El término internacionalismo se usa frecuentemente de forma errónea como sinónimo de cosmopolitismo, término éste que es usado a su vez por los seguidores del internacionalismo para describir el abuso de esta cultura.»

Nótese igualmente la sospechosa ausencia de referencia al concepto de «clase social» en la definición que de él hace la izquierda posmoderna [9].

Pero esta cooperación este estados-nación es puramente «ilusoria» porque la división de la humanidad en naciones es precisamente la raíz de las guerras, habida cuenta de que el patriotismo siempre implica la superioridad de la nación propia sobre la del otro. En palabras del anarquista italo-tunecino Niccolò Converti:

«Cuando el municipio era la patria, teníamos la guerra entre municipios. Ahora que la patria es la nación, tenemos la guerra entre naciones. La patria, pues, es causante de guerras. Y de igual modo que al municipio sucedió la nación, el mundo debe sustituir a las naciones. Cuando todo el mundo sea patria no habrá más guerras.» [10]

Sea como fuere, tras la disolución de la I Internacional el ideal internacionalista empezó a degradarse. Ya a principios del siglo XX había fuertes discusiones entre distintos colectivos socialistas sobre el espinoso tema de la nacionalidad. De ello da cuenta Rosa Luxemburg en su libro La cuestión nacional, en el que denuncia el intento de ciertas burguesías de envolver en una fina capa de socialismo sus reivindicaciones de autodeterminación para pequeñas patrias perdidas en las cuatro esquinas del viejo continente europeo y sus aledaños (en especial, los Balcanes, las Repúblicas Bálticas y el Cáucaso). Como ella indicó muy inteligentemente, en el fondo esos movimientos usaban el socialismo como pretexto para ayudar a conquistar el poder a la burguesía nacionalista de turno, socialismo que no era más que un elemento accesorio en sus programas políticos. Es lo mismo que hacen hoy día los «nacionalismos de izquierda» que se han venido desarrollando en el seno del «estado español» aprovechando el periodo de decadencia que vive actualmente el Movimiento Obrero. Pero además, Luxemburg señaló la entelequia que supone la expresión «derecho a la autodeterminación de los pueblos» dado el carácter esencialmente mestizo de la sociedad moderna. En sus palabras,

«La actual posibilidad de “autodeterminación” para todos los grupos étnicos y de los que de otra manera se podrían definir como nacionalidades es una utopía precisamente por la tendencia del desarrollo histórico de las sociedades contemporáneas. Sin examinar aquellos tiempos remotos en los albores de la historia cuando las nacionalidades de los estados modernos estaban constantemente moviéndose geográficamente de un lado a otro, cuando se juntaban, se fundían, se fragmentaban y se aplastaban unas a otras, el hecho es que todos los antiguos estados sin excepción están, como resultado de una larga historia de avatares étnicos y políticos, extremadamente mezclados con respecto a las nacionalidades.» [11]

Como prueba de la degradación del ideal internacionalista habría que mencionar la actitud de la II Internacional (de la que los anarquistas por suerte para ellos fueron excluidos) donde buena parte de los participantes también combatieron en la I Guerra Mundial, en la que miles de obreros «socialistas» fueron llevados al matadero por sus respectivos líderes nacionales. Incluso el destacado pensador ácrata Piotr Kropotkin mostró su apoyo a la causa aliada en la Gran Guerra. Hay que decir a favor del Movimiento Libertario, no obstante, que otro conocido militante de la causa anárquica, Errico Malatesta, criticó la postura de Kropotkin y que, por otra parte, un sindicato como la IWW norteamericana, tan cercano a lo libertario, promovió con todas sus fuerzas la objeción de conciencia a dicha guerra entre las masas trabajadoras de aquel país, cosa que pagaron muy caro: la represión de la burguesía y el estado norteamericanos casi hizo desaparecer a la organización. La gran carnicería que fue la Primera Guerra Mundial, por tanto, no sólo se debió a la ambición de los líderes políticos y las burguesías de las naciones contendientes sino también a la traición de gran parte de la izquierda a los principios internacionalistas de la I Internacional.


NOTAS:

[1] Para que no haya lugar a dudas, y dado que el significado del término «izquierda» cada vez está más desvirtuado, en este escrito lo usaremos como sinónimo de «socialismo» en todas sus ramas.


[3] Kautsky, Karl: Nationalism And Internationalism citado en Luxemburg, Rosa: The National Question- Selected Writings by Rosa Luxemburg, edited and introduced by the late Horace B. Davis, Monthly Review Press, 1976. Está disponible en Internet en la siguiente URL:
http://www.marxists.org/archive/luxemburg/1909/national-question/index.htm

[4] Citado en Luxemburg, Rosa: The National Question- Selected Writings by Rosa Luxemburg, edited and introduced by the late Horace B. Davis, Monthly Review Press, 1976. Está disponible en Internet en la siguiente URL:
http://www.marxists.org/archive/luxemburg/1909/national-question/index.htm.
Hay que advertir, no obstante, que otros autores marxistas creen que la cita es del mismo Marx, en realidad, era de Engels.

[5] Amor y Rabia, nº 51, enero 1999.

[6] Citado en el panfleto Nacionalismo y Anarquismo del SOV de la CNT de Irún, 1979.

[7] Precisamente un grupo de afinidad ácrata formado en 1910 en Valladolid se llamaba «El Cosmopolita», de lo que informó el Tierra y libertad nº 43 del 28/12/1910.

[8] Cappelletti, Ángel J.: La ideología anarquista, Libros de la Araucaria, Buenos Aires, 2006.

[9] Aquí está nuestra advertencia para quien la quiera oír: los nacionalistas se están adueñado de conceptos básicos del Movimiento Libertario para corromperlos, igual que han hecho los cristianos de base con el concepto de «autogestión».
http://losdeabajoalaizquierda.blogspot.com/2007/04/solidaridad-autogestin.html


[11] V. nota 4.


* Para que no haya equívocos, todos los comentarios a este texto, es preferible que se efectúen en esta dirección:
http://grupostirner.blogspot.com/2011/02/que-ardan-todas-las-patrias.html

martes, 1 de marzo de 2011

Una vieja aspiración: el idioma universal

Por Enrique Wulff

Desde antiguo, pero sobre todo a partir del Renacimiento, la diversidad lingüística europea vendría acompañada de dos planteamientos relacionados entre sí. Por un lado, las diferentes gramáticas nacionales trataron de establecer las normas correctas para un buen uso de sus respectivas lenguas, para lo cual se partía del modelo latino, considerado como el más perfecto. Pero, por otra parte, no habrían de faltar filósofos que, basándose en los antecedentes griegos, estimaban que existía una gramática común a todas las lenguas, que venía a ser como una estructura subyacente a las formas externas, y que, por tanto, respondía a las leyes universales del pensamiento. Estas gramáticas de corte filosófico solían estudiar el problema fundamentalmente en relación con el latín, al que, por su articulación lógica, se tenía como la concreción misma de esas leyes universales. De ahí a la búsqueda de una lengua universal había un trecho no muy largo, que pronto habrían de franquear algunos anticipadores.

En efecto, enel siglo XVII el logro de un idioma universal, en el que se pudiese expresar todo el conocimiento por medio de nuevos sistemas simbólicos, habría de constituir un tema constante de discusión erudita. Y no otra fue, en verdad, la intención del humanista checo Comenius (1592-1670), que en dos obras —La puerta abierta de las lenguas (1631) y El mundo visible en grabados (1658)—, dedicadas a la enseñanza del latín, trató de conseguir, además de una didáctica moderna, una lengua universal capaz de facilitar la comunicación humana. Tal fue, también, el propósito de Descartes (1646-1716), cuyo arte combinatorio plasmó el intento de crear una lengua algebraica en la que las vocales serían decimales, y las consonantes, números enteros. El mismo espíritu anidaría en proyectos similares del siglo siguiente (Enciclopedia francesa, 1756-1772; Convención Nacional de Francia, 1795). Varias causas abonaban el terreno: el latín había dejado de ser un vehículo universal del saber, la diversidad lingüística era un hecho establecido; el conocimiento humano era cada vez más plural, al tiempo que se multiplicaban los intentos de buscar su unidad mediante las enciclopedias; el análisis matemático y la lógica se ofrecían como instrumentos clasificadores, e incluso la misma escritura ideográfica china se mostraba, según algunos, como un medio que podría facilitar la compresión entre distintas lenguas habladas.

Pero será a finales del siglo XIX y a principios del XX cuando aparecerán una serie de lenguas artificiales que tratarán de lograr un conjunto universal de símbolos que permitan expresar lógicamente todo el conocimiento. El volapük —habla del mundo—, creado en 1879 por el clérigo alemán J. M. Schleyer, pese a la complejidad de su gramática y a la dificultad de reconocimiento de su léxico, llegaría a tener miles de seguidores, que saludaron su nacimiento como la nueva lengua de la humanidad. La aparición del esperanto en 1887 daría lugar, sin embargo, al movimiento más importante que jamás haya tenido una lengua artificial. Su creador el judío polaco Dr. L. Zamenhof (1859-1917), que firmaba su obra con el nombre de Dr. Esperanto —«el que espera»—, estaba movido por el espíritu humanista de lograr la unidad del género humano por medio de una segunda lengua, gracias a la cual sería posible una comunicación sin fronteras de ninguna clase. Otro intento, el ido (1907), cuyo nombre viene de un sufijo del esperanto (derivado de), obra del lógico y esperantista francés Louis de Beaufront, pese a presentar determinadas mejoras con respecto a aquél y a haber tenido cierto renombre, acabaría por desaparecer. Interlingua, o latine sine flexione, como su mismo nombre indica, no era sino una forma simplificada del latín; su creador fue el matemático italiano Peano, quien lo dio a conocer en 1903. A esta lista podría añadirse el Basic English, inglés básico, que en 1932 propuso el británico Ch. K. Ogden; era una reducción del inglés a un vocabulario de 850 palabras que no llegó a conseguir mucha difusión.

Lenguaje y lenguas. SALVAT, 1981.